No hay forma de ser perfectamente objetivos y justos al narrar historias biográficas. Es prácticamente un hecho de que la visión artística terminará decantándose a uno u otro lado de la balanza de simpatías con el sujeto en quien se basa la obra. Mientras eso no genera problemas mayores al abordar a personajes encomiables (los Gandhis y Mandelas de este mundo), la cosa se complica al hacer cine sobre personas que son, sin mayores rodeos, auténticos criminales de carrera.

Así que puedes imaginar de dónde parten los problemas en una producción como ‘El Jefe de la Mafia: Gotti’ (‘Gotti’, d. Kevin Connolly), que nos narra el ascenso e inevitable caída de John Gotti, connotado jefe de una de las cinco grandes familias de la mafia en Nueva York, última figura emblemática de la Cosa Nostra, notable protagonista de uno de los juicios criminales más sonados de finales del siglo XX y… ¿adorable hombre de familia? ¿Generoso miembro de su comunidad suburbana? ¿Esto es broma o qué?

No, no lo es. La historia que se eligió como base de esta película fue escrita por el hijo del célebre “Teflon Don” (apodado así porque los cargos criminales “no se le pegaban”), John A. Gotti, alias John Junior (Spencer Rocco Lofranco). Esta tendenciosa visión de un individuo a todas luces reprobable es el primer obstáculo que la historia debería haber franqueado para ofrecer algo de credibilidad al producto final. Bueno, es claro que aquí no solamente no se logró el cometido, sino que da la impresión de que ni siquiera existió la intención de despejar esa traba.

La película parte mostrándonos a un John Gotti (John Travolta) al borde de la muerte, encerrado en una prisión. El cáncer se ha apoderado de su cuerpo, y notamos su ácido sentido del humor al decirnos que le pusieron “uno de los senos en la barbilla” como explicación a la deformidad que el mal provoca en su físico. Gotti no puede contener su decepción cuando su propio hijo le anuncia la decisión de colaborar con el FBI en busca de reducir los cargos que pesan en su contra, y ahí es cuando el padre comienza a relatar su turbulento ascenso en el mundo de la mafia.

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Decir que Gotti era un individuo carismático es quedarse cortos. No cualquiera logra pasar de ser un matón a sueldo en la tropa general de la familia Gambino hasta ocupar su liderazgo absoluto, y disputar la corona como el Rey del Crimen en Nueva York durante los años 80. Travolta logra un perfecto retrato de Gotti en el sentido de emular su carisma, su indiscutible intelecto para enfrentar a sus rivales en un terreno difícil y la delicada dualidad que separaba al padre y esposo del capo de la mafia.

El problema es que el material con el que el actor tiene que trabajar es demasiado blando, demasiado reverente con alguien merecedor de un juicio histórico más agresivo y exigente en el terreno moral. En resumen: si el guión trata con pinzas al maleante, el actor forzosamente lo mostrará más por el ángulo amable que otra cosa. El resultado termina por hacer infinitamente menos interesante a Gotti, y por consiguiente a la película por entero.

La historia de este peculiar hombre siempre se vio rodeada por individuos interesantes, cuyo tratamiento en el filme es desigual. Chris Mulkey hace un magnífico trabajo como Frank DeCicco, amigo y aliado de John durante su coronación como jefe de la familia Gambino, pero William DeMeo hace un papel más bien tibio con el vital personaje de Sammy ‘The Bull’ Gravano, el matón fiel a Gotti que terminó por convertirse en el eje de su caída tras un publicitado juicio a inicios de los 90. Stacy Keach también brilla en su desempeño como el asesor y mentor Frank Dellacroce, pero Kelly Preston queda desperdiciada interpretando a Victoria, esposa del protagonista. Y mientras Pruitt Taylor Vince destaca en el trágico rol del amigo fiel pero dudosamente eficaz, el rol importantísimo del jefe de la mafia Paul Castellano se siente como un mero trámite para el realizador Connolly.

Creo que el director no es el único culpable de los pobres resultados que arroja esta película, pero ciertamente es el más notable. Kevin Connolly es recordado por su papel de “E” en la sobrevaloradísima serie de HBO ‘Entourage’, y aunque cuenta con dos largometrajes previos en la silla de director, aquí se siente como un estudiante de cine que ha visto demasiadas películas de Scorsese y cree que es fácil emular su estilo. La poca o nula atención a ciertos detalles vitales de la trama se diluye en montajes de archivo bastante irrelevantes, atropellada narrativa y una pobre estructura de escenas que tenían potencial de lucimiento histriónico. De pronto parecería que el director simplemente copiase los gastados recursos técnicos de la serie que le puso en el mapa de Hollywood, en lugar de recordar que es parte de una producción ambiciosa.

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Y ambiciosa es lo correcto: cuando la película fue anunciada hace más de 8 años se ligaron nombres sobresalientes al proyecto. Barry Levinson, Al Pacino y Joe Pesci fueron mencionados en diversas fases de la producción, pero el rodaje continuó aplazándose inexorablemente hasta llegar a un producto que estuvo en repetidas ocasiones a punto de ser lanzado directamente a video. Tan sólo un curioso arreglo de los organizadores del Festival de Cannes con John Travolta y ejecutivos de los estudios logró un estreno cinematográfico mundial en un escenario reconocido, pero la recepción del filme en esa ocasión habla por sí sola.

Al final del día, ‘El Jefe de la Mafia: Gotti’ es una película que no separa mucho de otras películas biográficas que fallaron al ser demasiado serviles con sus inspiraciones de la vida real. Idealizar nunca es una gran idea, pero llegar al extremo de incluir un montaje final donde amigos y vecinos de los Gotti hablan de lo agradable que era este singular mafioso cae en los terrenos del franco mal gusto. El principal crimen que se ha cometido aquí fue desperdiciar una buena actuación por parte del protagonista, claro. Pero lo que agravaría la sentencia sería recomendar a la gente que pague un boleto por verla.

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