Catita, la loca de los 100 perros

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Catita era una muchacha cuando comenzó todo esto, dice la abuela Licha que cuando tenía unos siete u ocho años su papá le había llevado un cachorrito que le había regalado su patrón, pues la esposa de éste ya no lo había querido.

Catita se enamoró a primera vista del cachorrito y con él se enamoró de todos los perros del mundo…y ellos de ella.

—¡Cuela, cúchala! –gritaba Don Baldo el de la carnicería a unos perritos que estaban afuera de su negocio.

—¿Traigo un balde de agua? –preguntó Lalo su joven ayudante.

—¡Agua, piedras, lumbre, lo que  tengas pero ya que estos malnacidos se vayan de mi negocio! –vociferaba Don Baldo.

Los perritos rondaban la carnicería, no se metían ni nada por el estilo, pero Don Baldo era muy exagerado con eso, y todo porque un día el Chamoy le hizo una broma delante de la gente diciendo que los perritos que iban a su carnicería ya no salían vivos, pues Don Baldo se lo tomó muy a pecho y ya no quería perros cerca de su negocio.

Ese Chamoy era algo célebre, una mañana llegó al puesto de tacos de barbacoa con un costal al hombro, luego de saludar, abrió el costal sacó un perro muerto y lo arrojó al suelo mientras decía:

Mañana te traigo otro más fresco –para luego salir corriendo.

El Sapo (así le decían al taquero por gordo y sus ojos saltones)  tomó el cuchillo cebollero y salió tras el Chamoy que ya le llevaba unos metros de ventaja, y aunque no le llevara, el Chamoy era flaco como una manguera parada y el Sapo, pues ni de chiste lo alcanzaba.

 

Huesitos de pollo.

Cuando Catita iba al mercado, parecía que era el desfile del 20 de Noviembre, pues la seguía toda su manada de perros a donde iba, eso sí, eran muy obedientes y se quedaban afuera de donde iba, en la presidencia municipal ya la conocían, así que cuando sabían que se moría un burro, un caballo luego, luego se lo mandaban a Catita, quien en el rancho que le había dejado su papá tenía preparado un lugar para esos menesteres, y con la ayuda de Simeón, el matancero, tenía para darles de comer a todos sus perros y le sobraba.

—Mire mamá a la loca esta –dijo la tía Inés.

—¿Cuál loca? –preguntó la abuela Licha.

—Pos ¿Quién ha de ser?, la Catita con toda la bola de perros.

—¿Y qué te hace?

—Pos nada, pero mira que feo se ve.

—Pos al menos trae a varios atrás de ella, mucho más que muchas muchachas del rancho

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—¿Cómo yo?

—Pos como tú o como otras.

—¡Ay amá! –refunfuñó la tía.

—A ver, ¿tú qué harías con tanto perro sin dueño?

—Pos no sé, que los maten.

—Ándale, entonces ve por un cuchillo a la casa y comienza de uno en uno.

—Achis ¿y yo por qué?

—¿Pos no dices que los maten?

—Pos si, pero yo no, yo no podría.

—Mmmm, aparte de metiche, cobarde.

La abuela apresuró el paso y dejó con la boca abierta a la tía Inés, y desde ese día ya no volvió a decir nada de Catita y sus perros.

Angelitos sin alas.

Una tarde, los perros de catita andaban como locos, las tres camionetas de la policía habían salido a la carretera porque les habían avisado que no se podía pasar ni de un lado ni de otro.

El tío Momo llegó casi al mismo tiempo que las patrullas, se bajó de la camioneta y se acercó con los agentes.

—¿Qué pasó Agapo? –preguntó el tío.

—Pos nada, que estos animales se volvieron como locos –contestó Agapito el policía.

—Tarde o temprano esto iba a pasar, tanto méndigo animal salvaje –dijo Chano otro de los policías.

—¿Y qué van a hacer? –preguntó el tío Momo-

—Pos no se, el jefe no está, anda en una comisión y dijo que no lo molestáramos –explicó Agapito.

—Voy, voy, ¿comisión?, si entró a casa de Joaquina y sus muchachas desde anoche –dijo burlón Chano.

—¡Esa es una falta a la autoridad Chano!, otra de esas y te arresto por cuarenta y ocho horas.

—Ya pues, si yo nomás decía.

—¿Entonces? –cuestionó el tío Momo.

—Pos ya les pitamos, les echamos la camioneta encima, pero nada.

—¿Y si les disparamos? –preguntó Chencho.

—Pos pueque si –dijo Agapito levantándose el sombrero.

En esas andaban, cuando el tío Momo le dio un codazo a Agapito y le dijo:

—Agapo, Agapo, ¿ya viste?

—No, ¿qué?

—Mira a aquel perro, va y viene de la carretera al camino a Gatas Mochas, y no nomás es él, son otros cinco, pero él es el jefe de la manada.

—¿Y eso qué?

—Pos como que qué, que algo nos quieren decir.

—Charros, charros, ora resulta que los perros hablan –dijo Chencho.

—Si serás bruto, no con el hocico, sino con las actitudes.

—Jefe, me dijo bruto, ¿lo arresto por faltas a la autoridad? –preguntó Chencho a Agapito.

—Mira Chencho, tú ni eres autoridad y si estás bruto, así que no hay cargos, y de lo otro que dice acá el Momo, pos creo que si pueque tenga razón.

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El tío Momo Caminó junto a los policías y se dirigieron a aquel grupo de perros que parecía decirles algo, y sí efectivamente, conforme se iban acercando, los perros corrían un poco más por el camino, luego se detenían para asegurarse que los seguían, y cuando veían que así era, volvían a correr otro poco por el camino.

Los hombres comenzaron a correr, entendieron que si había pasado algo, los perros también corrieron, unos metros más adelante, los perros rodearon a alguien que estaba tirado en el suelo, ladraban, corrían en círculos desesperados, uno de ellos le lamía la cara.

—¡A jijo del maíz!, ¿Qué no es catita la loca de los perros? –preguntó Chencho.

—Se me hace que si –contestó Agapito.

Y si, efectivamente, quien yacía en el camino de tierra era Catita, quizá por cansancio o porque simplemente se tropezó, pero al caer se había golpeado la cabeza con una piedra, y ustedes ya saben cómo es escandalosa  la cabeza con eso de la sangre.

Catita fue llevada a la Cruz Roja donde le curaron sus heridas, estaba deshidratada y con anemia, cuando el Doctor Zapata se dio cuenta de su estado, se la llevó a su clínica y ahí la tuvo varios días hasta que se recuperó, sin cobrarle un solo peso.

Los mismos días que Catita estuvo en el hospital, fueron los mismo días que sus perritos hicieron guardia afuera esperándola.

—Doctor, ¿quiere que hagamos algo con estos perros? –preguntó el presidente municipal.

—Pues no sería mala idea darles algo de comer durante este tiempo –contestó el Doctor.

Vayan ustedes a saber si fue por vergüenza o porque se le movió el corazón, pero el caso es que el presidente pidió al supervisor del rastro que todo animal que no fuera apto para el consumo humano fuera destazado y la carne se la fueran dosificando  a los perritos de Catita; y así se siguió haciendo incluso después de que catita dejara la clínica.

Catita salvó a muchos perros sin hogar, abandonados, y luego fueron ellos mismos quienes la salvaron.

—No cabe duda, que lo que uno siembre, cosecha –dijo la Abuela Licha- y más cuando la siembra es en el corazón de otros.

Cuando Catita murió, fuimos al entierro, los aullidos de sus perritos cuando los recuerdo, aún me ponen la piel chinita.

Decía Aurelio el guardia del panteón que después del entierro, la mayoría de los perros duró días, muchos días acostados en la tumba de Catita.

 

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