Un pesito para ver la Tele

Eran las 7 de la mañana, y a lo lejos alcancé a ver a la Abuela en el corral dando de comer a las gallinas, así que me di cuenta que era el momento oportuno para abordarla.

—Abuela -le dije entrando presuroso al gallinero de tela con madera- ¡Ya vine!… ¿a qué te ayudo?

Mi brusca entrada, acompañada de mis gritos hicieron que las gallinas se alborotaran y aletearan levantando polvo.

—Mira nomás muchacho de porra ya me las espantaste –me reprochó- apenas que había sacado a comer a unas que estaban cluecas.

—Pos yo nomás quería ayudarte

—¿Y ora tú?, ¿pos que trais que andas muy acomedido?

—Si siempre te ayudo Abuela.

—Pos si, si es cierto que me ayuda, pero cuando se lo pido primero, a ver, ya suéltela mijo ¿Qué quiere?

—¿Yo?… no, nada Abuela.

—Canijo muchacho, si no te conociera –dijo suspirando- suéltela.

—Es que…pos es que hoy es Viernes Abuela.

—Y mañana Sábado ¿Qué no?

—Quiero un peso abuela… Es que los Viernes dan al Hombre Nuclear.

—¿Y eso qué? –preguntó extrañada.

—Es que Don Güicho nos cobra cincuenta centavos para ver al Hombre Nuclear en su tele.

—¡A pos que ratero!… ¿oiga, pos que aquí no hay tele o qué? –me increpó.

—Es que la Tele de Don Güicho es a Colores y cobra un tostón por verlo –le dije.

—Pero me pediste un peso ¿para qué quieres el otro tostón?

—¡Pos pa comprar mis chuchulucos Abuela!

La Abuela Licha solamente sonrió moviendo la cabeza de un lado a otro, pero no me dijo nada.

Ese día desde las 9 de la mañana me agarró de encargo, barrí el gallinero, recogí el estiércol del corral de las chivas, llevé leña del corral a la cocina y me mandó a que les llevara la comida a los peones en la labor.

Ya tarde y molido, me bañé, me cambié ilusionado, luego fui a buscar a la Abuela Licha a la cocina, y ahí la encontré que estaba poniendo el café de olla para la cena.

—Abuela…

—¿Qué pasó? –contestó sin voltear.

—Este…pos…que ya me voy… vamos a ir con Don Güicho a ver la tele.

—Ándele mijo, se porta bien y no se tarde mucho.

—Abuela, es que yo… bueno, es que… quería a ver si…

—A ver mijo, vamos viendo –dijo mientras le soplaba al hervor de la leche bronca- ¿usted lo que quiere es su dinero para ver la Tele porque según usted se lo ganó? … ¿verdad?

—S…si –contesté tímidamente.

—Pos dígalo así mero mijo, que el dinero que uno gana hay que pedirlo, de buena manera, pero pedirlo, porque uno se lo ganó a pulso y no se puede tener vergüenza en pedir lo que es de uno.

La abuela sacó su monedero que siempre traía en su delantal de cuadritos rojos.

—Tenga mijo –me entregó sonriente- esto es suyo, se lo ganó.

—¡Gracias Abuela!… pero, son dos pesos… llegando de ver la Tele te doy el cambio.

—No mijo, dije que son suyos, ándele y ya váyase que se le pasa su programa del hombre robot ese.

¡Dos Pesos! Salí en friega a la casa del Quico para irnos a ver la tele.

Tres Son multitud

Cuando llegué a la casa de Quico, él ya estaba afuera esperándome.

—¡Quico! Le ayudé a la Abuela Licha en la talacha –le grité emocionado- ¡y me dio dos pesos por ayudarle!

—Órale –dijo efusivo Quico- y con los 50 centavos que yo traigo, pos ya traemos dos pesos con cincuenta centavos.

—¿Traemos?… Si chucha como no -le dije burlándome- oye… ¿y si nos llevamos al Marcos?,

—¿Y si completamos? –preguntó.

—Claro, mira, para ver la tele los tres usamos un peso con cincuenta, y todavía nos queda un peso pa comprarnos chuchulucos para los tres.

—Órale vamos, pero de volada -me dijo el Quico- porque ya mero es hora.

La casa de marcos no estaba lejos, en el rancho todo está tras lomita, pero aun así le metimos segunda para que no se nos hiciera tarde.

—¡Señora Mari, señora Mari! -gritamos en la entrada de la casa de Quico.

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—¿Pos que se traen muchachos, porque tanto grito? -nos recibió con una sonrisa mientras abría la puerta de madera con tela mosquitera.

—Venimos por Marcos para ver la tele con Don Güicho -le dijimos alegremente.

—Ay mis hijos, no se… no tengo pa darle dinero… mejor pa la otra.

—Ándele Señora, que al cabo aquí traemos dinero para los tres, y nomás que se acabe se lo traemos… ¡ándele dele permiso!

—Ay hijos, Dios los bendiga, pásenle, ahí está en el cuarto.

Entramos al cuarto de Marcos, el único hijo de la Señora Mari, el papá se había ido de mojado y no habían vuelto a tener noticias de él.

La mamá de marcos cargó a su hijo mientras el Quico y yo acercábamos la carretilla de madera que le había hecho su abuelo especialmente para él, tenía dos llantitas al frente y unos amarres para poderlo llevar sin que se cayera.

Justo llegamos para ver el programa, unos nos sentamos en unos botes de lámina de manteca, otros en el piso y marcos en su carretilla semi acostado.

Aún recuerdo el inicio del programa:

“Steve Austin, Astronauta, su vida está en peligro, lo reconstruiremos, poseemos la tecnología para convertirlo en un organismo cibernético, poderoso, superdotado».

Luego salía el hombre con brazos y piernas bonicos corriendo en cámara lenta.

—A mi me gustaría ser como el hombre nuclear para que me pusieran piernas biónicas y poder caminar» –exclamó Marcos.

—Órale, que padre -dijo Quico- y así nos paseabas ahora tú a nosotros dos en tu carretilla.

Yo afirme con la cabeza, emocionado, imaginándome la escena.

Nunca supimos por qué nació Marcos con las piernas así, solo escuchábamos de los grandes que así había nacido, pero para nosotros lo único que marcos no sabía hacer era caminar.

La esposa de un presidente municipal se llevó a Marcos y a su mamá a la capital para tratarlo y hasta salió en el periódico; pero el doctor allá le dijo que lo único que se podía hacer era ponerle unos fierros en las piernas que lo ayudarían a sostenerse y moverse con ayuda de muletas.

Pelotero a la bola

—Es que eso que usted me pide es imposible –decía el entrenador de la liga infantil de beisbol del rancho.

—Usted bien sabe que, si se quiere, no hay imposibles –decía la Abuela Licha.

—Pos no, no hay imposibles… pero pos si hay, si no, a ver dígame –respondió el entrenador sudando- ¿Cómo de que lo ponemos en el equipo?

—A pos de estas cosas yo no sé nada, usted es el que debe saber.

—Señora, es que el beisbol es un deporte, y este muchacho no puede hacer nada aquí, mire o agarra el bat o las muletas, pichar no puede, cachar tampoco y correr ¡pos menos!

—Bueno –contestó tranquilamente la Abuela- si ya sabe que no puede hacer, ora búsquele en donde si embona el muchacho.

—Señora, entiéndame que esto es un deporte, y la gente como él no pueden hacer un deporte.

—A ver, vámonos entendiendo –habló molesta la abuela- ¿Qué quiere decir con eso de la gente como él?

—Pos así como está, con esos fierros y las muletas –dijo el entrenador- tullido pues.

—Mire Señor entrenador, si eso es todo lo que usted ve, pos déjeme decirle que el que está tullido es usted, pero de la cabeza.

—Oiga Doña, no es para que usted…

—No me interrumpa que todavía no termino –continuó la Abuela- este muchachito es uno de los chamacos con más corazón que he conocido.

—Señora, esto no se gana con el corazón, se gana con los brazos, las piernas con…

—¿No juegan con el corazón? Uy Señor entrenador, con razón no ganan –contestó burlona la Abuela- además ya le dije que no me interrumpa, Marcos es un niño apasionado por este deporte, él se sabe el nombre de todos los jugadores de antes y de ahora, mire, hasta los mayores le preguntan de números de beisbol cuando escuchan los juegos por el radio.

—Pero Señora, eso aquí a nosotros no nos sirve de nada… entiéndame por favor.

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—¡Algo debe de haber, estoy segura! -habló la abuela con cierta desesperación- que este chamaco no se puede quedar así nomás desperdiciado.

El entrenador se quitaba la gorra, se limpiaba el sudor, se la volvía a poner, volvía a sudar, en fin parecía que esa plática no llegaría a ningún lado, llegué a pensar que por primera vez la abuela no se saldría con la suya.

—Quizá haya algo para el muchacho –se escuchó una voz.

La abuela giró la cabeza hacia dónde provenía la voz, era un hombre negro, como de dos metros, yo lo vi como un gigante,  traía un sombrero panameño y una camisa con palmeras.

—Permítame presentarme Señora, mi nombre es Freddy Martí, y ha de disculpar mi bella señora que me entrometa en su conversación, pero creo que yo puedo ayudar al muchacho… ¿es su nieto verdad?

—No, no es de mi sangre, pero como si lo fuera, y por eso la defiendo–contesto aliviada la abuela.

—Pues lo defiende como si lo fuera mi Señora.

—Ay Señor, si nos diéramos cuenta que los niños de otras personas son nuestros niños también, otro gallo nos cantara.

El Señor Freddy era un buscador de talentos de beisbol y estaba ahí porque se había equivocado y había llegado mucho antes del juego de los adultos en el que jugaba el equipo del rancho contra uno foráneo.

El buscador de talentos platicó largo y tendido con el buen Marcos, le dijo que antes de irse a los Estados Unidos le hablaría a un amigo de él en el D.F. que seguro le iba a interesar una idea que le acababa de surgir.

Cuando terminó de hablar con Marcos, se acercó a la Abuela y le dijo:

—Señora, tenía usted razón, este pequeño es un talento.

La Abuela Licha solamente sonrió y asintió la cabeza.

Un mes después vino un amigo del Señor Freddy hasta el rancho a platicar con Marcos y su mamá; y apenas se fue, la Señora Mari vino a visitar a la abuela Licha.

—Doña Licha muchísimas gracias, que Dios se lo pague –le dijo- se acaba de ir el amigo del Señor Freddy, el negro, el del béisbol.

—Oiga pos que bueno, ¿y qué le dijo? –preguntó la abuela.

—Pos que mi niño es muy bueno para los números del beisbol, disque es mejor que muchos que ya están mayores que él, que se sabe fechas, nombres y no sé qué otras cosas.

—¿Y luego oiga? –le cuestionó la Abuela.

—Que nos vamos Licha, nos llevan, bueno se llevan a mijo  y yo con él, lo quieren en una estación de radio.

—¿Oiga y que es lo que va a hacer?

—Pos no se Doña Licha, no le entendí mucho, pero cuando se lo dijo a mi niño se le iluminó su carita y levantó sus muletas pal cielo, estaba feliz, feliz y yo con él. Gracias Doña Licha, muchas Gracias.

—No me des las gracias mujer, dale las gracias a la vida que te dio un hijo inteligente, tan chulo, con un corazón gigante y además te adora… No cabe duda mujer, que la vida te dio un hijo completo.

La Señora Mari abrazó a la abuela y comenzó a llorar, la abuela levantó los ojos al cielo y vi como una lágrima corría por su mejilla.

Un día que fui a la peluquería vi en un  periódico en la sección de deportes, la foto de Marcos en un palco de transmisiones de beisbol dentro de un estadio, hablaban de un chamaco prodigio en estadísticas en el llamado “rey de los deportes”.

Le pedí el periódico al peluquero y se lo llevé a la Abuela Licha, ella tomó las tijeras, lo recortó, lo puso sobre la mesa y lo acarició cariñosamente.

“A veces la discapacidad está en la cabeza, y no en las patas”… decía la Abuela Licha, y creo que tenía y tiene razón.

Acá entre nos, no sé ustedes, pero yo si pienso donar al teletón para que más chamacos puedan salir adelante… ¿verlo? no , muchas gracias.

 

 

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