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He dirigido revistas como Men'™s Health, ESPN Deportes y SOBeFiT, pero mi pasión es ver, analizar, diseccionar, eviscerar y disfrutar pelí­culas, tanto en el podcast Finí­simos Filmes como en diversas colaboraciones y columnas. Maté a un hombre en el ring. OK, quizá no, pero serí­a una gran historia'¦

Si algo ha dejado a su paso esta nueva era del #MeToo es que proyectos que parecían destinados a ser solamente buenas intenciones se tornan en realidades claras, pues cada vez hay más voces exigiendo que las mujeres lleven el peso de historias en territorios que parecían dominio exclusivo de los hombres.

Sin embargo, decir que una película es “igual a la que ya habías visto… pero con mujeres”, no le hace ningún favor a la producción. Hace falta tener algo claro que decir, una razón lógica que vaya más allá de establecer que todo tu elenco comparte un cierto cromosoma definitorio. Por eso es que ‘Oceans’s 8: Las Estafadoras’ (‘Ocean’s 8’, d. Gary Ross) generó tanta anticipación desde que el productor Steven Soderbergh (quien dirigió la trilogía de ‘Ocean’s Eleven) mencionó la posibilidad de su existencia. ¿Un grupo de expertas ladronas dando un gran golpe? ¿Con los roles prominentes a cargo de actrices de primer nivel? ¿Dónde hay que firmar?

La maquinaria de Hollywood tristemente no se mueve tan rápido como sus buenas intenciones, pero al fin podemos ver esta historia como una realidad. La protagonista principal es Debbie Ocean (Sandra Bullock), hermana distanciada del personaje de Danny Ocean que interpretara George Clooney en la saga original. Debbie lleva más de media década en prisión, y se presenta ante su comité de evaluación para obtener la libertad condicional en un convincente discurso que habla de rehacer su vida, de aprender de sus errores del pasado y de no volver a tropezar con las tentaciones de una vida criminal.

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Por supuesto, no es más que un ardid. De inmediato la vemos poniéndose al tanto de la vida con su fiel compinche Lou (Cate Blanchett), y echando mano de sus viejos trucos para cometer varias fechorías en una prestigiada tienda y en un lujoso hotel. Lo cierto es que la idea de reformarse está muy lejos de la mente de Danny: más bien lleva todo ese tiempo armando un golpe genial, para el que necesita armar un equipo.

Las especialistas reclutadas por el duo de Danny y Lou cubren áreas clave para la operación. Nine Ball (Rihanna) es una hacker experta. Amita (Mindy Kaling) tiene vasta experiencia en la elaboración de joyería. Rose (Helena Bonham Carter) es una diseñadora caída en desgracia que busca recuperar la gloria perdida. Constance (Awkwafina) es carterista, habilidosa con las manos y posee un ingenio callejero sin precedentes. Y Tammy (Sarah Paulson) es una aburrida y tranquila ama de casa… al menos eso aparenta.

La clave de este golpe, sin embargo, estriba en la presencia de una cómplice que no está muy al tanto de lo que sucede. Se trata de Daphne Kluger (Anne Hathaway), afamada actriz y socialité que ve su posición en el jet-set amenazada por una joven competidora (Dakota Fanning). No por quitarle nada a Bullock y Blanchett, quienes están espléndidas en sus respectivos papeles, pero Hathaway habita la piel de Daphne convincentemente inspirada en sus propias experiencias de la vida real como la “odiada en turno” de Hollywood. En efecto, la comedia implícita en las inseguridades, berrinches, desplantes de diva y palpable estupidez que manifiesta a cada paso constituyen un gag recurrente que nunca pierde efectividad.

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Todo el plan consiste en hurtar un valioso collar conformado por más de 5 kilos de diamantes y valuado en 150 millones de dólares, que será lucido por la mencionada Daphne durante la gala anual del Museo Metropolitano de Arte en Nueva York. La velada de estrafalarias creaciones de moda y excesivo glamour es un marco interesante para realizar tal fechoría, pero sabemos que la labor por delante no es nada fácil. Es curioso, pues la historia no tiene un “gran villano” convencional, así que realmente la batalla que librarán estas mujeres es contra el peso de sus propias ambiciones.

Cabe señalar que las figuras masculinas están más bien ausentes en esta historia. James Corden funciona muy bien como un investigador de seguros que provee algo de necesaria exposición además de una vis cómica muy eficaz. Richard Armitage, por su lado, no brilla mucho como un viejo interés amoroso de Debbie cuya presencia parece ser más requerida como convencionalismo argumental que como cualquier otra cosa.

La estructura de una película así suele ser muy establecida, y no ofrece grandes sorpresas. La plausibilidad de mucho de lo que vemos en pantalla sí cabe poner en tela de juicio, y eso le duele un poco al producto final, pero está claro que los filmes de asaltos suelen beneficiarse más de las motivaciones por parte de los criminales que de la claridad de los planes mismos.

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En la cuenta final está claro que este proyecto es afortunado. El carisma de sus estrellas, las espontáneas apariciones de rostros que nos son familiares de los tres filmes previos, la presencia de famosos durante el golpe, el sabor neoyorquino… todos son ingredientes que resultan en una experiencia grata y palatable para el espectador. ¿Hay algunas fallas? Seguro que sí, pero no son muy determinantes. Los diálogos pudieron ser más ágiles, ciertas actrices se hubieran beneficiado con más tiempo a cuadro o con mejores arcos dramáticos, y es un hecho que el guion tiene un par de agujeros considerablemente problemáticos. Pese a todo, el saldo final es positivo.

Considerando el contexto actual, donde las reacciones contra las iniciativas de empoderamiento femenino revelan una triste verdad sobre un cierto sector de las audiencias, cabría decir que el mensaje feminista de ‘Oceans’s 8: Las Estafadoras’ se maneja con una elegante mesura, pero no quita el dedo del renglón. El personaje de Bullock alude a la diferencia entre utilizar a un hombre o a una mujer dentro del plan, y termina concluyendo que la facilidad de él o ella para llamar la atención a su presencia o pasar desapercibida es lo que determina su decisión. La enseñanza es clara: no se puede pasar por alto el hecho de que la igualdad está aquí para quedarse, pero que las mujeres mismas deben decidir sobre la forma más juiciosa de integrarla a lo cotidiano.

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