Una mañana linda…

Me contaba la abuela que era de mañana, muy tempranito, apenas se veía como estaba el sol a punto de salir, y la pobre de Edelimra estaba aún en labores de parto, todo al día anterior había estado en las mismas la pobre, pero parecía que por fin ya se aliviaría.

— Anda mujer, puja otro poquito, ya no falta mucho –decía Petra una de las mejores parteras que había en el rancho.

— Ya no puedo más, ya no puedo –decía la angustiada mujer quien estaba sudorosa, pálida y con los labios partidos por de tanto esfuerzo.

—¡Ya viene, ya viene! –gritó la partera.

A los pocos minutos, una pequeña niña, con un hermoso color de piel canela, lloraba a todo pulmón para avisarle al mundo que por fin había llegado.

— Mira nomás mujer, que hermosura de chamaca, si parece una muñeca –dijo Doña Petra.

—¿Verdad que está chula Doña Petra? –dijo Edelmira.

— Chula de bonita, y mira que nació tempranito, con el sol, esta niña va a ser madrugadora, seguro que se va a levantar temprano nomás para ver cómo sale el sol de entre los cerros.

— Dios la oiga Doña Petra, Dios la oiga –exclamó Edelmira sacando fuerzas nomás del amor por su hijita.

— Deja le aviso a la gente que está afuera, que ahí está tu marido de amanecida.

Cuando Doña Petra salió, ahí estaba Damián, el esposo de Edelmira acompañado de sus amigos, quienes se habían pasado toda la noche esperando por el nacimiento.

—¡Ora Damián, que ahí viene Doña Petra! –dijo uno de los amigos con voz aguardentosa.

Damián se puso de pie como resorte, nomás que resorte bailarín, porque ya andaba medio “trole” con tanto sotol que se habían metido.

—¿Tons que Doña Petra?, ¿Cómo salió el chamaco?, ¿se ve fuerte, macizo?

—¿Pos cual chamaco?, si tuviste una hermosa mujercita, si vieras lo chula que…

—¿Una vieja?

— Si tú la vieras Damián, te aseguro que…

—¿Y yo pa que quero una vieja?

— Anda no seas tonto, que cuando seas viejo nunca te faltará un taco para comer.

— Si lo que yo quiero es un varón, pa enseñarle, pa que sepa las labores del campo, una mujer… ¿pos cómo?

Damián ya no dijo nada, nomás le dio la espalda a Doña Petra y se fue con sus amigos, quienes lo miraron como si hubiese sucedido una tragedia; por su parte, la partera se fue de regreso con la recién parida para despedirse.

—¿Qué dijo mi viejo Doña Petra? –preguntó Edelmira.

— Pos…

— Dígame la verdad Doña Petra

—¿El que quería hija?

— Pos él quería con toda el alma un chamaco, un hijo varón

— Pos todavía sigue en las mismas –contestó la  Doña y se marchó.

Edelmira se quedó llorando en silencio mientras abrazaba a su pequeña hija y entre sollozos le prometió que ella la amaría, y que lo haría por los dos.

No culpes al heraldo de las malas noticias.

Lucía fue el nombre que le puso Edelmira a su niña, Lucía era una niña dócil, muy tranquila, no hacía aspavientos y pocas veces lloraba, cuando tenía hambre comenzaba a quejarse, con uno pequeños pujidos que aran algo así como un reclamo, pero en bonito.

Edelmira la amaba más que a su vida, y la pequeña lo sabía, lo sentía, porque cada vez que le daba pecho, la mamá le hablaba y ella se la pasaba suspirando y de vez en vez le regalaba una hermosa sonrisa, de esas que hacen que salga el sol.

Sin embargo, cuando la bebita estaba más grande, Edelmira notó algo que no le gustó, la niña no era capaz de tomar algo que le pusiera frente al rostro, pero cuando más se asustó, fue una vez que iba a la casa de Doña Linda a entregarle una ropa que había planchado, cuando se dio cuenta que la bebita se había destapado del rostro y el sol le estaba pegando en su carita, entonces notó algo raro, a la niña no le molestaba el sol pegándole en los ojos en lo más mínimo.

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Edelmira pensó que cualquiera aun teniendo los ojos cerrados, le pegara el sol directo, seguro que le molestaría… ¿Qué estaba pasando con su pequeña?

Una vez que entregó la ropa y le pagaron, le platicó su inquietud a Chepina la cocinera, quien para pronto le recomendó que se fuera a la farmacia del pueblo, al cabo ahí la consultaban de a gratis si compraba la medicina.

La angustiada madre le estaba comentando a Valentina la dependienta de la farmacia (esposa del médico), quien hacía las veces de galeno en su ausencia o para quien no quería pagar la consulta, pero para la fortuna de Edelmira, en ese momento iba llegando de una consulta el doctor, quien sin querer escuchó de pasada el caso de la mujer.

— Pásele el consultorio- dijo el médico señalando el camino.

— Yo, es que Doctor, no traigo para pagarle la consulta, nomás quería saber si…

— Pásele, no le voy a cobrar ni un quinto –exclamó mientras entraba al consultorio.

La esposa del Doctor Arnoldo Pérez le hizo la seña con los ojos a Edelmira que siguiera al doctor y le pasara para que la consultara.

Después de varios exámenes con la niña, el doctor se sentó detrás del escritorio, se sacó los lentes y le dijo a la mamá.

— Lo que sospechaba…

—¿Qué doctor? –pudo apenas decir Edelmira con la voz entrecortada.

— Su hija no puede ver

—¿Cómo que no puede ver doctor?

— Señora, su hija nació ciega

La pobre mujer comenzó a llorar al momento que abrazaba a su querer, le dolía hasta el alma lo que acababa de escuchar.

—¿Y ahora qué voy a hacer doctor?

— Quiérala mucho, pero sobre todo y sobre todas las cosas, enséñela a valerse por sí misma.

Edelimra abandonó el consultorio hecha un mar de lágrimas, y así hasta que llegó a su humilde casita, y de la misma manera siguió casi hasta el amanecer.

¿De qué color es el sol?

Ya habían pasado varios años desde aquel día de la visita al médico, Lucía era toda una señorita, ya tenía 15 años y no es por nada, pero tenía una docena de admiradores, pero ella no quería saber de esas cosas por el momento.

Una tarde, en la tienda de abarrotes del Señor Wong, Edelmira y su hija Lucía llegaron a hacer unas compras, la mamá pidió a uno de los encargados del mostrador que le llevara unas planchas para la ropa, porque con una sola ya no se daban abasto, de aquí a que calentaban la plancha una y otra vez con el carbón, perdían mucho tiempo.

Les pusieron varias planchas en el mostrador, cuando sin querer, Lucía movió una con el brazo y el trozo de fierro vaciado, fue a caer directamente al pie de Edelmira.

—¡Ay Jesús bendito! –gritó de dolor.

—¡Mamá!, ¿qué pasó? –exclamó Lucía en medio de la confusión.

De regreso a casa, Lucía la iba haciendo de muleta para su mamá, pues iba cojeando y casi brincando en un solo pie, pero eso sí, con la plancha nueva en la otra mano.

La desesperación de Lucía por lo que le acababa de pasarle a su mamá era tanta, que la ayudó a acostarse, y del ropero sacó un el alcohol y el aceite de romero, vació un poco de cada uno en un trapo y se lo untó a su mamá, luego siguió poniéndole más acetite con las manos mientras la sobaba.

A la mañana siguiente, el dolor había desaparecido y ni señas del golpazo, ni moretón ni nada en el pie de Edelmira.

Al medio día que llegó Lipa a ver como seguía su comadre, ella el comentó lo que había hecho su hija.

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A eso de las cinco de la tarde, Doña Lipa llevaba a una de sus sobrinos que ya tena varios días torcido de un brazo, se había lastimado al cortar leña, y cuando giró el brazo, lo hizo de mala manera que nomás le tronó al pobre muchacho.

— Pero si mija no es sobandera ni huesera, nomás lo hizo conmigo –le dijo Edelmira a Lipa-

— Mamá… déjeme a ver qué puedo hacer –se escuchó decir a Lucía dentro de la casa.

Doña Edelmira abrió la puerta para que pasaran y Lucía los recibió con una hermosa sonrisa.

— Necesito sábila, de la que hay en la entrada y chile de árbol, del más picoso, machacado en el molcajete con aceite –pidió Lucía a las mujeres.

—¿y eso pa que mija? –preguntó la mamá.

— No se mamá, nomás sé que lo voy a necesitar.

Después de unos minutos y de varios movimientos de las manos de Lucía encima del brazo de y hombro de Mariano, bastaron para que el comenzara a sentir mejoría, para finalizar, le puso una toalla caliente que les había pedido que previamente calentaran con la plancha.

—¿Cuánto le debemos? –preguntó Doña Lipa a Lucía.

— Nada, no me debe nada, si usted quiere darle a mi mamá algo, o que le nazca del corazón, será bienvenido con el mismo corazón.

Mariano sacó del bolso su paliacate y le dejó unas monedas en la mano a la mamá de Lucía, quien con lágrimas en los ojos, no podía creer que eso estuviera sucediendo.

Cuando estuvieron a solas, Doña Edelmira le preguntó a su hija:

— Hijita, mi niña… ¿cómo supiste que era lo que necesitabas para sobar?, ¿Quién te enseñó a hacer eso con tus manitas?

— No lo sé mamá, yo nomás escuchaba algo que me decía que era lo que tenía que poner, ¿las manos?, ni yo misma sé por qué las muevo de esa manera, yo nomás siento que las cosas se acomodan como deben estar, pareciera que los mismos huesos, la mismita carne me dijera para donde se quieren ir.

Mariano regresó a trabajar al día siguiente y le comentó a sus compañeros de trabajo, quienes comenzaron a ir uno a uno a la casa de Doña Edelmira para pedirle a Lucía que los “curara”.

No pasó mucho tiempo para que la fama de sobandera y huesera pasara a otros ranchos e incluso llegara hasta varias ciudades desde donde iban a visitarla para que las sanara.

Lucía nunca cobró, ni descanso un solo día, excepto el día en que su madre murió a los setenta y dos años, ese día, simplemente se levantó y le dijo a su mamá que quería ver salir el sol, madre e hija caminaron hasta el corral de donde se podían ver los cerros por donde salía el astro rey, luego se sentaron de frente en una vieja banca de madera.

— Mamita, mamacita, ¿de qué color es el sol? –preguntó Lucía como cuando era una niña.

— El sol tiene el color de tu alma mi niña, el brillo de tus ojos, la calidez de tu sonrisa.

—¿Y por qué sale todas las mañanas?

— Para verte mi vida, nomás para verte mi corazón–contestó casi susurrando.

—¿Qué es el sol mamá?

— Es la antorcha que Dios puso para que recordáramos que cada quien lleva un sol por dentro

—¿Algún día se va a apagar?

— Nomás cuando nos apaguemos nosotros, vivos o muertos…vivos o muertos.

Lucía tomó la mano de su mamá quien se comenzó a recargar más y más hasta que quedó en el regazo de su hija, igual que cuando aquella niña que nunca vio salir el sol, pero que supo lo que era, por las palabras de una madre que la amó tanto, tanto como se lo había prometido al nacer, y la llegó a querer por dos.

 

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