Por: Beatriz Carrión de Negri, psicoterapeuta ([email protected])

Los seres humanos funcionamos siempre desde el vínculo con los demás. La interacción y el intercambio con otras personas conforman nuestra vida diaria. Sin embargo, desde hace unos meses, entramos en un periodo en el que se nos exige aislarnos ya que tenemos como objetivo frenar la propagación de un virus que amenaza al mundo entero.

El contacto se canjea por la distancia haciéndonos sentir sumamente vulnerables, comenzando porque se cierran aquellas puertas -tanto concretas como simbólicas- que nos permitían desarrollarnos. Estamos atravesando una crisis que incrementa nuestros niveles de estrés, angustia, incertidumbre y miedo. Nos encontramos de frente con nosotros mismos, ya que alejarnos del mundo externo, implica también alejarnos de todo aquello que nos evitaba detenernos y pensar. 

Antes de la existencia del COVID-19, vivíamos en un mundo sumamente voraz, todo giraba a una velocidad exorbitante y en ocasiones cegador. Ahora nos encontramos con el silencio y eso nos desconcierta. ¡Qué trabajo nos cuesta escucharnos! En ocasiones parece que queremos seguir corriendo, aunque sea sin dirección. Pero el distanciamiento físico no tiene que ser también emocional, por lo que habrá que vincularnos -en principio- con nosotros mismos para encontrar respuestas. Porque el temor por nuestro futuro individual y como sociedad, parece correr sobre un camino obscuro y nadie sabe hacia dónde nos llevará. 

En estos días, me parece fundamental seguir con una rutina, tratar de mantenernos activos, conservar una higiene del sueño y una higiene mental, reduciendo el tiempo de exposición a noticias. Podemos también continuar con proyectos previos o incluso tener alguno nuevo, sin embargo la sobre exigencia personal y parental de cumplir con expectativas sociales desproporcionadas que rebasan nuestras posibilidades únicamente hacen que aumenten nuestros niveles de ansiedad. 

Podemos considerar las siguientes preguntas para esclarecer nuestro mundo interno.

  • ¿Qué me hace sentir todo esto? 
    Ponerle nombre a nuestras emociones es el primer paso para poder validarlas y acomodarlas. 
  • ¿Puedo recordar algunas herramientas con las que he luchado en crisis anteriores? 
    Aunque sean situaciones muy distintas, seguramente nos evocan sentimientos similares. Así  tenemos presentes nuestras fortalezas y nuestra capacidad de resiliencia. 
  • ¿A qué relaciono mi angustia actual? 
    El miedo en esta pandemia jala los hilos de nuestros miedos más profundos y más primarios. No se presenta de manera aislada, por lo que habría que tenerlo en cuenta y separarlo, ya que muchas veces esto hace que se magnifique la sensación de desamparo y se salga de proporción la angustia.
  • ¿Qué me provoca tranquilidad? 
    Detectar cuales son las actividades que bajan nuestra ansiedad es fundamental. Podemos intentar la meditación, el ejercicio, escuchar música o escribir, etc.
  • ¿Hay algún tema previo que necesito solucionar? 
    Ahora tenemos el tiempo de poner sobre la mesa temas personales o interpersonales que pueden venir molestándonos desde hace tiempo. Podemos abrirlos con quien corresponde o podemos simplemente tomarnos el tiempo de revisar su relevancia y posibles soluciones. 
  • ¿Hay alguna meta que tenga en mente desde antes que pueda llevar a cabo en esta cuarentena?
    Ahora el tiempo corre de manera distinta, y puede ser el momento de realizar algún objetivo personal que teníamos deseos de cumplir, siempre asegurándonos de que sea factible y compatible con nuestro modo de vida actual. Esta meta también puede ser bajar el ritmo y descansar. 
  • ¿En quién puedo apoyarme y hablar de lo que me está pasando? 
    Es importante encontrar otras maneras de seguir afectivizados  y vinculados con los nuestros, aunque a veces no pueda ser de manera presencial. Alguien que nos haga sentir contenidos emocionalmente puede hacer que vivamos esto de manera mucho más tranquila. Recordemos que siempre hay profesionales de la salud mental a quienes podemos recurrir. 
  • Específicamente, ¿a qué le tengo miedo? 
    Desmenuzar lo que sentimos puede aclararnos el panorama y dejarnos ver aquello que sí está en nuestras manos y podemos controlar y aquello que no y debemos aprender a tolerar.
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El miedo necesita ser conocido y desplegado para evitar que se transforme en pánico, formando ataques de angustia. Es importante entender que el miedo es una reacción normal hacia una situación anormal, es decir, es la reacción esperada en estos momentos y la que nos permite informarnos y protegernos contra este virus. Pero si no se tramita, nos invade y nos sofoca y puede también salir de manera indirecta por medio de agresividad, desarrollando rasgos depresivos o síntomas psicosomáticos.  En este punto quisiera hacer énfasis en el gran riesgo de la automedicación con psicofármacos,  ya que si bien pueden provocar la ilusión de tranquilidad momentánea, a la la larga pueden causar el requerimiento de dosis cada vez más altas y la dependencia, causándonos mucho daño. 

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Con los niños sucede lo mismo. Como padres somos responsables de decodificarles el mundo a nuestros hijos y darles las herramientas necesarias para digerir situaciones difíciles. Sin embargo, si no hemos descifrado aún cómo nos sentimos nosotros en primera instancia, lo único que lograremos será proyectarles una angustia desmesurada y un terrible manejo de emociones. Los niños aprenden principalmente por observación, y el manejo que los padres tengamos de esta crisis afectará en la forma que ellos decidan vivir crisis futuras.

Por lo tanto, con los niños resulta fundamental otorgarle un espacio a la escucha y la aceptación, respondiéndoles siempre desde su experiencia. Es decir, debemos explorar cuál es la razón de su enojo o tristeza y contenerlos a partir de ahí, evitando darles explicaciones que no puedan comprender. Así mismo, el hecho de detenernos y dejar a los niños sin actividades por un momento, tiene una cadena de resultados muy valiosa, ya que es a partir de la pausa y el aburrimiento que nace el pensamiento y la creatividad, ayudando también a desarrollar su capacidad de demora y autorregulación. 

Son momentos de incertidumbre, sin embargo podemos tomar la decisión de comprender qué nos sucede para no desbordarnos. Pero también resulta importante  hacerlo para conectarnos con los demás desde un lugar más auténtico y mucho más empático. Podremos identificarnos, valorar lo cotidiano y cuestionar aquello que nos divide y propaga la intolerancia e indiferencia, partiendo de un lugar mucho más genuino al comenzar el nuevo ciclo que sobrevendrá a esta tormenta.

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