Escuchar la sinfonía Fantástica de Héctor Berlioz por estas fechas del Halloween es una tradición personal que comenzó en 1979, cuando estudiaba en la Universidad de Wisconsin.

En ese tiempo gastaba casi todo mi dinero en música. Un día compré un cassette de un ensamble de jazz muy simpático, Yehudi Menuhin y Stephanie Graphelli, los más grandes violinistas del siglo 20, interpretando “Té para dos,” del musical “No, No, Nanete,” escrita por Vincent Youmans.

Pero el cassette traía otra cosa. Música estridente para mis gustos de entonces y mi equipo de reproducción, más apropiado para solos de instrumentos que para música orquestal. Y ésta, desconocida para mí, se escuchaba interpretada por una orquesta muy grande. Regresé a la tienda a reclamar y no me hicieron caso. Era un producto de Emi Music. Imposible que se equivocaran.

Ahí mismo compré la misma grabación pero en un disco LP de vinilo. Me dijeron que si lo abría ya no habría devolución de mi dinero. Aún así pedí que lo tocaran. Ése sí era el dueto. Entonces ofrecieron cambiarme el cassette. Pero no acepté, porque ya tenía el disco.

Aún no existía Shazam, ni la Internet. Y nunca me acerqué a la facultad de música a preguntar. El misterio vivía conmigo y, como no tenía muchos cassettes, lo escuchaba con cierta frecuencia. Era una pieza extraña, mezcla de sentimientos. Hasta sicodélica, hubiera dicho; pero estábamos ya dejando atrás los setentas.

Tiempo después fui al estreno de “The Shining,” la nueva película de Kubrick. Ahí, al inicio, estaba mi música. Tétrica, tenebrosa. Se atribuye al final a Bela Bartok, interpretada por Herbert von Karajan. Preguntando, supe que era un antiguo canto gregoriano, “El día de la ira.”

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Día de la ira, aquel día

en que los siglos se reduzcan a cenizas;

como testigos el rey David y la Sibila.

¡Cuánto terror habrá en el futuro

cuando el juez haya de venir

a juzgar todo estrictamente!

Y de ahí no faltó ya quién de mis maestros me dirigiera hacia una pieza que usaba ese mismo motivo: La sinfonía fantástica.

En 1827 Berlioz se enamoró de una actriz irlandesa a quien vio como Ofelia en Hamlet. Harriet, se llamaba. Pero él toda su vida le llamaría Henriette. Le escribió apasionadas cartas que ella apenas leía; no lo tomaba en serio.

En 1830, Berlioz escribió esta sinfonía inspirada por ella y la cosa cambió: Henriette y Héctor se casaron en 1833.

Nada como la música para enamorar a alguien. Gustavo Dudamel ensambló una orquesta de más de 200 músicos para esta interpretación:

La sinfonía, según el programa escrito por el mismo compositor, comienza cuando un joven encuentra por primera vez “a una chica que reúne todos los encantos de la persona ideal con que soñaba su imaginación.” El tema musical que inspira es una “idée fixe” y lo vamos a escuchar durante toda la pieza.

Quizá el gesto del compositor deslumbró a Harriett, o quizá ella cambió de parecer porque para entonces, sin trabajo, estaba en quiebra.

Luego, en el segundo movimiento, la sinfonía pasará a un baile donde comienza el sueño mafufo — se sugiere que Berlioz se inspiró fumando opio tal vez, o cuando menos en el cuento de un fumador de opio. En él, todas las emociones se mezclan alrededor de su amada.

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Alegría, esperanza, fe, enamoramiento, celos, frustración, enojo… Nostalgia, tristeza en el tercer movimiento, campestre, bucólico, que termina en la más completa desesperanza y soledad, y aparte anticipa una tormenta con truenos y todo.

Nada volverá a ser igual. En su delirio de locura, para el cuerto movimiento, el enamorado sueña que asesinó a su amada y ahora lo conducen a la guillotina en una marcha grandiosa y tenebrosa a la vez. Parece triste y satisfecho al unísono. Sube las escaleras, mira a la multitud, coloca su cuello bajo la hoja y reaparece brevemente entonces el tema amoroso, la idea fija. Queda incompleto, mutilada por el brusco desenlace y la cabeza del joven, desprendida y rodando por el suelo.

Y entonces viene, ¡el baile de las brujas!

El quinto movimiento es su funeral y la llegada al infierno. Baile de esqueletos y espíritus socarrones. Sufrimiento. La amada, la idea fija, distorsionada y cruel, se presenta al baile. Una parodia del día de la ira. Todo termina en eterno dolor.

Héctor ya había escrito su sinfonía para cuando se casó, y esultó profética: él y Henriette tuvieron un hijo, pero fueron muy infelices. Héctor pronto encontró a una amante, con quien fue aún más infeliz. Quizá porque, tiempo después, también se casó con ella.

Al morir, como un golpe final de la vida, Berlioz fue sepultado en el cementerio de Monmartre en medio de las dos.

A nosotros nos quedó, de toda esa desdicha, una obra maestra del romanticismo.

PD: ¿Y el gato?

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