Una de las imágenes más famosas de la Revolución mexicana es la de un niño posando con uniforme y equipo militar. La fotografía fue capturada por Agustín V. Casasola en marzo de 1913 bajo el título de “Niño con pertrechos de soldado federal”. Es un referente sobre la niñez durante el conflicto revolucionario, dejando a un lado que tanto la imagen fue fabricada o no. Los efectos de distintos fenómenos ya sean epidemias, guerras o genocidios, en niñas y niños son objeto de investigaciones en el campo de varias disciplinas, siendo la historia una de ellas. Historiadoras como Susana Sosenski y Beatriz Alcubierre han trabajado dicho tema. 

En el caso de la Revolución mexicana, sus consecuencias en los aproximadamente seis millones de menores de catorce años que tuvieron relación directa o indirecta con la contienda muestran otra manera de verla. El concepto de infancia ha cambiado a través del tiempo. Para comienzos del siglo XX, a pesar de que la Constitución de 1857 establecía los 18 años en caso de estar casado o los 21 si se era soltero como requisitos para adquirir la ciudadanía mexicana, los menores de edad eran vistos con las mismas capacidades que los adultos. Como lo señalan Alcubierre y Tania Carreño King en su obra Los niños villistas, a finales del diecinueve y principios del veinte no existía una legislación sobre los derechos sociales de los niños. No obstante, durante el porfiriato hubo una preocupación por la educación en la infancia, de esa manera un menor de doce años solo podía trabajar en alguna finca o establecimiento industrial al haber concluido sus estudios de primaria. Eso cambió con la Constitución de 1917. 

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Al comenzar la revolución, la presencia de menores de edad no se limitó a un solo contendiente. Estuvieron tanto en el ejército federal como en las facciones revolucionarias ofreciendo distintos servicios. Las fotografías de los niños durante la Revolución mexicana se centran mucho en el aspecto bélico, o al menos las que muestran al menor como soldado son las más populares en el imaginario colectivo. El niño a cierta edad podía cargar con un arma y participar en combates al igual que un adulto e incluso ser fusilado en caso de caer ante el enemigo.

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 Más allá de la épica romantizada, producto de la historia oficial, aquellos diez años de guerra terminaron creando generaciones huérfanas desde muy temprano, teniendo que valerse de distintos trabajos para sobrevivir. Otras tuvieron que huir hacia Estados Unidos junto con sus familiares, estableciéndose ahí de manera permanente. Para unos la vida no cambió mucho después del conflicto. También personalidades destacadas del México posrevolucionario vivieron su infancia durante la guerra, al igual que los ahora bisabuelos y abuelos de una considerable parte de la población del país. Hubo un mundo de experiencias en la niñez en relación con la revolución, lo cual permite mirar a ese periodo desde ópticas distintas a las acostumbradas.

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Emerio Anaya
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