Por: Emerio Anaya

“Hay que escuchar a la ciencia” es una frase que ha sonado en varias ocasiones para referirse a la manera en que debemos enfrentar la COVID-19. Nace de la mejor intención por parte del personal de salud, autoridades y expertos en distintos conocimientos y especializaciones pertenecientes a eso que llamamos ciencia. No obstante, con la pandemia actual se ha generado un conflicto como efecto de la posverdad que tanto caracteriza a la sociedad contemporánea. El espacio de batalla ya no son las aulas académicas, sino las redes sociales.

La verdad es un concepto que ha cambiado a lo largo de la historia. Antes, hace más de quinientos años era verdad absoluta en occidente que la Tierra era el centro del Universo, mientras que pensar lo contrario implicaba llevar la contrario al pensamiento promovido por las autoridades, en ese caso las religiosas . La objetividad se anhela y se busca llegar desde distintas disciplinas del saber, creencias o dogmas, pero resulta ser una labor complicada. La ciencia desde el siglo XIX se ha presentado como aquella capaz de ser objetiva, sin embargo encuentra resistencias en la sociedad actual. 

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La posverdad se ha vuelto en el principal obstáculo de las ciencias, especialmente cuando aparece impulsada dentro de las redes sociales. Por ejemplo, si nos ponemos a buscar sobre medicamentos efectivos contra la COVID-19 veremos que los mayores criterios se basan en la propia experiencia subjetiva de las personas contra las declaraciones de las y los científicos: “es que a mí me recetaron ivermectina y no me pasó nada”, “ a mi tío le dieron hidroxicloroquina y se curó”, esos son algunos de los argumentos que aparecen en los debates en redes sobre las distintas maneras de tratar la enfermedad. Ahora la pregunta es ¿quién está diciendo la verdad? Entonces la cosa se vuelva más complicada.


La problemática es que ambas se consideran verdades de acuerdo a quien decida creerle a cada persona; para algunos es suficiente prueba el que alguien narre desde su propia experiencia, mientras que a otros les es más creíble la voz de los científicos; se agrava cuando esa posverdad proviene de las propias autoridades, así se explica que en Estados Unidos se hayan envenenado personas al ingerir productos de limpieza o desinfectantes tras las declaraciones del expresidente Donald Trump a favor de su uso como tratamiento.

Las consecuencias que pueden tener ese tipo de discursos basados en la subjetividad de cada sujeto muestran el compromiso ético que tienen las ciencias al momento de combatirlos. Ciertamente resulta una carga pesada para los avances científicos el ya no solo concentrarse en temas relacionados con el desarrollo, la investigación, experimentación y todo aquello que busca el personal dedicado a esa rama de conocimientos; el reto también es el saber como presentar todo eso a una sociedad que cada vez más se basa sus propias verdades.

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