De lo sagrado, de lo solemne, de la herencia religiosa que guardo entre las esquinas y los cajones, reales e imaginarios, lo que más disfruto es la estima a los momentos en que no percibo ningún ruido y no se oye voz alguna.

Cada vez son menos los encuentros que tengo con el silencio, eso me ha tentado a la ejecución de una idea que comenzó entre sueños: asistir a aquella iglesia de mi infancia, solo para intentar revivir los minutos, que parecían más largos por transcurrir entre aquellos murales sacros a los que pude apreciar debidamente muy tarde.

¿Qué tan malo sería volver a los cerros si la única motivación fuera esperar la salida del sol en aquel punto que engaña a la mente y le hace creer que no hay más nada? No me importa, sería capaz. No importa, no puedo hacerlo.



Tal vez de ahí venga mi admiración a las flores y mi cariño a los reptiles con caparazón. Entonces, me es ineludible concluir que debí leer antes El matrimonio de los peces rojos (2013), para que Guadalupe Nettel me mostrara cómo es posible verbalizar desgarradoras verdades como que el ser amado puede parecernos una amenaza, como que por naturaleza existimos a quienes siempre nos hará falta espacio; nuestro fin será cuestión de supervivencia.

«Los peces son quizás los únicos animales domésticos que no hacen ruido. Pero estos me enseñaron que los gritos también pueden ser silenciosos», dice la protagonista del relato.

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Releo y me doy cuenta que nunca pude imaginar que la pecera rectangular del pasillo, que acompañó mi adolescencia, me haría falta en la vida adulta. Los peces en ella no me juzgarían por los momentos en que entre la guitarra de Paco, la voz de Bowie o los talones sonoros de Pilar, prefiero la nada. 

Ya no importa si los días en los que nos ahogábamos sin agua y en silencio pudieron ser distintos, porque poco antes y poco después conocí esa pasión extraña de la que habla Rainer Maria Rilke, donde lo que duerme en palabras engendra silencio de flores. He ahí lo sagrado y lo solemne.

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