En el más reciente episodio de confrontación en el Senado, Gerardo Fernández Noroña volvió a colocarse en el centro de la polémica, acusando a la oposición, en especial a Alejandro “Alito” Moreno, de destruir la posibilidad de diálogo.
Pero la pregunta es inevitable: ¿qué diálogo?
Durante la presidencia de Noroña en la Mesa Directiva, nunca existió una disposición real para escuchar al otro lado. El estilo del legislador de Morena se ha basado en la descalificación, la imposición y la confrontación, más que en la construcción de consensos.
El trasfondo de la victimización
En lugar de asumir su papel como figura que debía garantizar orden y acuerdos, Noroña optó por la estrategia de la victimización: culpar a los demás de la fractura política y presentarse como víctima de ataques, cuando en realidad ha sido protagonista de un clima de hostilidad que imposibilita cualquier diálogo serio.
El choque con Alito Moreno es solo el reflejo más reciente de una práctica constante: la política de Morena se ha vuelto un monólogo, donde no caben voces disidentes y donde todo intento de crítica se traduce en acusaciones de traición o ataques personales.
Morena: un partido sin puentes
Más allá de la figura de Noroña, la falta de diálogo es una marca de Morena en el poder.
- En el Congreso, las reformas se presentan como hechos consumados, sin espacios de construcción con la oposición.
- En el discurso, todo aquel que discrepa es señalado como enemigo o corrupto.
- En la práctica, el poder se ejerce desde la imposición, no desde el consenso.
Lo que sucede hoy con Noroña y su victimización no es un accidente: es el síntoma de un partido que ha renunciado al diálogo como herramienta política.
Una reflexión…
La política no puede reducirse a gritos ni a pretextos de persecución personal.
Cuando un presidente de la Mesa Directiva, como Noroña, se presenta como víctima, lo que en realidad se oculta es su fracaso para garantizar un Senado donde las diferencias se procesen con respeto y acuerdos.
La ausencia de diálogo no es solo un estilo: es una amenaza para la democracia. Porque cuando un gobierno convierte la política en imposición, lo único que queda es el desgaste institucional y la polarización social.