El otro día estaba viendo la vieja película del Doctor Frankenstein (porque Frankenstein es el nombre del Doctor Victor Frankenstein que creó al monstruo, monstruo quien, por cierto, no tiene nombre) y me puse a pensar (sí, soy medio presumido), en que lo que pasaría si el ser humano viviera para siempre.

Por ejemplo, ¿Qué sucedería si alguien tuviera un accidente o muriera de una enfermedad, en donde su cuerpo ya no funcionara, pero su cabeza quedara inalterable, activa y que se pudiera hacer un trasplante a un cuerpo de una persona que tuviera una muerte cerebral?, (ojo, se espera que, para finales de este año, o inicios del siguiente un médico haga el primer trasplante de cabeza en un ser humano, un joven ruso que sufre atrofia muscular espinal)

Hay otras cosas más descabelladas como poner a vivir una cabeza o el cerebro en un líquido especial en el que perduren todos los pensamientos de la persona y poderse comunicar por medio de una computadora, o la otra de la teoría que podría poderse pasar el “pensamiento, la lógica y los sentimientos” de un ser humano a una súper computadora o en un robot.

Vamos suponiendo que se pudiera, que nuestro pensamiento, sentimientos pudieran ser eternos, ya sea en un dispositivo (no se para que demonios) o en otro cuerpo, o simple y sencillamente que el ser humano con el avance de la tecnología dejara atrás las enfermedades, la enfermedad, la vejez y pudiera vivir “para siempre”.

¿Ustedes mis cuatro lectores? (creo que a veces llegan a cinco o seis), elijan la manera que más les guste, ¿les gustaría vivir para siempre?; antes de que me pregunte, déjenme les digo que a mí no, de ninguna manera.

Y es que yo me pregunto a mí mismo: “mi mismo… ¿cómo pa que fregaos quieres vivir para siempre?”

¡Feliz cumpleaños número 378 tatatatatatatatara -abuelito! – dirían mis tatatatatatatatara-nietos-

No quiero ni imaginarme a las tiendas (a sabiendas de que viviremos un titipuchal de años) los anuncios promocionales del buen fin: “¡Llévese esta pantalla de TV de 16k a 380 meses sin intereses!”, o la famosa tienda de los abonos chiquitos para pagar poquito en donde llegas a dar el último abono de la cuna cuando el chamaco ya anda saliendo de la prepa.

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Durante un hermoso atardecer al lado de la abuela Licha, mientras se tomaba su cafecito después de un pesado día de trabajo le pregunté:

—Abuela, ¿por qué nos tenemos que morir?

—¿Por qué me preguntas eso?

—Es que, no sé, ahora que se fue el abuelo, no quisiera que se fuera nadie –le dije con un nudo en la garganta.

—¿Lo extrañas verdad?

—Mucho abuela, a veces me gustaría vivir para siempre, que tú vivieras para siempre, que el abuelo hubiera vivido para siempre.

—Pos que cosa tan fea sería este mundo.

—¿Por qué dices eso abuela?  ¿no lo extrañas?

—Lo extraño con toda mi alma mijo, pero eso de vivir para siempre…

—¿ A ti no te gustaría?

—¿No, porque cuando a uno le queda poco tiempo, se mueve más aprisa y si nos dieran una eternidad, nos iríamos más despacio, ¿para que quisiéramos tener hijos o familia, plantar árboles si lo podemos hacer dentro de cien o doscientos años? ¿te imaginas? Como nadie se muere nos vamos a acabar todos los árboles para la leña, no cabríamos en el río para nadar, no, no, ni pensar, esto se volvería un infierno en vida.

—Entonces, ¿no quisieras vivir para siempre?

—Ni Dios lo quiera mijo, si fuéramos eternos la gente no se disculparía con nadie de sus errores, al cabo hay toda una eternidad para hacerlo, ¿cómo para que se levanta uno de la cama si hay mañanas, días inagotables?, uno se levanta con ganas porque no sabe si habrá mañana otro día como este mijo, y por eso uno lo tiene que aprovechar.

—¿Qué es la muerte abuela?

—La muerte es el otro lado de la vida y la vida el otro lado de la muerte, no le tenga miedo mijo, que es como el día y la noche nomás, así como el sol cae orita, mañana sale por el otro lado; fíjese bien como cada año hay primavera, después se caen las hojas y luego viene el frío, es vida y muerte mijo, es más hasta ese sol que hoy vemos un día se va a apagar.

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—¿El sol abuela?

—Si mijo, nomás que no estaremos usted y yo para verlo.

—¿Y cómo sabes abuela?

—Los viejos de antes lo decían, que el sol era como una antorcha, que tenía su tiempo de apagar, nomás que faltaba muchas, muchas lunas todavía.

—Entonces… ¿no tienes miedo de irte Abuela?

—No mijo, le tengo miedo a no haber dejado nada, a que nadie se acuerde de mí, a que nadie me extrañe, le tengo miedo a haber pasado por la vida nomás así como así, no le tengo miedo a irme, sino a no haberme ganado el derecho de partir porque solo el que vivió la vida como Dios manda tiene el derecho, tiene la obligación de irse cuando termine su tiempo.

—¿Y cuándo es el tiempo de uno Abuela, cómo se sabe?

—Eso mi niño, nomás el de arriba lo sabe, él nomás.

—Abuela… No quiero dejarte jamás abuela, no quiero que me dejes nunca abuela, nunca.

—Nunca te voy a dejar mi niño, ni tú a mí, aunque ya no estamos juntos.

—¿Me lo prometes?

—Te lo juro.

—Abuela…

—¿Qué pasó mijo?

—Te quiero mucho, con todo mi corazón.

—Y yo a usted mi niño, de aquí a la eternidad

La abuela me abrazó mientras veíamos la caída del sol y entonces en ese momento me di cuenta de que no era necesaria una eternidad para querer a alguien eternamente.

 

¡ Hasta la próxima semana ¡

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