Nadie llorará a Macondo. Este miércoles llega a su fin Cien años de soledad, la versión televisiva de la novela que convirtió a Gabriel García Márquez en Premio Nobel. Con un diseño de producción exquisito, la serie acumula dos temporadas, de ocho capítulos cada una
Macondo será el fénix que renazca en la memoria de quien vuelva ya no sólo a la pantalla sino también al libro. Spoilear una de las máximas obras del habla hispana sería imposible, pero bien vale calificar a la serie como una provocación conmovedora: Gabriel García Márquez siempre dijo que no quería ver sus obras en la televisión, pero el atrevimiento ha parido a un Buendía más. Asusta, tiene cola y momentos sublimes.
Las actuaciones no sólo son precisas: constituyen un despliegue del arte de construir un personaje desde el análisis más profundo de sus formas; pero lo mejor de toda la serie es el detallado trabajo de envejecimiento que, en 16 capítulos, lleva a quien la mire a navegar el declive de los Buendía y le construye el Macondo del que, explica la producción, ha sido terrible despedirse. “Úrsula entraba en cada cambio al set y preguntaba qué le habíamos hecho a su casa”, comparten entre risas.

Y es que leer la muerte de los Buendía, uno por uno, es fuerte. Pero verla en pantalla, con la luz rebotando en sus pieles, puede conmover hasta las lágrimas mientras el dolor en los ojos de Aureliano nos conduce hasta la comprensión de que, ni antes ni nunca, habrá un Macondo al cual volver. Ya no habrá un primo clérigo que hable mal latín ni una tía que vuelva de Bruselas cuestionando que nadie respondiera sus cartas; nadie más llamará “bastardo” al Buendía ilegítimo que se esconde en la finca que otrora era el orgullo familiar.
Cien Años de Soledad no tendrá una tercera temporada. Será tarea nuestra pretender reconstruir en nuestras mentes la obra magistral que consagró al Gabo a la eternidad mientras sepultaba su Macondo entre el polvo agitado por las mariposas amarillas que, canta el clásico, vuelan liberadas.

