Alguna vez me preguntaron cuál es el sello de que una película basada en hechos recientes sea fiel a los mismos, y mi respuesta impulsiva fue: “que incomode a los involucrados”. Esto es especialmente válido en torno a temas políticos y sociales, pues significa que los realizadores no están maquillando los hechos para servir una agenda, sino exponiendo abiertamente todos los ángulos de una problemática para permitir que nos formemos un criterio. ¿Y quiénes son los involucrados, en este ejemplo? Suele ser la sociedad entera, pues es partícipe de lo que ocurre y es quien tendría, al menos teóricamente, la fuerza para influir sobre los resultados.

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Esto es evidente desde los primeros minutos de ‘Tierra de Nadie’ (Sicario, d. Denis Villenueve), otra película que aborda la problemática de la mafia de las drogas en su área de influencia más transitada: la frontera entre México y Estados Unidos. Lejos de intentar presentarnos una predecible cinta de acción, tenemos ante nosotros una historia dedicada a posarnos en medio de esta “guerra” (el término es ambiguo por múltiples razones) para que nos formemos un criterio respecto a la asignación de culpas y responsabilidades.

Nuestro “avatar” para entender el conflicto es la agente del FBI Kate Macer (Emily Blunt), quien abre la película encabezando un operativo de rescate de rehenes secuestrados y sin querer se topa con un macabro descubrimiento dentro de un hogar suburbano en Arizona: docenas de cadáveres ejecutados sádicamente y emparedados entre los muros de la vivienda. Todo apunta a que los responsables sean individuos ligados al narco, a juzgar por la naturaleza de los homicidios y por el hecho de que los verdugos dejaron a su paso una gran bomba destinada a borrar la evidencia de lo ahí ocurrido.

Tanto Kate como su compañero Reggie (Daniel Kaluuya) sobreviven a la explosión, y el desempeño de la primera atrae la atención de un individuo llamado Matt (Josh Brolin), cuyo aparente desenfado y atuendo sugiere que tiene deberes más importantes en alguna oscura agencia del gobierno estadounidense que preocuparse por el uso de saco y corbata. No, Matt camina por las oficinas del FBI en camiseta y sandalias, pero es obvio que su influencia es mayúscula pues incorpora de inmediato a la agente Macer a una nueva y misteriosa operación.

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La historia no abunda en explicaciones de lo que sucede. De hecho vamos descubriendo a cuentagotas, de la mano de la inquieta Kate, las facetas de lo que Matt y su escuadrón de operativos están llevando a cabo, pero algunas cosas se entienden de inmediato: la CIA parece estar involucrada, no todo lo que hacen es estrictamente apegado al código y los participantes están plenamente familiarizados con el modus operandi de los cárteles que operan en esta turbulenta región fronteriza.

Hay una gran incógnita en esta nebulosa operación, y está representada por Alejandro (Benicio Del Toro). Es un tipo taciturno, metódico y obviamente acostumbrado a tratar con los elementos más sórdidos del mundo del narco, pues todo indica que él mismo fue (¿es?) uno de ellos. Él adopta una actitud casi paternalista hacia la recién llegada, partiendo de una delicada y tensa misión de extracción de un prisionero, desde un resguardo en Ciudad Juárez hasta una base militar estadounidense. Es en este operativo donde Kate recibe una muestra clara de la clase de “guerra sin frente demarcado” que se libra a diario en los terrenos de dos naciones vecinas. Sí, el primer aspecto de incomodidad de este filme nos aborda en el retrato de Juárez como una ciudad macabra, de ejecutados y descabezados a diestra y siniestra, donde los tiroteos son más música de fondo que motivo de alarma por parte de las autoridades.

Hay que alabar la labor del director Villenueve en diversos pasajes de ‘Tierra de Nadie’. En varias instancias vi aparecer un personaje que me hizo pensar “seguro es el clásico compañero del héroe que va a morir trágicamente para motivar un acto de venganza”, pero este cliché no ocurrió. Tampoco vimos la casi obligada escena donde la única chica presente en un grupo de rudos hombres es tratada como estúpida, obligándole a “probar su valía” ante los demás. Y agradecemos sobremanera que se hayan saltado la omnipresente “tensión sexual” entre los protagónicos. No, no es esta clase de película, por fortuna. Es más bien un estudio que invita a analizar de qué lado jugaríamos al ser enfrentados con la disyuntiva entre apegarnos a la ley más estricta u operar en los límites permisibles (y otros no tanto) de la misma. La respuesta no es tan sencilla, pues las circunstancias de este peligroso conflicto son mucho más profundas de lo que pregonan las campañas antidrogas del gobierno o la charla, muy en boga, sobre legalización recreativa.

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¿Pero qué tan efectivo es el mensaje del filme? Este es un gran punto de debate. Me he topado con colegas que sienten que le faltó llegar más profundamente a la raíz de la problemática, como intentó hacer Steven Soderbergh en ‘Tráfico’ (2000). Otros creen que esa no era la labor de la cinta, y prefieren juzgarla como una obra más introspectiva sobre la moralidad de los protagonistas, al estilo de ‘Serpico’ (1973) o ‘Ultimo Turno’ (2012). En mi opinión, esta historia se ubica cómodamente en el justo medio entre ambos estilos: no salí de la sala sabiendo mucho más sobre las intrincadas condiciones del narcotráfico en México y Estados Unidos, pero sí comprendí parcialmente los motivos detrás del elemento humano involucrado en el mismo.

¿Es válido simpatizar con un policía corrupto, con un agente especial gringo que pone en tela de juicio la soberanía de un país o incluso con un sicario? Hablando de incomodar, esto es lo que más inquieta dentro de la trama de ‘Tierra de Nadie’. En una escena, el superior de la agente Macer le dice que su departamento ha realizado más detenciones de personas ligadas con el tráfico de enervantes en los últimos tres meses que en los dos años previos, pero que aún así las cosas no mejoran. Es claro que la frustrante lucha cuesta arriba en esta guerra no funciona, así que la mayor esperanza es que las cosas vuelvan a ser como en los buenos, viejos tiempos, en los que Colombia era un productor distante para el consumidor estadounidense y las consecuencias de este comercio no generaban tanta sangre en las tierras a ambos lados del río Bravo.

“Tú no eres un lobo, y esto ahora es tierra de lobos”, advierte Alejandro a Kate poco después de sugerirle que pida ser transferida a un pueblito lejano a la frontera, “donde la ley aún exista”. Es una visión muy cínica, pero no es fácil de condenar después de echarle un vistazo a esas noticias recurrentes de sangrientos ajustes de cuentas que ocurren todos los días en nuestro país, y a las que nos hemos acostumbrado de una forma por demás triste. Otro cliché que se saltó el director fue ese tenue mensaje de esperanza al final de películas donde el enemigo es la sociedad misma. Sé que lo hizo por incomodar aún más. Y estoy agradecido por ello, pues más que hacerme adoptar una postura definida en torno a este peculiar conflicto, la película me recordó que es un tema de mucho fondo con el que debemos vivir a diario.

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