Mientras el gobierno y sus seguidores intentaban justificar la presencia de un muro en Palacio Nacional frente a las marchas del ocho de marzo, en Michoacán se perdía patrimonio cultural. Parece irónico, o al menos así lo sería si les hubiera importado a todos aquellos, desde el presidente hasta la sociedad que tanto se esmeran en ‘proteger’ los monumentos de ser pintados y rayados. Su gran ignorancia o poca relevancia conferida al incendio que terminó borrando gran parte del Templo de Santiago Apóstol en Nurio, Michoacán, es sumamente revelador. 

Una iglesia construida en el siglo dieciséis o a comienzos del diecisiete, no hay fecha exacta de fundación. Era descrito como un templo lindo, viejo y con varias decoraciones. En la actualidad destacaba el sotocoro, debajo del coro, compuesto de madera ensamblada de color dorado y con policromía en su entablado. El techo de la nave igualmente en su momento estuvo pintado, pero con el paso del tiempo los colores terminaron desapareciendo.

Las distintas imágenes en su artesonado mostraban a ángeles tocando instrumentos musicales, arcángeles, a Santa María Magdalena y un retrato del obispo de Michoacán, Francisco de Aguilar y Seijas, quien fungió dicho cargo de 1679 a 1681 y después fue nombrado arzobispo de la Nueva España por el papa Inocencio XI. Según el historiador Antonio Ruiz Caballero, la presencia de un retrato de tal sujeto podría indicar que fue patrocinador de la obra. En ese sentido, dicha iglesia contaba con esa peculiaridad frente a las de otras poblaciones en la zona.

Ahora no queda nada eso, las llamas lo consumieron todo. Es sin duda una pérdida en cuanto a su valor histórico y artístico que representaba del periodo virreinal. Más aún, para la comunidad de Nurio que perdió una importante estructura, símbolo de identidad para su población, además, claro, del aspecto religioso que brindaba. La restauración resulta una labor imposible debido al inmenso daño. Poco se habló sobre tal acontecimiento, lo cual no sorprende considerando lo escaso que era el conocimiento popular a nivel nacional sobre su existencia.

Lo que sí es interesante, es el silencio de todos estos grupos que, desde las marchas de mujeres y las pintas contra los monumentos en México, han criticado tales acciones, utilizando varias justificaciones como “están borrando la historia” o “afectan el patrimonio histórico”. No obstante, la mayoría ni sabía lo que había ocurrido en Nurio. Esto no solo implica a la sociedad civil, sino a funcionarios del gobierno, empezando por el presidente, quien tiempo atrás condenó las pintas realizadas a un cuadro de Francisco I. Madero.

También es más fácil condenar algo donde existe la posibilidad de señalar culpables, eso se ha dejado ver en las manifestaciones. El caso de Nurio refleja una incongruencia en cuanto a la valorización del patrimonio, donde pareciera que es más una excusa; especialmente ahora con un presupuesto del INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia) reducido y que amenaza con la repetición de lo sucedido en el Templo de Santiago Apóstol.

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Emerio Anaya
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