Por: Paola López Yrigoyen

Antes que nada, espero que disfruten este fin del 2020, el año más convulso y anormal que ha tenido la humanidad en, al menos, los últimos 20 años. Ahora, si bien hay múltiples problemáticas en México y el mundo, empezando por los estragos sanitarios inmediatos de la COVID-19, una desaceleración económica global, y el grave deterioro ambiental, del que la mayoría de las veces sólo hablamos y no frenamos en acciones; hoy me gustaría hablar de dos deudas en vidas humanas que quedan pendientes en el país. Dos deudas que no logramos saldar ni siquiera en el año con menor interacción social física y menos actividades en general: la muerte de mujeres y periodistas en México. 

Con datos de septiembre recabados por la ONG Intersecta, hay 11.2 mujeres asesinadas por día, y 143 llamadas relacionadas con violencia sexual, familiar, y contra las mujeres por hora. Es más, las tasas mensuales de feminicidios (aunque algunxs no los quieran llamar así) en este 2020 son las más altas desde el 2015. Esto sin considerar las muertes de mujeres que abortan clandestinamente y en condiciones de alto riesgo, debido a que en este país es ilegal hacerlo. 

Con datos de The Cartel Project, una colaboración global de periodistas que busca continuar las investigaciones de periodistas que son amenazadxs, censuradxs, o asesinadxs, a raíz del trabajo y muerte de la reportera de Proceso Regina Martínez en Veracruz; desde el 2000, 119 periodistas han sido asesinadxs en México. En el último balance de Reporteros sin Fronteras (29 de diciembre), 50 periodistas han sido asesinadxs en el 2020, pero más de dos tercios de ellos, han muerto en países de en paz. De esos países, México lidera la cuenta con 8 asesinatos. Es decir, lxs reporterxs en México no van a la guerra, pero la guerra, la (narco)guerra va hacia ellxs.   

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Ambas problemáticas son escalofriantes y sumamente complejas, porque la muerte de mujeres y periodistas en México se da en un contexto de alta inseguridad nacional y una red amplia de corrupción estatal. Esta red no sólo posibilita la colusión entre el crimen organizado y el Estado necesaria para traficar drogas y delinquir en otras áreas, sino que además, deteriora la provisión de justicia por parte del aparato judicial. La impunidad en México protege a lxs criminales, no a las víctimas. Menos si las víctimas pertenecen a grupos histórica y sistemáticamente violentados (mujeres y minorías), o a grupos incómodos para el Estado por el simple hecho de documentar y develar cómo opera (periodistas).

Por ello es que pensar en una solución real no es para nada una tarea sencilla, menos considerando que vivimos en lo que el filósofo Roman Krznaric llama “la tiranía del ahora”. Gracias a un cortoplacismo frenético, a veces no sólo creemos que los problemas se resuelven con un mensaje de whatsapp, sino que si la solución no es un fenómeno que hace explotar las redes sociales, entonces ni siquiera la consideramos solución. 

Por ende, olvidamos que las grandes transformaciones no se dan inmediatamente, sino que son cambios que pueden tardar no sólo años, sino generaciones. Cambios tan progresivos y largos en el tiempo que no entran en la lógica inmediatista de la política electorera actual mundial, ni en la lógica de convivencia digital, en la que una historia se visualiza en no más de 15 segundos, y desaparece después de 24 horas. 

De ahí la importancia a pesar de que no sea común, de lo que el Krznaric llama “pensamiento catedral.” Para el australiano, el pensamiento catedral es la capacidad de concebir y planificar proyectos con un horizonte amplio, de décadas o incluso siglos, como lo que tardan las catedrales en construirse. Problemas de grandes magnitudes, como los desastres naturales; de daño lento pero progresivo, como el cambio climático; y que hemos tardado siglos en erradicar, como la desigualdad sistemática que violenta a ciertos grupos y atenta contra aquellxs que cuestionan dicha desigualdad, necesitan de “soluciones catedrales.”

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Por eso es esperanzador ver que en Argentina ya es legal el aborto, o iniciativas como The Cartel Project. La legalización del aborto en ese país es, en primera, la cristalización de una lucha de siglos. En segunda, es un cambio institucional cuyo impacto va más allá de lo legal para ser uno de los muchos factores necesarios para cambiar la forma de pensar, ser y convivir actual. Es decir, trastoca y evoluciona nuestra cultura. Es una piedra de la catedral llamada equidad de género, una construcción con cimientos no sólo en Argentina, sino en toda América Latina. Aunque aún le falte a los demás países seguir construyendo. 

Por su lado, The Cartel Project es una iniciativa global que abarca a 25 medios internacionales entre los que se encuentran: Le Monde, The Washington Post, The Guardian, Proceso, South China Morning Post, Die Zeit, Haaretz, El Pais, y Prensa, entre otros. Prácticamente, lxs periodistas del mundo se están uniendo para dejar un mensaje muy claro: matar a un periodista no matará la historia. La catedral llamada crítica ciudadana se construye así, desde abajo, y si bien va más allá del trabajo individual de unx reporterx, hay que edificar una estructura sólida de vigilancia y protección ciudadana capaz de defender a cada unx de ellxs y sus investigaciones. 

Si bien este 2020 sacudió a todo el mundo y parece haber derrumbado los edificios y casas de la humanidad, ha hecho patente la necesidad de construir fortalezas, murallas, catedrales, y pirámides capaces de imponerse ante la adversidad. Ese es el reto y tendría que ser el propósito para este 2021. 

Feliz año nuevo.

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