¡A luchar por la justicia!

Andaba del tingo al tango, nunca se bañaba, bueno excepto cuando lo agarraban las señoras para bañarlo, y es que no sé qué fijación tenían la esposa del presidente municipal, sus ayudantas y las señoras de la iglesia que les daba por agarrar menesterosos, o afectadas de sus facultades mentales para bañarlos, cambiarlos y cortarles el pelo, digo, tan felices que se veían como andaban.

Incluso tengo la teoría que por otra parte no les gustaba que los dejaran bien arreglados porque así no era fácil que les dieran una moneda, digo, ¿Quién quiere ayudar económicamente a quien se ve cómo catrín?

A los pocos días de que lo arreglaban, vayan ustedes a saber si era porque no sabía el orden o porque los quería presumir, pero Lalín (que así se llamaba) se ponía los chones encima del pantalón, y fue así que se ganó el mote de “El Supermán”

—¡Supermán!, ¿te avientas del resbaladero? –le gritó el Pingüica.

—No, porque me da miedo –contestó con voz entrecortada, en pausas.

—¿Y si te doy veinte centavos? –dijo el Chanate.

—Pos se me quita –dijo riendo Supermán.

Y sin decir agua va, se trepó al resbaladero, y contrariamente a lo que pensábamos no se aventó en el resbaladero, se aventó desde el resbaladero, si, de la parte más alta, como si fuera a volar

—¡ Supermááááán ¡ – gritó el pobre Lalín mientras iba en el aire.

¡Moles Don Cuco!, cayó de panzazo, en el suelo que afortunadamente era de arena.

Corrimos a ver que le había pasado, si todo estaba bien, el pobre no podía ni respirar, se había sacado todo el aire de golpazo, pero afortunadamente estaba bien, le echamos aire con las camisas y comenzó a reaccionar, luego lo sentamos poco a poco y lo arrastramos a la sombra del árbol que estaba a unos metros.

—¿Estás bien Lalín? –preguntó el Pingüica quien fue el de la idea de que se aventara.

Lalín, (quien estaba con la piel más blanca que una vela) apenas que recuperó el aliento y dijo:

—¿Y mis veinte centavos?

Fue el alivio, reímos, no paramos de reír, yo creo que era de purititos nervios, entonces entre las risas el Pingüica me dijo:

—¿Me prestas 20 centavos para pagarle al Supermán?

Más rápido que una bala, más fuerte que una locomotora

Una tarde, estábamos jugando en el terreno baldío que estaba a un lado de las vías del tren, después de que llovía aquello se volvía una verdadera laguna y se podía jugar con las lanchitas de carrizo que navegaban gracias a una liga.

—¡Miren el mío va ganando! –dijo el Chanate.

—Pos eres un tramposo, porque le soltaste la liga primero –contestó el Pingüica.

—Ojalá que hoy en la noche canten mucho los grillos y las ranas –les dije.

—¿Y eso? –preguntó el Chanate.

—Pos dice la abuela que cuando cantan largo, largo es que va a llover, y si llueve esta laguna se va aponer más bonita y hasta sapitos vamos a agarrar.

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Luego de jugar con las lanchitas, nos pusimos a hacer patitos con las piedras planas que buscábamos en la orilla, en fin, había tantas cosas que hacer con tan poco que era muy difícil que estuviéramos aburridos.

—¡Ahí viene el tren! –gritó el Chanate que estaba del otro lado de la lagunita.

—¡Ahí vamos! –gritamos el Pingüica y yo.

Las vías del tren iban encima de un montículo de tierra y piedras, por lo que para estar ahí arriba había que subir agarrando el suelo con las manos, ya arriba, había una especie de descanso, donde a veces estacionaban los cochecitos de mantenimiento de las vías, ahí mero nos sentábamos a ver al tren y si teníamos suerte, el maquinista nos saludaría y hasta nos tocaba el silbato, bueno a veces hasta el garrotero que iba en el cabús levantaba su gorra en señal de saludo ¿y saben algo?, se sentía re bonito.

—¿Y esa señora…por que no pasa las vías? –dijo el Chanate apuntando para el lado contrario de donde llegaría el tren.

Volteamos hacia donde nos dijo y efectivamente, había una mujer parada en las vías del tren.

—Achis… ¿Qué no trae cargando a un bebé? –pregunté mientras los pelos se me ponían de punta.

—¡Señora!, señora!… ¡Ahí viene el tren, quítese! –gritábamos con todas nuestras fuerzas.

La Mujer parecía no escucharnos, le chiflamos, gritamos de nuevo, es más hasta aventamos piedras para que le cayeran cerca y se asustara o reaccionara, pero fue inútil.

—¿Y si vamos? –dijo el Chanate.

—Nomás podemos llegar por las vías y está lejos, el tren ya está dando vuelta a la peña… –les dije.

Hubiera sido una verdadera locura correr por las vías con lo cerca que estaba aquella máquina, así que preferimos seguir gritando.

Alcanzamos a ver la locomotora que daba vuelta de la peña, lo platico largo, pero pasó en solo un suspiro, luego, la maquina pitó, como hace siempre que va entrando a los poblados, pensamos que la mujer lo escucharía y así seguramente iba a reaccionar, pero nada más alejado de la realidad, pues se hincó en las vías y abrazó fuertemente a su pequeño.

—¡¡Noooo, no señora, nooooo!!… ¡Señoraaaaa! -gritamos todos como nunca más en la vida lo habíamos hecho.

Entonces, de la nada, corriendo en dirección a la mujer y al tren, venía Lalín ahora sí que a todo vapor.

—¡Miren es Supermán! – gritó el Pingüica.

—¡No va a alcanzar, no va a alcanzar! –gritó el Chanate.

Yo cerré los ojos…y lo volví a abrir, y sí, yo tampoco pensé que Lalín lo lograría.

—¡Corre Supermán, corre! –comenzamos a gritar para darle ánimos.

Como de película, de verdad parecía que volaba y luego, de no sé dónde, lanzó su grito de guerra:

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—¡Supermaaaaán ¡

Fueron segundos que parecieron horas, todo lo vimos en cámara lenta, el tren estaba muy cerca, Lalín llegó directamente con la mujer a jalarla, la mujer se negaba a levantarse, Lalín veía el tren, sudaba, veía a la mujer con su bebé, volvía a jalarla, era inútil, era mucho peso para él, tan flaco.

Entonces sucedió algo que no imaginábamos, Lalín tomó al pequeño que llevaba la mujer envuelto en un rebozo, y eso sí pudo hacer, quitárselo, pero la madre que tenía el rebozo en el cuello intentaba jalarle el rebozo a Lalín, el tren llegó, Lalín se dejó caer al suelo para no ser atropellado por el tren, quedó en la pendiente sujetando el rebozo con el niño, y del otro extremo la mamá.

Finalmente, el tren pasó pitando, no podía parar, era de carga, las ruedas pasaron una, y otra, y otra, y otra y otra vez con ese sonido que le caracteriza al tren, el rebozo fue liberado, y Lalín cayó resbalando con esas piedrecillas que cortan, pero eso sí, no soltó al bebé por ningún motivo.

El tren se detuvo más adelante, solo para tomar fe de lo sucedido, el Pingüica y yo fuimos corriendo a ver a Lalín y al bebé mientras el Chanate avisaba a la policía.

Después supimos que la mujer era la esposa de Neto, quien intentó suicidarse al enterarse que la abandonaba por que se iba con la hermana de ella quien estaba embarazada de él, en fin cada cabeza es un mundo y esa mujer prefirió tomar esa decisión.

Un mes después, el niño fue adoptado por una pareja que siempre ayudaban a la gente y no podían tener hijos, ella era mexicana y el esposo un alemán que había llegado de ingeniero a lo de las minas.

Lalín fue llevado al hospital, la presidencia municipal pagó todo, y poco tiempo después fue dado de alta.

Un héroe, sí, pero Aquaman ¡jamás!

—¿Qué es lo que quieres Lalín? ¿Qué podemos hacer por ti? ¿Quieres algo? –preguntó la esposa del presidente municipal quien se encontraba acompañada de sus ayudantas, las mujeres de la iglesia y una buena cantidad de curiosos.

Lalín se quedó pensando, viendo al suelo, luego se le iluminó la cara y con una sonrisa como de niño les dijo con cierta malicia:

—Si, Lalín quiere que no lo bañes, ni le quites su pelo…y también una capa roja.

Las mujeres se voltearon a ver entre ellas y ahora sí que tuvieron que apechugar, le hicieron su capa con Lupita la costurera y Supermán, nuestro querido Lalín, nunca más fue forzado a bañarse… hasta que entró un nuevo presidente municipal con su esposa, quien traía sus ayudantas, y las señoras de la iglesia de siempre.

 

¡Hasta el próximo  Sábado!

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