“En la mutación antropológica acelerada de este comienzo de tercer milenio, las mujeres son a la vez una fuerza emergente, a pleno con sus trastornos de valores y de identidades, Y una alteridad irreductible, objeto de deseo, de temor y de envidia; de opresión y de explotación o de abuso y de exclusión.”  Julia Kristeva (Londres, julio 2019)

Le robo el título de su libro de ensayos “La maldición de Eva” (Ed: Lumen, 2005) a Margaret Attwood, una de las escritoras de más prestigio internacional, para hablar del tema incómodo del maltrato a la mujer en vista de que este viernes 16 de agosto pudimos atestiguar la marcha del hartazgo de una parte de la población mexicana, hartazgo de la violencia en contra de las mujeres. 

La Dra. Attwood, dando un seminario en una universidad de Canadá preguntó a los hombres que qué les amenazaba de las mujeres y ellos respondieron que sentirse minimizados o poco capaces de responder a las demandas emocionales o económicas de una relación, etcétera.

Al hacerle la misma pregunta al grupo de mujeres universitarias ellas respondieron que ser atacadas al cruzar el campus universitario durante la noche. Es evidente que hombres y mujeres no somos iguales, aunque no debemos generalizar ni a todas las mujeres ni a todos los hombres.

Las cifras siguen siendo escandalosas. México primer lugar en trata de blancas, primer lugar en abuso infantil (Tlaxcala, Querétaro y Chihuahua los estados que liderean), 1199 mujeres asesinadas en lo que va del año, y con pocos resultados por parte de la justicia, pues pocos feminicidas y violadores son atrapados y castigados (aprox. 1.5 %).  Por ejemplo, según el INEGI, 47% de las mujeres mexicanas han sufrido violencia emocional, económica, física o sexual durante su actual o última relación (chequen la siguiente página http://www.inegi.org.mx, que tristemente está desactualizada ).

Una paciente mía proveniente de Cali, Colombia el otro día me dijo: “En Cali es común que te asalten, pero aquí en México tengo miedo a que me violen y me maten. El otro día en el autobús me dieron un “arrimón” y cuando me di la vuelta a defenderme y reclamar, vi que el hombre estaba con cuatro amigos más, y preferí quedarme callada. Pero me sentí humillada, me siento humillada, y más por tener que haberme quedado callada.”

El acoso sexual es un acto de agresión y no lo comete un hombre que ama a las mujeres, lo comete un hombre que las odia, un misógino. Y desgraciadamente la misoginia es una tendencia, las más de las veces inconsciente, muy común tanto en hombres como en mujeres en México.

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El psicoanalista Donald W. Winnicott escribió ya en 1950:

“Todos los individuos (tanto hombres como mujeres) tienen cierta reserva de un temor a la `MUJER’… que podríamos decir es universal. Esto es muy distinto a decir que el individuo teme a alguna mujer en particular.  Este miedo a la MUJER es un agente poderoso en la estructura de la sociedad… el responsable de la inmensa cantidad de casos de crueldad hacia la mujer, que podemos encontrar en costumbres aceptadas por casi todas las civilizaciones.

Sabemos cuál es la raíz de este miedo a la MUJER.  Se relaciona con el hecho de que en la historia temprana de cada individuo sano, que ha logrado encontrarse a sí mismo, hay una deuda con una mujer – la mujer que se dedicó a ese individuo desde pequeño, y cuya devoción era absolutamente esencial para el desarrollo sano de ese individuo. No se recuerda la dependencia original, y por tanto, la deuda no se reconoce… (p. 252)”

Muchos otros psicoanalistas han hablado del gran impacto que implica depender tan absolutamente de una mujer durante los primeros años de nuestra infancia. Cómo esta mujer, la madre, es vista por el infante como todopoderosa, omnipotente y omnipresente, y cómo nos afecta que los primeros retoños de nuestra sexualidad, el conocimiento de nuestro cuerpo y nuestras emociones, estén unidos a esta figura que, durante la infancia, nos resulta también enigmática.

Ahí están las raíces de la misoginia, tanto para hombres como para mujeres, pues en eso ambos sexos concuerdan.

Lo cierto es que hay varios asuntos que hoy por hoy nos debilitan frente al hombre. El primero de estos es que los hombres son, en la mayoría de los casos, más fuertes que las mujeres, y saben usar mejor su fuerza desde pequeños, por cuestiones culturales. El segundo es que el dinero y el poder no han sido distribuidos equitativamente a lo largo de la historia. Claramente la justicia y la valoración social tampoco se distribuyen equitativamente en nuestro país.

La violencia hacia la mujer ha ido en aumento. Quizás tiene que ver con que nuestra emancipación nos permite ya no ser la mujer de… o la hija de… Quizás cuando el hombre misógino pierde el sentido de propiedad con respecto a la mujer ya no siente que tiene que cuidarla, y la resiente. Si no es mía, me es algo ajeno, y a lo ajeno hay que destruirlo. Dolorosamente es un asunto incomprensible.

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Es necesario dar palabra y legitimidad a la voz femenina, hay que visibilizar el dolor que implica sentirse en riesgo de vida continuamente. Si se necesitan pintarrajear monumentos públicos, que así sea. ¡Para eso están! Son el baluarte de los cambios sociales. Nomás faltaba que el Angel de la Independencia (que además es mujer: “La victoria alada”) no nos represente a todos y a todas, no sea testimonio de nuestra queja y nuestro dolor.

Serge Tisseron (“El espíritu de las cosas” , Ed: Paidós, 2018) escribe lo siguiente:

La presencia del monumento evoca en todos que el recuerdo tiene un componente colectivo, y esa es su fuerza socializante.” Creo en la función simbolizante de la transformación del monumento en sí mismo, la fuerza evocadora del palimsesto de frases marcadas con aerosol de colores. Ojalá sea una imagen que nunca se borre de nuestros recuerdos.

Sin duda, se corre el riesgo que las marchas sean un balazo en el pie que divida aún más a los sexos, que segregue a la mujer de los ámbitos masculinos, y que la aísle. Peor aún, que genere más violencia en nuestra contra. Además, las mujeres NO son solidarias entre sí (por eso el movimiento feminista no ha tenido los mismos avances que el movimiento LGTB). Bien decía Simone de Beauvoir que nada le apesta más a una ama de casa que una mujer que trabaja, y supongo que viceversa.

Antes de seguir tolerando la violencia y la impunidad…

“Que se quede el infinito sin estrellas 

O que pierda el ancho mar su inmensidad 

Pero el negro de tus ojos que no muera 

Y el aroma de tu piel se quede igual.

Aunque perdiera el arcoiris su belleza 

Y las flores su perfume y su color 

No sería tan inmensa mi tristeza 

Como aquella de quedarme sin tu amor.”

Me importas tú, y tú, y tú y tú, mujer.

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