No medió un segundo entre el anuncio y el clic; en cuanto vi que Netflix había subido un documental sobre el rock latinoamericano, suspendí toda actividad hasta la última letra de los créditos. ¡Lo disfruté muchísimo! Escuchar a Lora, Roco, los Tacvbos y demás rockeros contar historias que antes solamente conocíamos de oídas es un sueño hecho realidad. Y hay que decirlo: condenados por la iglesia, bloqueados por la moralina mediática-empresarial y perseguidos por el gobierno, los rockeros y más aún las rockeras construyeron en nuestro México surrealista, el escenario más underground y discursivamente rico de la historia… sobra tela de dónde cortar.

¿Y entonces, por qué queda a deber tanto?

Especialistas, periodistas y redes sociales ardieron porque faltaban o sobraban bandas; se acusaron favoritismos y claro, condenamos a Santaolalla por convertirse en protagonista principal de una historia tanto más grande. Sin embargo, el problema dista mucho de ser que los whitexicans y Rocko se juntaron con los del sur a presumirle sus rolitas al tío Lora; el documental resulta sesgado y caprichoso porque ignora las más fundamentales reglas del periodismo, algunas muy básicas, simples, técnicas. Un buen rockero jamás olvida que hay que conocer las reglas para romperlas. 

1. ¿De qué estamos hablando? Falta una definición del género. El autor debe atreverse a establecer el cauce de su historia y dejar bien claro qué entra, qué queda fuera y por qué. La aproximación técnica en términos musicales es riquísima y más delicioso aún hubiera sido escuchar a las protagonistas definir el género en términos profundos. El Rock devolvió a la música el ritmo más simple de 4/4 con acentos en 2 y 4 (escucha la tarola de Viento), después de que los locos jazzistas lo habían hecho acentuando en 1 y 3 (escucha los platillos) y sincopando aceleradamente (como cuando camina la Pantera Rosa, con un tropezón en medio). El género se nutre directamente del blues, el lamento político-espiritual de los esclavos raptados de África sigue ahí y tiene más que ver con Bob Marley que con Maná… en todo caso con Timbiriche (Desde niños interpretando El Baile del Sapo, derivada de la legendaria pieza de culto teatral y cinematográfico The Rocky Horror Show) y Alejandra Guzmán (Rockera en vida y obra desde La Plaga hasta Flor de Papel). A todo lo anterior hubiera ayudado también analizar la retórica del género, sus reclamos y consignas, qué imitan, qué suman, cómo se rebelan y de quién… todo está en la definición del género. El rock es mucho más que esas frases perdidas de los grandes exponentes: “la puta libertad”, “actitud”, “pelotas”, “fuck you!” y claro que se puede definir e intelectualizar para completar el cuadro; pero hay que dejarla sonar, analizarla y explicarla en cuanto a su contenido y transformación musical: faltaron expertos, poetas, periodistas, historiadores, académicos y músicos de otras corrientes que contrastaran y acompañaran la historia del género. Otro de los protagonistas principales del documental debería ser el sonido mismo de la música. Los segmentos son icónicos, mas breves y repetitivos. Difícilmente se permite que la música suene mientras se explica su evolución… acaso cuando justifican la existencia de Maná o del hijo rapero de algún otro trovador suramericano. 

2. ¿Cuál es la historia? No hay un hilo conductor. Desde el título, el documental dice todo y nada. La historia debe contarse desde una perspectiva y presentar una narrativa clara para tener al espectador enganchado y asegurar el justo tratamiento de todas las personas e historias relacionadas con el fenómeno. El documental no requiere necesariamente un tratamiento musical; podría, por ejemplo, partir de la historia del Rock como género y llevarnos de paseo por Latinoamérica (¡Neta empezar en La Bamba es una broma de mal gusto!); o podría partir de una perspectiva sociopolítica-cultural de Latinoamérica y de ahí revelar el impacto del género en la región. 

3. Protagonista-antagonista y especialista: si bien es importante contar con el arrojo periodístico para tomar decisiones difíciles, tampoco es indispensable ser un experto en el tema para hacerlo. Siempre hay dos lados (al menos) de una historia, el berrinche inicial contra los viejos rockeros que traducían las rolas es vergonzoso porque no existe un diálogo con sus exponentes ni una valoración objetiva sobre su contribución o el esquema impositivo al que ellos mismos estaban sujetos. ¿Les gustaba, se moderaron o se prostituyeron, como afirma Bill Hicks de todos los músicos que vendían Pepsi? Este error descontextualiza, desinforma y desconecta la historia de unos jóvenes rebeldes con la de otros jóvenes rebeldes. ¿Cómo convencieron a Enrique y Julissa de participar, considerando que obviarían a sus hijos? Me parece que hubiera sido muy interesante explorar cuál es la conexión entre esas dos generaciones… pocas rolas tan explícitas como “Haciéndote el amor” de Los Locos del Ritmo, ¿cómo se salieron con la suya y por qué El Microbito no? Otra pregunta interesante sería tratar de explorar cómo impactó a los músicos escuchar ambas versiones en términos de producción y ejecución musical, o cómo la audiencia mexicana reconoció la diferencia entre escuchar una canción de boca de su autor en su idioma original versus aquella versión traducida con fines mayormente comerciales. 

4. El protagonista también es la audiencia: muchas de las mujeres a quienes debemos el impulso del género son también las fieles florecitas rockeras que buscaban a las bandas en tugurios dark-under-ilegales más chidos e inhóspitos, hasta casa del diablo donde aún a los rockeros les daba miedo tocar… Qué tiene el rock que nos hace azotarnos unos a otros en ese hermoso fenómeno del que salimos todos chipotudos pero felices, mejor conocido “eleslam”? ¿Cómo impactó el discurso del Rock a otros sectores de la sociedad, los políticos y académicos los pelaron, cómo cambió la cultura e influyó en otros géneros, cómo y cuándo cambiaron los medios, qué influencia tuvo el rock en otros idiomas para que ello sucediera? Insisto, todo ello son caminos que debieron al menos considerarse. 

5. Piezas autocontenidas. Cada capítulo es una historia, debe contar con inicio, perspectiva, narrativa, tensión dramática, punto de giro… todo. El primer capítulo debe ser una forma de colofón o resumen que permita introducir a la audiencia en un marco referencial que permita el buen desarrollo de toda la historia. Ejemplo grave es haber dejado fuera a Rita Guerrero de Santa Sabina fuera del primer documental para luego mencionarla solamente de pasada en un capítulo posterior: se la endiosa y admira, pero no se explica su influencia ni valor musicalmente hablando. 

6. La verdad y toda la verdad: ¿Quién los censuró? Quién presionó para que así fuera, a quién más censuraban, qué valores defendían o a qué le tenían miedo… sobran preguntas por responder. Pareciera que el único malo es Díaz Ordaz, cuando hoy las cosas siguen bastante mal… y por eso, como bien se explica en el documental, ¡El Rock and Roll Nunca Muere!(por cierto, ahí hay una excelente lista que tampoco se respetó) Aún hoy en el México “democrático” el Presidente utilizó su máximo foro para atacar públicamente a Alex Lora… sí, el tío todavía tiene que estar aguantando que, como nunca antes desde tiempos de Díaz Ordaz, el encargado del Gobierno Federal lo acose públicamente con nombre y apellido acusándolo de “conservador” comparándolo con John Lennon: defensor público de la constitución de una monarquía… Es una verdadera vergüenza nacional que hayamos permitido eso como rockeros y sin chistar. 

7. No hay pretextos: Las relaciones públicas son parte fundamental de la chamba. Conseguir permisos y derechos, convencer a las divas y ermitaños era tan indispensable como recoger todos los testimonios posibles de quienes conocieron a quienes fallecieron. Las omisiones sobre la vida y obra de Rockdrigo González son de una violencia tremenda. Antes de poner el (indispensable, lo acepto) chiste sobre su mortal pasón de cemento, pudieron destacar que es el verdadero autor de Metro Balderas y recordarnos letras tan vigentes como Los Intelectuales

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El problema de la pieza es el documental en tanto documental: entretiene sin documentar nada. Sí es un gran esfuerzo, visual y musicalmente rico, lleno de recuerdos, sonidos, lugares y personajes entrañables… un excelente tema con una ejecución descuidada. 

Como contraejemplos podemos destacar el impecable documental de Ken Burns Jazz que en 12 capítulos explora cómo el género nace de los orígenes más humildes y violentados para conquistar a los más delicados y sofisticados oídos, al mismo tiempo que relata la lucha por los derechos civiles en Norteamérica. Un contraejemplo más breve e impactante es la historia de la pieza más temida de Coltrane, Giant Steps: The most feared song in jazz, explained.

Así que gracias por el esfuerzo y el entretenimiento, pero no rompieron nada, ignoraron todo… como quien por rebelarse agarra una lira, brinca y se arrastra sin saber los acordes.

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