Hielo frío

—¡Vámonos al río! –escuché la voz de mi papá mientras se acercaba a la casa-

Mi papá casi siempre estaba trabajando, así que cuando decía que nos íbamos al río, era porque nos íbamos pero a la de ya.

—Ay hijo, hubieras avisado antes que me agarras desprevenida –dijo la Abuela Licha-

—Ándele amá, que al cabo llevo unas sandías y unos melones para comer algo

—Uy, pos hasta crees que esta bola va a tener nomás con sandía y melón pa todo el día, como si no los conocieras –contestó la abuela- pérame tantito para llevarnos algo más.

Yo por mi parte acompañé a mi padre a subir el comal, el anafre y un baño para enfriar los refrescos en hielo.

—Órale súbase –me dijo mi papá-

—¿Y los demás, no los vamos a esperar? –le comenté preocupado-

—A como será tarugo –me dijo sonriendo- si nomás vamos por el hielo pa irle ganando tiempo al tiempo

Y ahí íbamos padre e hijo en la paloma al expendio de hielo que estaba a la entrada del rancho.

—Quihubo demóstenes –saludó mi padre al encargado del expendio-

—Buenas mi Don –contestó bajándose de un brinco de la mesa de madera- ¿Qué anda llevando?

—Lléneme el baño de lámina de gasolina por favor –le dijo mi papá a Demóstenes mientras me guiñaba un ojo-

—Híjole mi Don, ahora si le voy a quedar mal, aquí nomás vendemos hielo –contestó con genuina preocupación-

—Bueno, pos que le vamos a hacer –replicó mi padre- échele un cuarto de barra de hielo pues

—¡A la orden jefe! -habló entusiasmado Demóstenes-

—¡Eit!, pero ya sabe de cual me gusta –dijo mi papá deteniéndolo con la voz-

—Ora vera jefe, le voy a traer del más frío –contestó mientras se alejaba-

—Oiga apá… ¿Qué no todo el hielo está igual de frío? –pregunté-

Mi padre simplemente sonrió tapándose la boca con el puño cerrado.

Un par de minutos después ya estaba de regreso Demóstenes arrastrando dos trozos de hielo, uno en cada brazo ayudado de unas pinzas que eran como unas grandes equis.

—Mire patrón, acá le traje dos de las más frías a ver cuál le gusta –dijo animado-

—Usted mero escoja mi Demóstenes –contestó mi padre-

Luego Demóstenes comenzó a tocar una y otra barra y luego contestó:

—Pos yo creo que esta –dijo tocando una de las barras-

—Pos esa será –confirmó mi padre-

Demóstenes subió el cuarto de barra de hielo al baño de lámina que se encontraba en la caja de la camioneta, y lo partió en trozos grandes, mi padre le pagó dejándole una buena propina, luego nos fuimos de regreso a la casa.

—Oiga apá –le pregunté en el camino- ¿Por qué le dio propina a Demóstenes?, le hubiera traído el que fuera, al cabo que todo el hielo está igual de frío.

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—Pa usted si mijo, usted y yo lo sabemos, pero él no, él hizo su mejor esfuerzo, y eso es lo que cuenta… ¿Qué no?

¡Que levante la mano el que falte!

—¿Ya subieron la leña y el comal? –preguntaba la abuela Licha-

—Ya amá, nomás Momo que anda buscando petróleo para llevar y prender la leña –dijo la tía Inés-

—A pero como será bruto –exclamó la abuela- ¿pero este que nunca va  aprender a encender la leña y el carbón sin petróleo?, ni parece Lagunero.

—Dicen que chango viejo no aprende maroma nueva amá –comentó la tía Tere-

Para los extraños, la casa parecía simplemente un caos, pero para nosotros, era la sincronía y un caos perfecto (que no es lo mismo que un perfecto caos).

—¿Ya le pusieron la lona al camioncito? –preguntó la abuela Licha- que las criaturas no van a aguantar el solazo.

—Ya andamos en eso hermana –contestó el tío Teodoro-

—¿Y la sal? –gritó mi papá desde la camioneta-

—¡Charros! –dije- Abuela mi papá me encargó la sal y se me había olvidado

—Ay mijo. Usted está en todo menos en misa, ándele agarre la sal y llévesela a su padre que luego pa que quiere.

Tomé la sal y salí volando hasta donde se encontraba mi padre y se la entregué.

—¿Y esto? –me preguntó viéndome fijamente y sin parpadear-

—Pos la sal apá… usted me la pidió.

—En primer lugar, lo que necesito es sal, pero la sal de grano… pero ¿en serio mijo?… ¿me trae un salero?

Le arrebaté el salero y me fui a la cocina a traerle lo que me pedía, llegué y la dije a la abuela:

Abuela dice mi apá que esta sal no, que la que él quie…

La Abuela no me dejó terminar y viéndome fijamente puso en mis narices la bolsa de sal de grano, y ahí voy de regreso a llevársela a mi papá.

—Oiga apá, ¿y la sal para que se la pone al hielo?

—Por qué no queremos que llegue derretido para cuando lleguemos al río, o que a media tarde nomás tengamos agua ¿verdad?

Yo asentí con la cabeza y le ayudé a meter los refrescos y las cervezas al baño de lámina con hielo…bueno a decir verdad metimos las cervezas y algunos refrescos.

Media hora después ya estábamos todos arriba de la camioneta y del camioncito.

—¿Quién falta? –gritó la abuela volteando al camioncito que estaba detrás de la camioneta-

—¡Que levante la mano el que falte! –gritó mi padre mientras ponía en marcha la camioneta.

Seguramente en la carretera más de uno pensó que éramos una caravana de gitanos.

El padre Nazas

Después de un corto viaje en carretera, por fin estábamos a las orillas del padre Nazas, apenas habían parado la camioneta y el camioncito, y todos comenzamos a bajar como si fuera una invasión de paracaidistas de la segunda guerra mundial.

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Al llegar al río, mi  papá lo primero que hizo fue pedir las sandías.

—A ver, pásenme las sandías para ponerlas a enfriar –dijo-

—¿Oiga apá, y si las metemos al baño de agua con hielo? –pregunté inocentemente-

—La sandía debe estar fresca mijo, no helada –me contestó- orita las ponemos a refrescar y ya para la tarde antes de irnos están listas.

Entonces tomó dos grandes sandías y las metió en un costal de ixtle, de esos de tejido cerrado, y luego le ató una soga fuerte; fue bajando lentamente el costal a la orilla del río donde pasaba quietamente el agua y amarró el extremo de la soga a un gran árbol y ahí se enfriaron.

Los niños jugamos, los grandes cantaron, se tomaron unas cervezas, luego nos mandaron llamar para disfrutar de unas deliciosas gorditas de maíz en brasas de leña, cuando terminamos, nos fuimos debajo de un álamo a descansar y a meter los pies en el río, ni pensar meternos a nadar, porque decían que nos podía dar un calambre y después no la contábamos.

Ya en la tarde, antes de regresarnos mi papá se dirigió al río, luego tomó la soga que había dejado atada al árbol y sacó el costal con las sandías…entonces las llevó a donde estaba la Abuela Licha y las partió con su navaja de mango de madera, la primer rebanada fue para la Abuela Licha y después todos los demás.

Jamás he vuelto a probar una sandía con una frescura tan natural, de lo más lo jugosa y dulce, simplemente perfecta; aún hasta la fecha, todavía recuerdo el olor que brotaba de cada mordida.

Mi padre se sentó en un tronco debajo de un árbol a disfrutar de su sandia, cuando la abuela Licha le dijo:

—Mire mijo estoy mejor que el Presidente de la República

—¿Mejor que el Presidente? –preguntó mi papá- ¿Cómo cree amá?

—Abuela, pero él tiene más dinero y más cosas que nosotros –dije metiendo en la conversación-

—Pos será el sereno mijo –dijo la Abuela-  pero el Presidente no tiene ni de chiste esta vista, miren nomás, nuestro río, el padre Nazas, nuestros cerros… además el pobre no tiene este aire puro, ese que cuando se respira entra al alma, que limpia la mente y el corazón; él no está como yo, rodeado de tanta gente bonita que me quiere, y menos disfrutando de una sandía como esta.

Esa tarde me di cuenta de lo ricos que éramos, y que si el Presidente nos pudiera ver, seguro que se moriría  de la envidia… Pobre Presidente.

¡Hasta el próximo  Sábado!

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