El río se desbordó y todo se llevó… Menos nuestras esperanzas

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Ábranla que lleva bala. 

—¡Córranle que se nos está acabando el tiempo! …y estiren bien la lona del camioncito para que no se vaya a anegar –dijo mi padre a mis tíos mientras llevaba un costal de maíz al camión de redilas.

—Mamá, mamá…ahí vienen los soldados –alertó la tía Tere.

—¿Pos pa que me avisas?, tu sigue subiendo a los niños –ordenó la abuela- y tú María, ya con esa ropa para los niños es suficiente, que no vamos a cambiarnos de casa.

La presa había recibido más agua de la que le cabía, así que días antes comenzaron a vaciar el excedente por el lecho seco del río, sin embargo, debido que las lluvias no cesaban, la presa seguía captando cada vez más y más agua.

El volumen del agua en la presa era alarmante, y corría el riesgo de reventarse, mientras que el río ya iba a su máxima capacidad y estaba desbordándose.

Al poco tiempo al rancho llegaron unos soldados a avisar que teníamos solo cuatro horas para salir del pueblo y trasladarnos hasta donde pudiéramos ponernos a salvo.

Ese día que nos íbamos, el agua seguía cayendo a cántaros, al camión de redilas le pusieron una lona arriba y a los lados para que entrara la menor cantidad de agua posible, la cargaron con bultos de maíz y frijol, también cobijas, algo de ropa y utensilios de comida.

Luego, nosotros subimos y el camión arrancó, vimos como los soldados comenzaron a subir a sus camiones a quienes no tenían la fortuna de tener un vehículo para irse, para después evacuarlos en vagones y góndolas de ferrocarril.

En el camino, mi padre no podía ver bien la carretera, en partes solo veía la orilla y con eso se guiaba, el agua del río se comenzaba a desbordar, comenzando a hacer de las suyas.

Todos íbamos en silencio, pensativos, tristes, entonces la abuela Licha dijo: “Siempre andamos pidiéndole a todos los santos que nos mande agua, pero ora se pasaron”

Un rinconcito cerca del cielo

Esa tarde, nuestra familia junto a otras, se encontraba encima de un pequeño cerro en el que nos pusimos a salvo, el cerro era lo suficientemente bajo para subir con camioneta, pero también lo suficientemente alto para no resultar afectados por el agua.

—Ahí viene el agua, ahí viene el agua –comenzaron a escucharse gritos por todas partes.

Yo me fui con otros niños a ver el espectáculo, la luna era grande y redonda, por lo que su luz nos permitía ver la grandeza del agua, se veía como el agua se iba comiendo carreteras, caminos, parcelas y vías del tren. Horas más tarde, el agua se veía quieta, y en ella, reflejada una hermosa luna, era como un enorme espejo de plata.

—Saquen un costal de frijol del camión y pongan las dos ollas grandes –escuché decir a la abuela Licha- hay que ponerlos para que estén listos mañana.

—Oiga amá, pero dos ollas son mucho –comentó la tía Inés.

—¿Mucho?, ¿pos que no escuchas a los niños llorar de hambre?

—¿Vamos a poner frijoles para todos amá? –cuestionó la tía- pero somos muchos y se nos va a terminar la comida, quien sabe cuándo podamos regresar

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—Oiga, ¿pos quien la entiende? –dijo la Abuela- primero me dice que son muchos frijoles y ora que se va acabar.

—No amá. Yo decía que…

—Mire mija, mejor no diga nada que la hago regresarse a nado pal rancho que se me olvidó mi jarrito pal café.

Sabiendo que la abuela Licha era capaz de haberla mandado a nado, a la tía no le quedó más que obedecer.

A la mañana siguiente, el cerro estaba totalmente rodeado por agua, era impresionante ver como la corriente llevaba troncos, árboles, vacas, postes de telégrafo, roperos, y casi podría asegurar que hasta vi uno que otro cadáver.

—Ya están los frijoles amá –avisó la esposa del tío Luis a la Abuela.

—Ta bueno mija, avísenles a la gente que hay frijoles y ustedes pónganse a repartirlos, primero mujeres y niños y al final los hombres.

La fila para repartir los frijoles era larga, quien sabe que hubiera pasado si no se hubiera llevado los costales de frijoles

—Abuela, ya nos quedamos sin nada, nos quedamos pobres ¿verdad? –le pregunté mientras veía el dantesco espectáculo.

—¿Usted se siente pobre mijo? –me dijo mientras se sentaba en una gran piedra y me tomaba de las manos.

—Pues, no sé, yo digo que no…pero la gente dice que…

—La gente puede decir misa mijo, lo importante es lo que usted piense de usted mismo

—A ver mijo, ¿Las manos y los brazos, a como los vende? –Me preguntó con jiribilla.

—No abuela, ¿Cómo los voy a vender? –contesté azorado mientras me veía las manos-

—¿Ya ve?, entonces no se ande quejando de que no tiene nada, que pa empezar tiene dos manos y dos piernas, y eso ya es mucho tener–dijo en tono serio- así que vaya con su tío y le dice que digo yo, que usen sus piecitos y manitas para comenzar a juntar leña para la comida.

Todos los días sale el sol.

—¡Amá, amá¡ -llego corriendo el tío Momo al camión donde descansaba la abuela.

—¿Pos que pasó? –preguntó la Abuela- vienes más blanco que una vela

—Amá, tienes que venir, la mujer con la que estabas platicando ayer abajo del mezquite ya va a parir.

—A jijo –dijo la abuela levantándose y acomodándose el mandil- pero si me dijo que le faltaban más de un mes todavía.

La Abuela y el tío salieron hasta donde se encontraba la mujer en labor de parto; al llegar la abuela vio la situación y dijo:

—Rápido consíganme trapos, los más limpios que encuentren – dijo a las mujeres- vean quien tiene agua hirviendo orita y tráigansela, pongan a hervir más agua, vayan de campamento en campamento y consigan botellas de refresco o de leche, mínimo unas seis. También necesito una reja de madera, o un cajón de madera, rápido muévanse.

Tanto nosotros como la gente que estaba presente y que ni la conocía hizo caso de inmediato.

Al cabo de una hora el bebé nació, pero la cosa no paraba ahí, era tan pequeño, que las mujeres no le veían posibilidades, todas menos la abuela Licha que había confeccionado una especie de cunita rellena de trapos y tela, mandó rellenar las botellas de agua caliente y las taparon con ocotes.

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—¿Se va a salvar mi niño? –preguntó la parturienta.

—No sé -dijo la Abuela- pero la lucha se le va a hacer.

La abuela acomodó al pequeño dentro de la cunita, luego tomó las botellas y las envolvió con trapos, después puso cada una de las botellas alrededor del cuerpecito del bebé, entonces, tomó una caja de cartón a la que le había hecho muchos agujeritos a los lados y la puso encima para tapar al bebé.

—Es para darle calor niña –dijo la abuela a la mamá del bebé.

—Gracias Señora –dijo la mujer.

—No me des las gracias, que estos días serán largos, pero no dejes de hablarle a tu pequeño, que cuando se escucha la voz de quien uno ama, el alma regresa al cuerpo.

La abuela dejó instrucciones de tener botellas listas para cambiarlas cada cierto tiempo y se fue a descansar.

A la mañana siguiente una lancha del ejército llegó a llevar medicinas y latas, al ver a la mujer y su hijo, se los llevaron de inmediato para atenderlos, no sin antes avisarnos que en un par de días más las cosas volverían a la normalidad.

Y Así fue, las aguas bajaron y pudimos regresar a nuestros hogares.

Tiempo después, una tarde, llamaron a la puerta de la casa, la abuela abrió y se encontró con una sonriente pareja, ella llevaba una pequeña en sus brazos.

—¿se acuerda de mi señora? –preguntó la joven.

—Pos pa que es más que la verdad mija… pos no –contestó la abuela.

—Usted ayudó a mi esposa –dijo el hombre- en el cerro, cuando la inundación.

—¡Válgame Dios! -exclamó la abuela- pero si son ustedes, han de disculpar, pero es que de noche y todos aterrados, pues francamente uno no es el mismo, pero, pasen, pasen.

La pareja entró a la casa y tomó asiento en el sillón de la sala.

—Mire Señora, vea, está hermosa –comentó la mujer mientras le destapaba el rostro a la bebé

—Pero si está igualita a ti criatura –habló cariñosamente la Abuela.

—Se llama Victoria–dijo el padre de la niña.

—Como usted –dijo la madre con un brillo especial en los ojos, de esos que solo las madres tienen.

—¿Cómo yo? –cuestionó la abuela- pero… yo me llamo Licha

Los padres de la bebé se voltearon a ver entre sí, apenados, con vergüenza quizá.

—No entiendo, nosotros siempre pensamos que usted se llamaba… -dijo el papá que no sabía ni que decir.

—Pero qué curioso –les dijo la Abuela en un tono confortante, como hurgando en sus recuerdos- fue mi padre quien me puso mi nombre, pero mi madre quería que yo me llamara así, Victoria.

¡ Hasta el próximo  Sábado !

 

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