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Uno puede hacer cosas incorrectas por razones válidas. Uno también puede hacer lo correcto aunque los motivos sean inapropiados. El juicio final sobre los actos que unos consideran como “justificables” suele relegarse a motivos religiosos o a la percepción que la sociedad pueda ejercer en un tema, pero finalmente las personas involucradas en tomar estas decisiones son quienes tienen que vivir con las consecuencias de sus actos.

Estas son las conclusiones a las que uno llega tras analizar las sutiles capas narrativas de ‘Enemigo de todos’ (‘Hell or High Water’, d. David Mackenzie), un magnífico drama escrito por Taylor Sheridan (‘Sicario’) que, entre otras curiosas revelaciones, nos muestra ese sector de Estados Unidos que lleva más de una generación sintiéndose desposeído y condenado a vivir en un constante círculo descendente de pobreza. Justo la clase de gente que terminaría votando por Trump en un momento de hartazgo, de hecho.

Conocemos de inmediato a los hermanos Howard, en el preciso momento de perpetrar otro asalto a un banco. Son robos pequeños realizados en poblaciones aisladas, y la violencia no caracteriza al modus operandi de los asaltantes, que no pasan de propinar uno que otro golpe al personal de seguridad cuando juzgan que la ocasión lo amerita. El impulsivo Tanner (Ben Foster) es el elemento volátil en esta precaria fórmula, que suele ser templada por el carácter más reservado y juicioso de Toby (Chris Pine). Pero no lo olvidemos: se trata de un par de asaltabancos, y por lo tanto de criminales.

¿Pero qué tan criminales son? Aquí comenzamos con los juegos de percepción. Tanner acaba de purgar una condena en prisión, y es el típico malviviente que lleva una vida entrando y saliendo del sistema penitenciario por un sinnúmero de infracciones. Toby es un hombre más formal, amante de su familia y visiblemente atribulado por el rol de asaltante, pero pronto comprendemos que las circunstancias le han orillado a esta condición.

El motivo detrás de los robos obedece a una hipoteca que está a punto de caer en incumplimiento de pagos, hecho que haría que el rancho de los Howard pasara a manos de una institución bancaria. No se trata de una deuda multimillonaria, sino de $43,000 dólares, pero la economía actual de estos infelices hacen que esa cantidad sea tan inalcanzable como un viaje a la luna. El tiempo se agota, y delinquir parece ser la única respuesta sensata para los dos hermanos.

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La racha de robos exprés termina por llamar la atención del sheriff Marcus Hamilton (Jeff Bridges), un veterano hombre de la ley que posee un inequívoco sentido del deber y las cualidades necesarias para ejercer su cargo con honor y dignidad. Los motivos detrás de los robos son lo de menos para él: el criminal debe pagar por sus crímenes, y punto.

El problema para Hamilton es que a lo largo de sus pesquisas en pos de los Howard va descubriendo múltiples historias de personas que viven existencias casi igual de asfixiantes que las de los ladrones. Está la mesera que podría ayudarle a identificar a Toby, pero quien recibió una jugosa propina del prófugo y valora más un centenar de dólares para aliviar sus angustias de madre soltera que perder el dinero como parte de la investigación. Hay testigos que potencialmente serían útiles, pero no cooperan pues cualquier golpe contra los usureros bancos es una pequeña victoria personal. Son tiempos difíciles en el sur de Texas, no hay cómo negarlo.

La austera belleza de esta película nos muestra un mundo que parece atrapado en una época muy amplia: lo mismo podríamos situarla a mediados de los 70, durante la crisis petrolera, que en un futuro cercano. Se respira miseria, angustia, desconfianza e inestabilidad. La modernidad ha ido dejando atrás a este sector social, mismo que busca soluciones donde no las hay. El sheriff Hamilton puede tener a la razón de su lado, pero no necesariamente a la justicia en el sentido estricto de la palabra.

Un mundo donde no hay nada tajantemente blanco o negro, sino más bien una extensa gama de grises, le viene de maravilla al director Mackenzie. El realizador de origen escocés se siente visiblemente a gusto en un Estados Unidos que no deslumbra por su habitual naturaleza ostentosa, sino por el trato marginal que reserva para las clases menos privilegiadas. Cuando el alguacil Parker (Gil Birmingham) comenta con el sheriff sobre lo injusto que es para los Nativos Americanos el ver el despojo de sus tierras a manos de blancos que, de todas maneras, terminan por perder esas mismas tierras en desiguales acuerdos financieros, estamos siendo testigos de un sistema capitalista donde la justicia es tan poco clara como lo es para los Howard, los clásicos criminales “de oportunidad”.

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Las actuaciones en ‘Enemigo de todos’ son, en su mayoría, brillantes. Bridges tiene prácticamente un monopolio sobre los papeles de justiciero experimentado, pero aún aquí tiene competencia seria en los talentos de Pine y Foster. El primero deja a un lado su habitual actitud de galán para reflejar el dolor de un padre de familia que no puede asegurar el bienestar de los suyos. El segundo es una bomba a punto de estallar, un impulsivo ser que alimenta sus rencores sociales con cerveza y malas decisiones. Es imposible dejar atrás la incertidumbre cada vez que los Howard aparecen en pantalla, sea para intentar lavar el dinero malhabido o para animarse a asaltar un banco más mientras uno de los dos espera su desayuno en una cafetería contigua.

El mensaje de este filme puede parecer sencillo, pero tiene la belleza de ser perfectible para cada miembro de la audiencia. Quienes sientan simpatía por los motivos de Toby y Tanner encontrarán una enseñanza distinta que la que pueden percibir los que se pongan del lado del reflexivo Hamilton. Y habrá quienes simplemente disfruten el rol de espectadores, como los testigos de los robos o los empleados de un dilapidado casino. Lo interesante es que en todos los casos podemos coincidir en un punto: la promesa de “hacer a América grande otra vez” es particularmente vacía si ese país sigue poseyendo diferencias tan marcadas entre su población.

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