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Periodista. Dedicada a la producción de material multimedia periodístico.

“Si tienes a alguien que crees que es la persona indicada, viajen por todo el mundo y vayan a sitios donde sea difícil llegar y difícil salir. Si cuando vuelvas aún estás enamorado de esa persona, cásate en el aeropuerto”, aconsejó Bill Murray en cierta ocasión (un video viral en la despedida de soltero de un extraño a la que se coló).

Eso es exactamente lo que mi prometida Kate y yo estábamos haciendo una noche hace 16 años, cuando en medio de la nieve un automóvil invadió nuestro carril en una carretera rural en Polonia.

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Pegué un volantazo, dimos varios giros a lo largo de tres carriles de tráfico, saltamos a un terraplén y nos detuvimos en un campo oscuro y lleno de nieve. Al caer todas las puertas se abrieron y todo lo que no estaba sujeto voló hacia la noche oscura, dejándonos aturdidos en un auto abollado en un silencio espeluznante.

Estábamos en la mitad de un viaje de dos años que comenzó cuando a Kate le ofrecieron una beca en Tailandia, apenas un mes después de que comenzamos a ser novios. La seguí al extranjero con la bendición de mi jefa en ese momento, quien me permitió trabajar a distancia desde Bangkok. “El amor es el eje alrededor del cual gira todo lo demás”, me dijo.

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Y así emprendimos el viaje, primero por todo el sudeste asiático y cuando la beca se terminó el año siguiente viajamos a Mongolia, China, Inglaterra (donde compramos el auto en el que nos accidentamos), Escocia, Irlanda, Bélgica y Francia. En la cima de la Torre Eiffel le pedí matrimonio y luego seguimos por España, Marruecos, Italia y Austria.

El día anterior al accidente les mandamos a amigos y familiares un video de nosotros en Viena con tazas humeantes de glühwein (un vino caliente) mientras les deseábamos “¡Feliz Navidad!”.

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El viaje fue como nuestra versión personal de una película de Wes Anderson. El paisaje cambiaba de urbano a costero y a montañoso. Esquiamos en los Alpes, dormimos en yurtas en Mongolia, viajamos en tren y trabajamos en el antiguo ashram de Gandhi en la India.

“Viajar es como el amor, te rompe y te empuja por encima de los muros y los bajos horizontes que formaron los hábitos y las actitudes defensivas”, escribió el escritor de viajes Pico Iyer. Nuestro aislamiento, más los desafíos estimulantes que traen los viajes imprevistos, fue un proceso para probar nuestra relación. A eso se refería Bill Murray.

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Viajar y convivir casi todos los días durante un año permitió que nos conociéramos antes de dar el gran paso.

Nos apreciamos y valoramos mutuamente en situaciones que probablemente no hubiéramos afrontado de habernos quedado en San Francisco: revendedores agresivos, intoxicación alimentaria más agresiva, carteristas menos agresivos, perdernos, no hablar el idioma, caernos de un caballo, quedarnos sin oxígeno mientras buceábamos, conductores de taxi ebrios y un hombre que intentó vendernos un automóvil robado y luego nos dejó en los suburbios de Londres, a pie. Nos reímos mientras se iba y nos dimos cuenta de lo que acababa de hacer y luego nos subimos al primer autobús que pasó por allí.

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Éramos simplemente dos jóvenes estadounidenses sin una dirección fija o un itinerario durante meses, disfrutando los mejores momentos de nuestras vidas.

Vivir y viajar por el extranjero por nuestra cuenta demostró ser en retrospectiva la base de lo que ahora son 15 años de un matrimonio sólido y feliz con dos hijos increíbles.

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Kate y yo nos entendemos, negociamos por las turbulencias maritales y acordamos qué camino tomar. Y cuando las cosas se ponen difíciles nos acercamos para mantenernos a salvo, recogemos los pedazos regados y luego encontramos nuestro camino para salir juntos de la oscuridad.

El amor es lo que hace que todo lo demás gire y no está de más dar un buen giro por el mundo o en lugares difíciles de salir para ver exactamente lo que la relación puede soportar antes de viajar hacia el atardecer juntos.

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Con información de CNN En Español

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