Así se siente estar muerto en vida. Así, como estoy yo. Así se ve, como este reflejo pálido y desequilibrado en el espejo. No siento nada, no quiero nada. Llevo arrastrando esta ausencia de ser desde que te fuiste. Desde que se fueron juntas y me dejaron atrás. Sólo, con todos mis sueños hechos cenizas y arrumbados en las esquinas de toda la casa. No quiero seguir, no quiero intentar nada más. Ni medicinas, ni terapias, ni intervenciones. Nada. Nadie me preguntó si quería nacer, entonces al menos decidiré cuándo quiero morir. Nadie me preguntó si quería esto, esta terrible realidad.

Todavía tengo grabado en mi frente ese beso y la mirada con la que te despediste en el hospital sin dejar claro que te ibas para siempre. Llevabas en tu vientre a nuestra primer bebé, nuestra prueba del inmenso amor que nos teníamos. Que te sigo teniendo. ¿Por qué no me di cuenta que estabas mal, que la vida se te iba? ¿Por qué no me di cuenta que no podrías con tanto esfuerzo? ¿Por qué no me aferré a ti para darte más vida? Impedir que te fueras. Me dejaste en este cuarto rosa que huele a un bebé que no tengo, que no conocí. Estoy rodeado de una cuna vacía, la mecedora que con tanta terquedad quisiste comprar, los peluches que te anticipaste a escoger, las colchas tejidas a mano y el dibujo en la pared que creaste mientras cantabas empapando pinceles; me estoy volviendo loco.

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Cuando te pierdes a ti mismo, cuando en casa ya nadie te espera, cuando tus miedos y esta terrible ansiedad te persiguen día y noche…. ¿Cómo encontrarme si ya estoy perdido? ¿En qué mapa busco mis manos vacías que han perdido todo? Se quedaron en ti, en tu cuerpo, en tu panza, en tu cara, en tus abrazos y tus miradas. No soy sin tu ser. No soy sin mi pareja, sin la madre de mi hija ni sin la hija que siempre quise tener contigo.

Dicen que el perdido busca. Busca sin ánimo a aquél que sabe que no va a encontrar. Va sin rumbo, llora en las madrugadas y huye desolado y sin esperanza. Sin saber quién lo podría ayudar. Y es que así estoy, sintiendo cómo me acecha tu ausencia con sus colmillos implacables. Siento el frío que hiela mi espalda. Tu muerte fue mi muerte…, la vida ya no es mía. Tan solo soy un mal boceto de ese que fui algún día, del que te enamoraste. Se desdibujan mis últimos intentos de felicidad cada vez menos efectivos… ¿Dónde diablos me encuentro si ya no tengo guía? ¿A dónde me dirijo cuando diario muero lentamente? ¿Para qué seguir intentando vivir cuando se me escapó la vida sin darme cuenta, si se me fue lo que más quería?

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Ya no tengo ni energía ni sueños y, mucho menos, un proyecto de vida… Siento a esa bestia triste que me persigue a pesar de que dormido le suplico que me deje en paz, que me devuelva las ganas de ser, de amar. Que regrese la calma a mis noches llenas de insomnio y ausentes de luna. ¿En dónde carajos estás, mi amor? Mi mirada triste y solitaria está cansada. Quiero irme a descansar con ustedes, dar un paso al vacío donde no sienta esta tristeza, donde nada me duela, donde me quede en un silencio tranquilo. Un silencio eterno contigo. Con ustedes.

Dicen que en esta vida todo tiene solución menos la muerte… Lo que no dicen es que la muerte es una solución en sí misma… Hoy espérenme antes de quedarse dormidas, donde sea que estén, hoy estaré ahí.

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Mujer, con todo lo que eso conlleva. Mamá de dos bendiciones que despiertan en mi teorías terrestres y extraterrestres sobre la maternidad, sus delicias y sus alucinaciones. Licenciada en Diseño Gráfico con pasión por todo el mundo de las manualidades. Dedicada, en tiempos "personales" a la pintura y a la escritura. Bloggera que juega, entre otras cosas, con la sátira y la reflexión sobre la vida logrando que mujeres y hombres, entre risas y llanto, se sientan entendidos e impulsados a vivir mejor y felices. Concluyo inmensamente contenta y emocionada como colaboradora de este gran espacio, Fernanda Familiar.