“¿Se siente bien usar el traje? Me gustaría usar un traje. Aunque no tuviera poderes, solamente el traje…”, le comenta Luis (Michael Peña) a Hope Van Dyne (Evangeline Lilly) en un momento de introspección cómica durante ‘Ant-Man and the Wasp’ (d. Peyton Reed), y es difícil no conectar con él en ese momento de emoción cuasi infantil. Seamos francos, mucho del éxito del cine de superhéroes depende de nuestra reflexión respecto a lo que conllevaría portar uno de esos trajes, asumir una de esas personalidades heroicas (o incluso malignas) con la capacidad de hacer cosas imposibles para los simples mortales. ¿Cómo nos conduciríamos?

El tono divertido de este filme cumple con el espíritu original de los cómics clásicos, aquellos que forjaron la niñez y adolescencia de algunos, así que no es casualidad que los temas en torno a Ant-Man (Paul Rudd) giren más alrededor de la relación que tiene con su hija Cassie (Abby Ryder Fortson) o con su padre putativo Hank Pym (Michael Douglas) que con los malévolos planes de un villano para destruir al mundo.

No, esta película parte de un universo en pequeño (obvio) y va escalando conforme a los retos del atípico héroe Scott Lang, a quien vemos profundamente aburrido en arresto domiciliario tras su participación en los hechos de ‘Captain America: Civil War’ (2016). Los dos años encerrado en su hogar le permiten visitas ocasionales de la pequeña Cassie a quien entretiene con ingeniosas aventuras, mientras intenta erigir un incipiente negocio de seguridad privada con sus ex colegas criminales Luis (Michael Peña), Kurt (David Dastmalchian) y Dave (T.I. Harris). Un par de días de buen comportamiento y el protagonista recibirá su libertad.

El problema es que Scott es reclutado involuntariamente por Hope y el Dr. Pym para establecer contacto con la madre de la primera (y esposa del segundo), Janet Can Dyne (Michelle Pfeiffer), quien desapareció en el espacio cuántico hace más de 30 años y que se encuentra ligada a Lang a raíz de la visita de este a dicho microuniverso en la entrega previa. Así que todo es una simple misión de rescate, ¿cierto?

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Pues no. Mientras Hope (quien ya ha sido entrenada por su padre como la superheroína Wasp, con todo y traje modificado para hacerse pequeña a voluntad) visita al traficante Sonny Burch (Walton Goggins) para hacerse con una pieza clave que se requiere en la construcción de un complicado generador cuántico, aparece en escena la amenazadora figura de Ghost (Hannah John-Kamen), quien parece alternar entre poseer un físico tangible y una figura diáfana, casi imposible de combatir.

Pronto descubrimos que las razones de Ghost para interferir en los planes de los héroes tienen que ver con una rencilla personal hacia el Dr. Pym y con la solución a una condición adquirida que amenaza con terminar con su vida en unos cuantos días. La apremiante necesidad de controlar esta amenaza y recuperar la pieza antes mencionada también está del lado de Scott y compañía, pues han hallado una oportunidad de rescatar a la Dra. Janet en una ventana de tiempo sumamente limitada.

Suena un poco rebuscado, pero en el fondo sabemos que lo que importa realmente es seguir uniendo esos cabos sueltos de relaciones familiares perdidas, ya que la historia se enfoca sin dudarlo mucho en el vínculo madre/hija entre Hope y Janet. Digamos que la gente del Marvel Cinematic Universe sabe tocar las fibras sensibles de la audiencia con mayor efectividad que la torpe forma exhibida por los filmes de DC al hablar sobre las mamás de Batman y Superman.

La marcha de estos planes se complica aún más con el riesgo que tiene Scott de perder su libertad por salirse del huacal (y de la casa), el mal funcionamiento de su actual traje de Ant-Man (que a ratos lo deja reducido al tamaño de un niño de cuatro años) y la incertidumbre de que el plan de localizar a Janet funcione. Si sumamos que tanto Pym como Hope son prófugos de la justicia, tenemos los ingredientes perfectos para una historia cuyo ritmo va constantemente en ascenso.

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Y hay que decir que el objetivo se logra, pese a que el despegue de la cinta es algo atorado e incierto. Lo que salva esas instancias es, sin lugar a duda, la enorme química entre los protagónicos y el dinamismo de los parlamentos, donde cada conversación (en particular las que involucran al locuaz Luis) está llena de bromas, sarcasmo, observaciones hilarantes y un sentido general de que el elenco pleno se divirtió durante la realización.

La acción también es eficaz y bien lograda por parte del director Reed. La coreografía de las peleas, con el elemento adicional de jugar con las dimensiones en una fracción de segundo, hacen lucir a la dupla de Ant-Man y Wasp como dínamos incansables que pueden mantener a raya a múltiples individuos a la vez, pero las transformaciones de Lang a su versión gigante resultan igualmente entretenidas. Todos los momentos vienen acompañados de resoluciones argumentales que solamente son posibles mediante las características específicas que poseen estos héroes.

A fin de cuentas, ‘Ant-Man and the Wasp’ resulta una catarsis anímica respecto a la incertidumbre y la tristeza del final de ‘Avengers: Infinity War’ (por cierto, no se pierdan las escenas post-créditos), donde ese universo en pequeño circunscrito a las andanzas de un par de personajes (con química de sobra entre ambos) permite encarnar muchos de esos sueños que Luis expresa al hablar sobre vestir la epidermis del héroe. A veces el mundo se salva derrotando al gran villano de los designios cataclísmicos… y a veces lo que salvamos es la estructura familiar jugando con un maletín lleno de autos de juguete. Es bueno no perder el sentido lúdico de este género, en mi opinión.

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