Siempre es bonito que la gente que uno quiere lo visite, y más si uno está escuincle y traen regalitos. Para que es más que la verdad, a eso de los 10 y 11 años uno es bien interesado, pero eso se quita con los años. ¿Verdad?

Me encantaba que mi tío José viniera de los Estados Unidos, él sabía que me gustaba la música, la fotografía y la tecnología, así que cada vez que podía me traía ejemplares de Mecánica Popular, obvio en inglés; que yo no entendía ni mother pero me encantaba hojear cientos de veces.

En una de sus visitas, mientras estábamos haciendo una carnita asada, me cayó una piedrita en la cabeza, más bien, mi tío me aventó una piedrita en la cabeza, y es que como éramos tantos sobrinos, era su manera de llamar la atención sin que los demás vieran.

Me hizo una seña y lo seguí hasta donde tenía su camioneta tipo van, abrió la puerta trasera jaló una maleta negra y me dijo, “¿De lo que hay aquí que le gusta? Usted escoja primero.

Entre tantos juguetes no sabía que escoger, yo creo el tío José espero verme lo más desesperado e indeciso posible cuando me dijo, ¿O quiere esto?

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—¿Eso, para mí?, pregunté.

—Pos nomás si lo quiere, si no dígame para dárselo a uno de sus primos, me dijo.

—Si, si lo quiero –casi arrebatándoselo- gracias tío, muchas gracias, le dije mientras lo abrazaba.

—Ahora sí, háblele a los demás para que vengan por los regalos, dijo mi tio.

A los pocos días el tío se fue, la familia se quedó llorando (como siempre) y yo me quedé feliz con mi radio de transistores. Ahora sí, no tendría que tomar más el radio de la sala y que me regañaran por cambiar de estación.

Una tarde acostado en mi cama en vacaciones de semana santa escuchaba una rola del maestro Joan Sebastian (QEPD) y obvio la comencé a cantar a todo pulmón:

♪♫ Y en aquel trigal, el sol cayó primero,

después un pantalón vaquero y una falda escolar ♪♫

Para mi mala suerte, en esos días estaba de visita en la casa la tía Felícitas, que era no sé qué cosa de las damas de la vela perpetua, pero no soltaba su rosario y siempre traía un velo negro en la cabeza, que nomás de verla daban “ñáñaras”.

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—¿Para eso quieres el radio muchacho, escuchando esas cosas para adultos, y en semana santa? ¡No tienes perdón de Dios! dijo la tía Felícitas.

Tomó mi radio, lo metió a una bolsa dentro del ropero donde guardaba sus cosas cuando nos visitaba y lo cerró con llave, luego viéndome directamente a los ojos me dijo:

—Y si dice algo, para que se lo den, y se lo dan de nuevo, el chamuco va a venir en las noches y le va a jalar las patas.

Luego se tapó la cabeza con el velo negro y no volví a ver de nuevo mi radio de transistores.

Les juro que en ese entonces yo ni sabía lo que estaba cantando, ahora sí; pero si hubiera estado cantando las rolas que ahora escuchan los chamacos de reggaetón y el perreo, seguro me hubieran quemado en leña verde en el kiosko del pueblo.

 

¡ Hasta la próxima semana !

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