Hijas, cuando lean esta carta por vez primera, quizá solo entiendan por encimita, pero cuando tengan más edad, y la lean de nuevo la entenderán diferente, y cuando lleguen a la mía, seguramente de otra manera.

Primero y antes que nada les pido me perdonen por no ser el padre que podría haber sido, es este canijo sentimiento que existe cuando intentaste ser mejor pero no tienes la certeza de haberlo logrado, pero ¿saben?, no hay una escuela para padres, y esto es una especie de ensayo y error, y como cada caso es un caso diferente, escuchar consejos de otras personas que tienen una vida distinta o no tienen hijos, generalmente es tiempo perdido.

Mis princesas, quien dice que no existe el amor a primera vista, miente, lo digo yo, pues la primera vez que las vi, fue eso, precisamente eso, amor a primera vista, y no he dejarlo de amarlas desde el momento en el que supe que llegarían a mi vida, pero en el momento en el que las tuve entre mis brazos, ese amor se desbordó y se volvió inconmensurable.

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Aún recuerdo cuando estaban en el vientre de su madre y se movían cuando les cantaba, espero que fuera de alegría y no para que me callara, ¿se acuerdan cuando se le “encajaban” a su mamita en la panza y yo ponía mi mano y les decía: “háganse para acá bebés”, y se movían?

Ustedes me hicieron creer en el Ratón Pérez, Santa Claus, los Reyes Magos, pero sobre todo en la grandeza de Dios, en los regalos de la vida, ¿Qué mejor regalo que sus sonrisitas, sus abrazos?,  esos, los mejores remedios para el cansancio y la tristeza de papá, no hay nada mejor para un padre;  ¿Qué quiero alcanzar el cielo?, nomás con que me digan: “te amo papá oso”, eso es suficiente para mandarme de ida y vuelta.

Hijitas mías, este padre que les toco, que eligieron, ha dado cada día, cada hora, el cuerpo, la sangre y el alma por ustedes y es de las cosas de las que más orgulloso estoy, el de haber vivido para amarlas, cuidarlas protegerlas.

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Hoy les hago una promesa, les doy mi palabra de hombre, de padre, de Papá Oso, con el corazón en la mano, les prometo que siempre serán mis princesas, mis bebés, que las amaré y cuidaré siempre, aun y el día que ya no este físicamente con ustedes.

No se les olvide que mi sangre, mi alma y mi corazón habita en cada uno de sus cuerpos, y cuando me extrañen, nomás cierren sus ojitos y vean para adentro para que vuelvan a sentir los besos,  los abrazos y el amor incondicional de su padre, porque como decía la abuela:
“Hay corazones que cuando se encuentran, nunca se van a separar, ni en la distancia, porque es el corazón que mantiene unido lo invisible”.

Mi Renata, mi Regina, mi Ximena, las amo y las amaré infinita e incondicionalmente con todo mi ser y por toda una eternidad.

Por siempre

Su Papá Oso.

 

 

¡Hasta la próxima semana!

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