Querida Ofunam:
No olvido que, la primera vez que te escuché, fue en el auditorio de la Prepa 6. Han pasado casi dos décadas, ya no recuerdo el programa, pero sí que la batuta era de un jovencísimo director que después fue mi jefe.
Nunca te lo dije, pero me atrapaste. Yo quería ser abogado, pero cuando te escuché, supe que yo quería hacer eso. Cambié totalmente mi perspectiva y me volví consumidor asiduo de música de concierto. Memoricé óperas, leí sobre compositores, fui a todos los conciertos que pude.
Lo más grande de mi semana era visitarte los domingos en tu casa, la Sala Nezahualcóyotl.
Unos años después, tu Sociedad de Amigos me volvió huésped constante de esa casa. Y entonces te disfruté entre semana, hablaba en internet de ti. Te escuchaba ensayar, te vi acompañar a Marc Martell con éxitos de Queen y seguir a Enrique Patrón de Rueda con una Tosca que no supero.
Estuve en tu cumpleaños 80. Todavía tengo una taza, ¿las recuerdas? Aún decora mi escritorio, es mi favorita cuando trabajo desde casa. Tus programas de mano, con sus bellísimas impresiones, son parte de las joyas de mi biblioteca.

Te extrañé en la pandemia. Pero tu equipo se encargó de que nos sintiéramos cerquita, de que no dejaras de sonar aunque fuera en mis audífonos. Regresé a tu casa, la Neza, con mi amor en turno y hoy te sigue preguntando desde Francia.
Cuando me mudé, vos y yo nos vimos menos. Tú no sabías, pero intentaba ver tus conciertos en TV UNAM para no perderme tus cambios. Seguí viéndote crecer, cambiar de batuta y desarrollarte como lo que eres: uno de los conjuntos más grandes del país.
Este sábado nos volvimos a ver. No podía perderme tu cumpleaños, y me volviste a hipnotizar. ¡Qué bien te cuida Sylvain Gasançon!
Te diría que me sorprendiste con la 5ta de Mahler, pero sabes que mentiría. Siempre he sabido que eres magnífica. En cambio, me encantaste. No pude parar de mirar a Carlos Arias de la Vega tocando de memoria el Huapango con el que cerraste tu concierto. Él, como todos tus músicos, fabulosos como siempre.
No merecías menos que la Sala Principal del Palacio de Bellas Artes, porque es grande como tú.
Sigues precisa, sigues grandilocuente. Tu sonoridad es cada vez más madura, ejemplo de la grandeza del proyecto cultural que representas.
¿Todavía vas a escuelas y facultades? Supe por la Gaceta que sí. Y quiero darte las gracias. Eres una de las cosas que me dio la Universidad Nacional. Si no hubieras llegado esa tarde a la Prepa 6, tal vez no estaría aquí escribiendo. No sé qué sería de mí sin haber descubierto la enorme pasión que despertaste. Por Gaceta me enteré también de tu nuevo disco y estoy ansiando escucharlo.
En este cumpleaños 90, Ofunam, te deseo otros 90. Qué digo 90, otros 300. Porque tu grandeza no termina, porque la música no ha encontrado sus límites y porque siempre has sabido reinventarte. Porque tú eres la raza que habla con mi espíritu. Contener las lágrimas en el Goya no fue fácil, pero lo logré.
Que el larguísimo aplauso que te ganaste este fin de semana en Bellas Artes sea tan eterno como tu legado.
¡Que vengan muchos, muchos años más de la Filarmónica de la Universidad!

