Por: Paola López Yrigoyen

Cubriendo el juicio de Adolf Eichmann, un exfuncionario del Servicio de Seguridad de la SS, responsable del traslado de millones de judíxs a diversos campos de concentración (Auschwitz, Buchenwald, Chelmno, entre otros), Hannah Arendt esperaba encontrar a un ser completamente maligno. 

En su lugar, se encontró con un burócrata común y corriente que no concebía el mal que había causado porque su única intención como funcionario público nazi, era cumplir con lo que se le ordenaba. Su cargo de consciencia venía por contravenir a Hitler y acatar las órdenes de Himmler cuando era obvio que iban a perder la Segunda Guerra Mundial, y lo más conveniente encubrir su involucramiento en la «solución final»; no por ser responsable del exterminio sistemático de millones de judíxs. 

Es decir, Eichmann no era una persona sádica o un fanático antisemita, sino un ser humano absolutamente normal, tan terriblemente normal, que deshumanizó al pueblo judío y tomó parte en uno de los genocidios más traumatizantes de la historia, sin intención: obedeciendo las leyes, haciendo lo que era normal en el régimen nazi. De ahí el nacimiento del concepto Arendtiano de la banalidad del mal, un mal tan trivial, rutinario, normal, que se torna imperceptible, supera cualquier filtro racional, y se ejecuta por la mayoría, derivando en un mal radical o atroz por la dimensión social que alcanza. 

Por ello es tan escalofriante la violencia sistemática que enfrentan las mujeres en México: 11.2 mujeres asesinadas por día, 143 llamadas relacionadas con violencia sexual, familiar, y contra las mujeres por hora, un 2020 con una la tasa mensual de feminicidios más alta desde el 2015 (Intersecta). Esto sin tener los números precisos, porque es imposible, de muertes de mujeres abortando clandestinamente, así como el número total de abortos. 



Ante esto, los colectivos feministas han hecho una labor titánica para visibilizar la problemática y exigir derechos. Por eso se marcha. Despenalizar el aborto a nivel nacional es garantizar a las mujeres el derecho a decidir sobre su cuerpo, y protegerlo, a través de condiciones médicas y de salubridad aceptables, por ser legales y permitidas. Se marcha para «desbanalizar» la violencia de género. Pero ¿si se marcha tan frecuentemente y el Estado disuelve dichas marchas también con violencia, no es todavía más banal aún? ¿Qué tiene que pasar para que la violencia no sea normal en este país? No lo sé, pero lo sucedido el lunes, y la respuesta Estatal son muy preocupantes.

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