Con el miedo que me tengas, tengo.

Cuando era niño no existía el Bullying, o al menos no se le llamaba así, los niños conflictivos o a quienes les teníamos miedo les decíamos “los peleoneros” y ya.

—Ándenle que ahí viene Chencho –dijo el chanate temeroso.

—¿Dónde, dónde? –preguntamos el Pingüica y yo al mismo tiempo.

—Ya lo vi, viene por los pinabetes, mejor vámonos por el lado de los bebederos –dije a mis amigos.

NI tardos ni perezosos, cruzamos por el patio de eventos y nos fuimos para evitar toparnos con Chencho, y es que si bien ya sabíamos que era el peleonero de la escuela, de una temporada para acá andaba como demonio de Tasmania.

—¡Córranle a los baños! –gritó el Pingüica.

Nos metimos al baño, y nos quedamos en la entrada esperando tiempos mejores, después de unos segundos no asomamos para ver de lejos, y vimos como Chencho llegaba con los que estaban viendo el partido en el improvisado campo de futbol, para quitarles el almuerzo, incluso a algunos solo los tomaba, los olía para después tirarlos, a los más afortunados le daba una mordida a sus almuerzos y se los regresaba.

—¿Asunto? – escuchamos una voz detrás de nosotros.

El Profe Justino estaba afuera del baño viéndonos fijamente, luego nos apuntó a la puerta del baño, sin darnos cuenta y por las prisas, estábamos en el baño de las niñas, luego sin decir una sola palabra nos apuntó a la dirección, así que como condenados al paredón, nos fuimos directo a la oficina de la Directora.

No hay moros en la costa.

Después de nuestro regaño en la dirección y de tener como castigo el no salir al recreo durante una semana  para “aprovechar” mejor el tiempo y limpiar diariamente tanto la dirección como la sala de maestros, por fin el viernes era el día que recobraríamos nuestra libertad.

—Señorita Directora…  –le dije a la maestra Chita sabiendo que ya tenía casi 60 años.

—¿Qué pasó? –contestó sin dejar de ver el periódico.

—Ya terminamos… ¿ya nos podemos ir? –pregunté tímidamente.

—¿Y esa prisa? –habló viéndonos por encima de sus anteojos.

—Es que no salimos almorzados de la casa, ni trajimos, y queríamos comprar aunque sea una gordita antes de que timbren para entrar.

—Está bien –dijo- pero apúrense que solo quedan ocho minutos.

—Si maestra, gracias –dijo el chanate emocionado.

—Ah, y una cosa muchachitos, no quiero verlos de nueva cuenta por aquí ¿entendido?

Movimos la cabeza afirmativamente y salimos de ahí lo más rápido posible.

—Don Pancho, Don Pancho, tres gorditas por favor – pedimos agitados.

—Híjole muchachos, ora si les voy a quedar mal –dijo- nomás me quedan dos de frijoles.

—Bueno, deme a mí una y a ellos la otra –dije de inmediato- a la mía le pone salsa roja por favor.

—Ora, ora –dijo el chanate- ¿Y tú porqué una completa?

—Si, ¿Por qué tu si una y nosotros nomás la mitad? –lo apoyó el Pingüica.

—Pos nomás porque me cabe el doble que a ustedes –contesté.

Mis amigos no hicieron más que mirar mi anchura, se voltearon a ver entre ellos y dijeron:

—A la de nosotros le pone salsa verde Don Pancho.

Apenas le estábamos dando las primeras mordidas cuando sonó la campana para entrar del recreo, pero lo que no había hecho la campana, era salvarnos, pues cuando dimos la vuelta, vimos que a unos cuantos metros venía hacia nosotros Chencho, casi lo veía en cámara lenta como en las películas de vaqueros.

—¿Qué estaban castigados? –nos preguntó directamente.

Con la boca abierta y sin morderle a la gordita, dijimos “sí” nomás subiendo y bajando la cabeza.

—¿Qué les preguntó la directora por qué se escondían?

Movimos la cabeza de arriba debajo de nuevo.

—¿Entonces ustedes fueron los rajones?

Firmamos nuestra sentencia de muerte respondiendo de igual manera que las otras dos veces.

—Bueno, los veo a la salida –dijo Chencho al momento que nos quitaba las gorditas de las manos.

Chencho se retiró y nosotros nos quedamos ahí con ganas de brincar la cerca y salir como reos, y no es que fuéramos zacatones ni nada por el estilo, pero sabiendo los antecedentes de Chencho, era mejor irnos de mojados a los Estados Unidos y mandar cartas a nuestras familias.

Cada minuto que iba pasando para salir, era como estar esperando la cuenta regresiva de una bomba de tiempo mientras está uno atado de pies y manos a una silla, así, ni más ni menos.

Apenas sonó la campana y salimos despavoridos para el patio.

—¿No ven a Chencho? –pregunté.

—No, el maestro Daniel no deja salir a su salón luego, luego, primero los pone a acomodar las bancas –dijo el Pingüica.

—¿Y que esperamos para irnos? –dijo el chanate.

—Nada, vámonos los tres juntos por si viene –dije.

—Pos será hasta la entrada, porque yo vivo del otro lado –habló nervioso el chanate.

—Ta bueno, vámonos juntos, pero llegando a la puerta salimos corriendo sin detenernos –dije.

—A ver si para el lunes se le olvida al Chencho ¿edá? –dijo acongojado el Pingüica.

—Hasta sueñas –contestó el chanate.

—Ya pues, vámonos de volada antes de que salgan los apresuré.

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Salimos a paso veloz, porque correr no nos dejaban y volar no podíamos, una vez que llegamos a la puerta, el chanate dio vuelta a la derecha y en menos que canta un gallo ya iba por la esquina, nosotros fuimos al lado contrario y caminamos en dirección al parque, es decir, a la libertad.

—¡Quiubo!, ¿a dónde van? –escuchamos una voz cerca de los resbaladeros.

—Ay diosito santo, ay diosito santo, que no sea, que no sea –dijo el Pingüica.

Nos paramos en seco, sentí como la piel se me ponía de gallina y un sudor frío me recorría la espalda, luego giramos lentamente con los ojos entrecerrados.

—¿Y el pájaro prieto? –preguntó Chencho.

—No se llama pájaro prieto, es el chanate –contestó el Pingüica.

—¡Me da igual! –dijo Chencho- y esto es para que no andes de contestón…

Y sin decir agua va, de un moquete en la cara mi amigo estaba en el piso, yo aproveché para irme encima de Chencho agarrándolo de la cintura, lo apreté tan fuerte que le saqué un suspiro, de esos que tienen mal olor.

—¡Suéltame desgraciado, que me sueltes! –apenas se le escuchaba decir.

A pesar de que me pegaba en la espalda, yo seguía apretando con todas mis fuerzas como oso grizzli, cuando alcancé a ver que el Pingüica se levantaba medio atolondrado y se venía encima de Chencho con un palo en mano, entonces vi, como el Pingüica agarraba vuelo con el palo y después ya no vi nada.

Dicen que al momento de tirar el guamazo, Chencho giró n su eje, yo con él, y el fregadazo me lo llevé yo en la mera tatema, nuestro oponente ya libre, se dobló solo para tomar aire, luego levantó la vista y ahí tenía enfrente al pobre del Pingüica como conejo lampareado, pobre Pingüica, se llevó la peor parte.

Cuando llegue a la casa la primera en verme fue la abuela Licha.

—¡Pos que te pasó! –dijo poniendo el grito en el cielo al ver mi camisa manchada de sangre.

—Pos me dieron con un palo en la cabeza abuela

—¿Y quién jijos del maíz fue? ¿pos que hiciste?

—Nada abuela, el Pingüica me pegó

—¿El Pingüica? ¿pos que no son amigos?

—Pos sí, pero es que me quería quitar de encima al Chencho.

—Ora si que no entendí ni jota –dijo la abuela- mira siéntate mientras traigo con que curarte y ahí me vas explicando todo este reborujo.

Ya con más calma le expliqué a la abuela que Chencho era el peleonero de la escuela, el que nos traía asoleados, el que nos quitaba el almuerzo.

—Dicen que también le mató un gato a Doña Remedios abuela –dije.

—Pues vaya con este muchachito que si es conflictivo… ¿Qué no es el hijo de la mujer nueva que le rentó la casa a Don Canito?

—Si abuela, llegaron con su papá, pero ya después no se ha visto.

—Si, algo de eso supe, no te apures, el lunes voy a la escuela a arreglar esto, ¿a qué hora salen al recreo a comer el lonche?

—A las diez abuela –contesté.

—Ahí estaré a esa hora –me dijo.

—¿Lo vas a regañar feo abuela? – le dije emocionado.

—Algo mejor que eso mijo, algo mejor que eso, ya verá.

En ese momento el dolor de cabeza se me quitó, ya me imaginaba a la abuela agarrándolo a chanclazos, o mejor aún, dándole con el fuete… ¿y si le echaba su famosa salsa para crudos en la nariz?, nomás de imaginarlo ya lo estaba disfrutando.

Mal empieza la semana para quien ahorcan en lunes

Lentos se me hacían los minutos para que dieran las diez, cada minuto volteaba a ver el reloj y apenas había pasado un minuto, el chanate y el Pingüica estaban tan emocionados como yo.

Y la luz se hizo, mejor dicho, por fin timbraron al recreo, creo que nunca había salido con tal euforia y rapidez al patio como esa mañana.

El chanate, el Pingüica y yo nos fuimos cerca de los bebederos volteando a la entrada para ver llegar a la abuela, y efectivamente, ya venía pasando el portón principal, luego entró a la dirección y salió casi de inmediato, ¿no le dijo nada a la directora?, pues qué bueno, así era mejor, porque quizá la maestra Chita no la hubiera dejado explayarse como lo deseábamos.

Fuimos a encontrar a la abuela, quien al vernos se sonrió.

—¿Y dónde está el mentado Chencho? –preguntó.

—Allá abuela, debajo de los pinabetes –dije.

—Es el que está acostado en el tronco –dijo el Pingüica con la voz entrecortada de la emoción.

—Voy para allá entonces –contestó la abuela y comenzó a caminar a paso veloz.

—¿Vamos con usted? –dijo el chanate.

—Pos si quieren –contestó.

La abuela llegó y se puso a un lado de Chencho, él sintiendo la mirada de la abuela se incorporó, al vernos a nosotros acompañándola de inmediato se dio cuenta de lo que sucedía.

—¿Tú eres el mentado Chencho? –cuestionó la abuela.

—Ssssi señora –dijo tragando saliva.

—Hazte para allá –dijo la abuela señalando con su bolsa del mandado.

¿Cómo dijo? –contestó tartamudeando el Chencho.

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—Que te hagas para allá –le dijo de nuevo.

Chencho se movió tímidamente dejando un espacio más grande en el tronco, ¿Qué intentaba la abuela?… ¡Ah! Ya entendí, quizá la abuela lo que quería era tenerlo un poco más alejado para darle un bolsazo, porque se veía que pesaba la bolsa, igual y traía el molcajete dentro.

La abuela se sentó, pero nosotros no entendíamos lo que estaba sucediendo, de la bolsa sacó una servilleta con algo envuelto y la puso en el tronco en medio de ellos dos, luego nos dijo:

—A ver ustedes, siéntense acá –dijo señalando frente a ellos.

—Toma hijo –le dijo a Chencho- tu primero, ¿has de traer hambre verdad?

Chencho con los ojos abiertos, se limitó a decir si con la cabeza.

La abuela sacaba de la servilleta gorditas que ella misma había hecho esa mañana, luego de repartirnos, de la bolsa sacó unos jarritos de barro y luego el termo que le había traído el tío José del otro lado y nos comenzó a servir chocolate caliente.

Era curioso estar almorzando con el tipo que nos había partido la mandarina en gajos apenas unos días antes, ¿dónde estaba la justicia de la abuela?

Chencho estuvo todo el tiempo con la mirada al suelo, nunca nos volteó a ver, yo veía a la abuela, o veía a él, pero no me atreví a preguntar nada.

Una vez que terminamos, la abuela nos dijo:

—Anden, vayan a jugar, que todavía les queda un rato.

Y luego dirigiéndose al verdugo, perdón a Chencho, le dijo en un tono cariñoso mientras le acariciaba la cabeza.

—Anda hijo, tú también vete a jugar, y ya pórtate bien.

Bueno, ok, no lo regañó y le dio de almorzar, pero ¿decirle mijo y sobarle la tatema?, oficialmente yo estaba celoso.

No quise decirle nada a la abuela en la casa, yo estaba molesto.

Al día siguiente volvió a pasar lo mismo, llegó la abuela a la escuela y nos dio de almorzar solo que esta vez fueron burritos, también la diferencia es que esta vez Chencho al terminar, y antes de irse, volteó con la abuela y le dijo:

—Señora, yo, este, muchas gracias.

Nosotros volteamos a ver a la abuela todavía sin entender nada de nada, ella en su infinita sabiduría nos sonrió.

El miércoles sucedió un milagro, cuando terminamos de almorzar, Chencho ayudó a recoger las cosas, luego vio a la abuela, le sonrió y le dio de nuevo las gracias, entonces viéndonos a nosotros tres nos dijo:

—¿Jugamos?

Nosotros nos volteamos a ver, y nos veíamos, y nos veíamos uno al otro, hasta que la voz de la abuela nos hizo reaccionar.

—Ándenles pazguatos, que les están hablando, ¿Qué no escuchan?, anden, vayan a jugar con su amigo.

Esa mañana comenzamos a jugar con nuestro “enemigo”, y la mañana siguiente, y la otras también, hasta terminar el año escolar.

La abuela solo llevó almuerzo una semana, pero eso fue suficiente para hacer un gran cambio en Chencho, y en nosotros también.

Cuando regresamos de vacaciones, para iniciar el próximo ciclo escolar, nuestro amigo Chencho ya no volvió, esa tarde fuimos a buscarlo a su casa, pero estaba vacía, una vecina nos dijo que se habían ido de repente una noche y luego habían ido unos hombres a sacar las cosas de la casa.

Tiempo después, la abuela y yo tuvimos una conversación y salió el tema de mi amigo Chencho, y la abuela me reveló cosas que jamás imaginé de él.

Si se iba sin almorzar, era porque la mamá terminaba de trabajar en la cantina hasta la madrugada, y generalmente venía tomada y el niño tenía que vestirse e irse solo a la escuela, a veces él mismo se cortaba el pelo con una navaja porque su madre le decía que no tenía dinero, muchas otras veces, el niño tenía que quedarse a dormir en el patio o en la calle pasando fríos muy crudos porque su mamá tenía que atender a un “amigo” por las noches en su propia casa.

—Por eso nos quitaba la comida, por eso se dormía en clase abuela –le dije.

—Si mijo, por eso.

—¿Y por qué crees que nos golpeaba abuela? –pregunté.

—Chencho era un ser herido mijo, era como un animalito, como un perrito ¿Qué otra cosa podía hacer el pobre más que ser duro para que no lo lastimaran en la escuela como lo lastimaban en su propia casa?

—Abuela, ¿cómo le haces para ver así?

—¿Cómo?

—Si, así, ver, observar tantas cosas que uno pasa desapercibidas –le dije.

—Ay mijo, si no es nada de otro mundo, nomás fíjese primero en las cosas sencillas, lo simple pues, y lo demás, se nota solo.

—Uy pos ta fácil abuela –dije riendo.

—¿Quieres más chocolate calientito? – me preguntó.

—Si abuela.

—Por cierto, ¿ya oíste a los grillos? –dijo mientras caminaba a la estufa por más chocolate- seguro mañana llueve.

Entonces guardé silencio, y me di cuenta que efectivamente los grillos estaban cantando, y me di cuenta que aparte de ciego, también estaba sordo.

 

¡ Hasta la próxima semana ¡

 

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