Nayib Bukele ha convertido El Salvador en su feudo personal que no pretende soltar.
No importa si debe seguir persiguiendo a la prensa, encarcelando y deportando gente sin evidencia —incluso menores— o entregando el presupuesto salvadoreño a empresas privadas. Al precio que sea, el presidente digital quiere cumplir una década en el poder. El paso de Bukele por la Casa Presidencial no ha estado exento de polémicas. Desde su afición por las criptomonedas –que intentó imponer como moneda oficial en su país– hasta la imposición de cortes de cabello a estudiantes salvadoreños. Pero él se aferra a la silla.
Sus megacárceles no podrían pasar desapercibidas. Tampoco la restauración de la cadena perpetua que se había prohibido en 1983 con la Constitución actual, lograda gracias a la supermayoría de Nuevas Ideas, el partido de Bukele, en el Congreso. «Esta reforma es consecuente al rescate mismo del derecho penal», dijo Gustavo Villatoro, ministro de Seguridad Pública y Justicia.
Todo esto no parece animarlo a dejar la presidencia, aunque los resultados de seguridad presumidos constantemente por Bukele han despertado dudas: anunció 365 mil días sin homicidios, pero la prensa demostró que se trataba de una suma, no de un continuum; presumió la caída del 45% en los asesinatos, pero la cifra de desapariciones seguía creciendo.
Aún con la deriva autoritaria en la que ha envuelto a El Salvador, Bukele se burla de quienes lo llaman «Dictador».
Bukele, parte del ascenso de la derecha en AL
La ultraderecha sigue ganando terreno en América Latina. En entrevista con France 24, la doctora en Ciencia Política Lisa Zanotti señaló que «los datos muestran que no hay una radicalización clara del electorado, no es que se haya vuelto más de derecha». Desde su perspectiva, lo que permite este desarrollo de los movimientos conservadores es la crisis generalizada de seguridad y la comunicación que ha tenido la derecha en los procesos electorales.
Christian Rojas, en la misma entrevista, explica que las diferencias entre derecha y ultraderecha se basan en el respeto de la institucionalidad.
Pero, en los hechos, políticos conservadores y antiderechos continúan haciéndose con el poder en varios países de la región. Además de la búsqueda del mandato ad perpetuam de Bukele, Keiko Fujimori ha logrado por fin –tras tres elecciones fallidas, incluso con el financiamiento de Odebrecht y acusaciones de lavado de activos– ser electa presidenta de Perú. Ambos forman parte de la ola de mandatarios conservadores entre los que aparecen Javier Milei, Abelardo de la Espirella, José Antonio Cast, Daniel Novoa y Nasry Asfura.
Ahora, sólo queda esperar resultados en las próximas elecciones de Brasil.
