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Sí, los Grammy apestan y desde hace mucho tiempo. Aunque claro, eso no quiere decir que a todos los que alguna vez hemos tomado una guitarra entre nuestras manos no nos gustaría ser quien está dando el discurso de agradecimiento, con un Grammy a nuestro nombre. Pero la realidad, es que hace mucho que dejaron de ser referencia de calidad musical.

Las industrias hoy son como una casa de citas: giran alrededor de la prostitución. No estoy hablando del sexismo –ése es otro tumor del cáncer que las aqueja-, sino de la descarada forma en la que el éxito en la música de hoy en día parece estar a la venta.

¿A alguien le sorprende que el reggaetón lo monopolice todo? A la industria no. Fue ésta la que moldeó a sus artistas a tal grado que se vieron orillados a introducirse al mundo de uno de los géneros más odiados y amados de la historia.

La realidad es que los Grammy, igual que los Oscar y el resto de los premios más importantes del mundo, no reconocen la calidad sino la popularidad. Cosa que quizá no estaría mal, si no pregonaran que hacen lo contrario.

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Y a pesar de todo, la Academia no fue para darle una de sus preseas a “Despacito” que, le pese a quien le pese, fue sin duda la canción más popular del año pasado.  Porque claro, creen que galardonar a Bruno Mars es un poquito más digno que reconocer que el reggaetón, el monstruo que ellos mismos crearon, es lo que hoy les da de comer.

Para eso tienen los Grammy Latino. Ahí sí que no importa si se premia a Daddy Yankee como si de Gustavo Cerati se tratara… porque como somos latinos, seguro a todos nos gusta perrear.

El tema es que los premios Grammy perdieron su credibilidad como una referencia concreta, a diferencia de los Oscar a los que todavía les queda relevancia. Uno no escucha los discos y artistas premiados, como corre al cine a ver las películas ganadoras.

Pero claro, al final a la industria lo que le importa es seguir siendo eso… un negocio. Cosa que no estaría del todo mal, si no quisieran sólo vendernos lo que ellos quieren. Porque quién nos dice que no hay otros Caifanes ahí afuera buscando una oportunidad que el reggaetón les robó.

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Incluso las mismas agrupaciones que hoy en día ya están posicionadas han protestado contra las medidas autoritarias que han demeritado a los Grammy. El ejemplo más claro es el de Avenged Sevenfold, quienes decidieron no asistir a la ceremonia porque los organizadores decidieron dejar fuera su categoría (Mejor Canción Rock) fuera de la transmisión televisiva.

La realidad es que a la gente a la que le gusta la música que es premiada por ser popular, no le interesan las premiaciones; a la gente que de verdad ama la música y busca ir más allá de lo popular, mucho menos tendrá interés en sintonizar el evento.

Y así, en el marco del 60 aniversario de la premiación más relevante del mundo de la música (auch), nos topamos con que los Grammy se han convertido en un reflejo de lo efímera que ellos mismos volvieron la industria. Premiando viralización, sobre perpetuidad; simplicidad, sobre profundidad; sexualidad, sobre mensaje… y popularidad, sobre calidad.

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