Cuenta la leyenda que el Coloso tocaba el día antes de San Patricio en una conocida taberna de jazz en Nueva York. Al dar las cero horas, sin aviso ni advertencia, incluyó en su improvisación la tonada más típica de esas fechas, solo por un minuto, antes de regresar a su tema. Ese nivel de conexión entre la tradición y el instante (el multicitado “aquí y ahora”) es una pequeña muestra de la dimensión de quien hablamos: Sonny Rollins.
La muerte de Sonny Rollins cierra algo que no volverá a abrirse. No es solo la pérdida de un músico extraordinario: es el final de la última generación que construyó el jazz moderno desde adentro, no como herederos, sino como autores. Los que tocaron con Miles Davis, con Thelonious Monk, con Charlie Parker, y que no aprendieron ese lenguaje en los libros, sino en los clubes, en los ensayos de madrugada, en las jam sessions donde todo estaba por inventarse.
Rollins pertenecía a ese linaje. Nació en Harlem en 1930 y creció en el momento exacto en que el jazz se transformaba en una de las expresiones artísticas más sofisticadas del siglo XX. Desde muy joven desarrolló un sonido inconfundible: poderoso, flexible, con una capacidad de humor que pocos instrumentistas han tenido. Su manera de improvisar no era una demostración técnica, sino una forma de pensar en voz alta. Cada solo era una conversación consigo mismo, larga, sin prisa, sin miedo a perderse.
Por eso le llamaron Saxophone Colossus. No solo por el álbum de 1956, que es una obra maestra, sino porque el apodo describía una presencia musical real: una fuerza que llenaba cualquier espacio. Sus discos de esa época —Way Out West, Freedom Suite, A Night at the Village Vanguard, Tenor Madness— no envejecieron, porque no respondían a las modas. Respondían a preguntas más profundas sobre la improvisación, la libertad y el lenguaje mismo del jazz.
Varias de sus composiciones se convirtieron en estándares: «St. Thomas», con sus raíces caribeñas; «Oleo», «Airegin», «Doxy». Y Freedom Suite, grabada en 1958, fue más que música: fue un manifiesto sobre los derechos civiles cuando todavía eran pocos los músicos de jazz que abordaban esos temas de forma tan directa.
El episodio del Puente de Williamsburg dice todo lo que hay que saber de su carácter: en la cúspide de su éxito, Rollins dejó los escenarios más de dos años, practicando solo de madrugada en el puente. Los vecinos se quejaban, pero él seguía. Cuando regresó, lo hizo con The Bridge, uno de los grandes retornos de la música. Ese perfeccionismo obsesivo no era pose, era lo que lo mantuvo vivo artísticamente cuando muchos de sus contemporáneos se estancaron.
Rollins insistía que aún no había terminado de aprender a tocar el saxofón. Lo decía con toda seriedad y por ello siguió surfeando la vanguardia en sus interpretaciones. Esa insatisfacción permanente fue su método y su legado: la idea de que el jazz no es un destino, sino un movimiento, siempre buscando una frase más honesta, un silencio mejor, una melodía aún no dicha.
Tenía 95 años. Murió el lunes en su casa en Woodstock, Nueva York. Será recordado siempre.

