Por: Gargouille Errante

Ahora que las alarmas no dejan de sonar cada hora, para anunciarnos que no volveremos, me he puesto a pensar que tal vez regresó para despedirse, y no pudo porque preferí perderme entre las calles, antes que permanecer en los rincones deshabitados por ella.

Cuando se fue, la vida comenzó a pesar mucho más de lo que nunca antes; no fui capaz ni de tomar correctamente las pastillas. Necesitaba dejar de entender para no extrañarla, fue complicado vivir en aquel sueño agonizante. Solo duró tres meses, pero envejecí un lustro.

Esos días las alarmas de cada hora tenían mi horrible voz, solo yo las escuchaba, y me hacían llorar tanto como esa señora que está cruzando la calle sin parar de mecerse y sollozar, abrazada a sus cuatro hijos.

No es la única que llora, todas y todos lo hacen en esta cuadra. Seguro piensan que no hay quien no lo haga, que solo queda llorar cuando todo está por acabarse. Una vez más nos olvidan, nosotras no lloramos. Para nosotras no es la primera vez que vemos el final cara a cara.

Es verdad, este sentimiento no inunda por igual desde la calle; por primera vez lluevo hacia afuera. Aquí hemos vivido, en el final de los finales, y me gustaría decirles que el miedo a lo inevitable es inútil, pero ni siquiera ahora voltean a vernos. Permanecen las caras de siempre, cuyos ojos han aprendido a mirar a través de nuestros cuerpos, para vencer la pena de este estado que mostramos sin pudor.

Aprendieron bien a darnos la mano sin tocarnos. 

Pero cuando se aprende a viajar ligero la vida toma otro ritmo, los espacios adoptan dimensiones, hasta entonces, desconocidas y las palabras, los movimientos, los olores y los sabores se redescubren con gracia desesperada.

Cuando se deja ‘todo’, en mi experiencia, se ganan certezas. Se quedan las memorias elegidas, aparecen las amistades menos probables y más comprometidas; se forma un ser a la medida con todas las desproporciones que te llevaron hasta este lugar. 

Dejé las maletas y caminé sin rumbo, entonces comencé mi entrenamiento para no perder la cabeza con estas sirenas sonando y las caras perplejas.

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