Un lugar para hombres…hombres.

“El Ventarrón”, así se llamaba el bar al que iba mi padre cuando yo era un niño, y contrariamente a lo que se pudieran imaginar, no era una cantina “común y corriente” nada de eso que vemos en las películas de las cantinas de pueblo o de rancho, esta cantina era un bar de lo más tranquilo, no había Rockola ni música estridente.

Por las tardes llegaba el trío de “Los Alemanes” y hacía las delicias de los parroquianos, cuando no estaban, el ambiente lo ponía música de aquellos discos de acetato de Los Panchos, Los Tres Ases, (y otros tríos), voces como Eddy Gormé, Toña la Negra, o el mismísimo Agustín Lara, cuando era más noche, se escuchaban canciones más “tranquilas” de Don Antonio Aguilar, Pedro Infante, Javier Solís, generalmente boleros o boleros rancheros, el sábado y domingo si era de todo, hasta las de vacilón.

Lo curioso es que a pesar de ser un bar, la música nunca estaba a alto volumen, siempre se escuchaba así de fondo, tranquila, sabrosa.

Las pláticas de los parroquianos eran tranquilas, de amigos, casi como una gran familia, era común ver desde el presidente municipal hasta el director de la escuela o de una secundaria, creo que nunca llegué a ver a nadie borracho salir de ahí.

La botana era muy buena y más si era la del fin de semana, iba desde pescado entero, caldo de pescado, carne asada, caldo de mariscos, asado rojo de puerco y muchas otras delicias que preparaba Amparito, la esposa de Güicho, que acá entre nos hacía de comer delicioso, yo creo que gran parte del éxito era la botana de ella.

Casi no había luz, las pocas ventanas eran muy pequeñas y la poca que había salía de unos grandes candelabros hechos con unas ruedas de carreta las cuales tenían unos focos dentro de unas lámparas; gracias a las ventanas pequeñas y al grueso adobe, el lugar era fresco, muy fresco en verano y tibio en invierno.

Las puertas eran de madera de esas de ida y vuelta, pero no dejaban ver nada al interior, cuando uno entraba olía rico, limpio, a madera a licor y tabaco, las voces eran casi como un murmullo, como si estuvieran rezando.

Recuerdo que las sillas que estaban en la barra eran unas altas, como si fuesen un trono, de madera gruesa, muy gruesa y pesada, eran de las preferidas de mi papá, le quedaba tan bien, parecía que se la habían mandado hacer para él.

—¿Qué pasó mijo? –me preguntó mi papá al verme a un lado.

—Nada pá, me mandó mi mamá para preguntarle que si…

—¿Ya saludó a los amigos? –me dijo viéndome seriamente.

—Buenas noches Don Víctor, buenas noches Don Pepe ¿cómo están ustedes?

—Mire nomás compadre, este chamaco se parece cada día más a usted –dijo Don Pepe.

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—¿Y cómo le hiciste para entrar si aquí no dejan entrar chamaco?, ¿A ver, como le hace este jovencito mi Güicho? –preguntó Don Víctor mientras guiñaba un ojo.

—Es que tiene vara alta, ya casi es el chef ¿verdad?

Yo solo contesté que sí con la cabeza, mientras Güicho me sobaba la tatema y me dejaba todo despeinado.

—¿Qué se toma? –preguntó Don Pepe- yo invito…si me lo permite mi compadre.

—¿Una limonada con granadina? –preguntó Güicho.

Mi papá movió la cabeza afirmativamente al tiempo que dibujaba una sonrisa en su rostro, él que casi no era expresivo.

Güicho me sirvió la granadina, Don Víctor me acercó uno de esos sillones altos, grandes y me subió en él.

—Ándele, tómele “pa la calor” –dijo mi padre orgulloso.

—Pues sí, pero primero… ¡salucita! –exclamó jubiloso Don Pepe.

Los cuatro alzamos nuestras bebidas y las chocamos, era oficial, era la primera vez que tomaba con mi padre y me sentí como un rey en un trono, bueno, como un príncipe.

 

El Santo, El Cavernario, Blue Demon y el Bull Dog.

“La arena del PRI presenta para esta noche, su acostumbra función de lucha libre de los sábados, esta noche tendremos una sensacional lucha campal, un máscara vs máscara y un mano a mano”…así decía el carrito de perifoneo que recorría todas las calles para anunciar la lucha libre a la que íbamos cada sábado con mi papá.

Este sábado se iban a encontrar dos luchadores que ya se traían ganas desde hace varias semanas, se habían abierto la cabeza, sacado sangre, dado con sillas, echado limón en los ojos, bueno, hasta mentadas de madre hubo entre ellos, incluso en la última lucha uno de ellos le gritó al otro: “¡Donde te vea te mato jijo de la tiznada!”

El Chanate, el Pingüica y yo nos quedamos viendo azorados y literalmente con la boca abierta ante tales declaraciones, mi padre solo reía y parecía que se divertía al vernos, en ese momento, no entendí por qué.

—¡Toma chango tu banana! –exclamé.

—¿Si oyeron eso? –preguntó el Pingüica.

—Si, seguro que donde se encuentran se matan –dijo el Chanate.

—Mejor que no se encuentren, porque si se matan en la calle, no hay lucha la semana que viene.

Nuestro amigo era un sabio y nosotros lo reconocimos afirmativamente con la cabeza, porque tenía razón, este par si se encontraba se mataba porque se mataba.

Estoy en el rincón de una cantina…

Por fin ya había llegado el sábado de las luchas y el pleito entre esos dos luchadores seguro que sería épico, se traían tantas ganas… lo que si era seguro es que quien perdiera la cabellera de los dos la perdería como todo un guerrero, como un gladiador.

—Te habla tu papá –me dijo mi mamá- vino Américo a avisar que lo vayas a buscar

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—¿Para las luchas?, pero si todavía no es hora –contesté.

—No, que vayas a la cantina, que allá te está esperando.

Ya ni pregunté que para qué, lo único que le rogaba al cielo era que no se le hubiera hecho a mi padre más atractiva una jugada de cubilete con los amigos que la ida a las luchas y es que la verdad de las cosas esta sería la lucha del siglo.

Entré a la cantina y encontré a mi papá platicando con Don pepe, Don Víctor, Güicho y otro señor que no conocía, al acercarme, Güicho le hizo con la cabeza una seña a mi papá para que me viera, mi papá volteó y sus amigos también… ¿sabían algo que yo no? ¡No Diosito, la ida a la lucha no por favor!

—Mande apá, ya vine.

—¿Qué no saluda? –me dijo serio.

—Perdón, buenas noches señores.

A modo de saludo levantaron sus vasos y copas para luego darle un trago.

—¿Listo para las luchas? –me preguntó mi padre.

—Este…pues sí, yo sí, ¿por qué?, ¿ya no vamos a ir?

—Yo sí, tengo ganas de reírme un rato.

¿Reírse, viendo cómo se agarraban a catorrazos aquellos gladiadores en esa arena de lona y sangre? ¿Reírse cuando se iba a estar en la más fiera lucha cuerpo a cuerpo?

—Al rato nos vamos –me dijo sereno- nomás quería que vieras eso me dijo señalando con —la mirada hacia el rincón de la cantina, el que estaba a un lado de la puerta principal.

Voltee hacia donde mi padre me señaló y lo que mis ojos veían yo casi no podía, me negaba a creer, ahí, en el rincón, en penumbras, estaban aquellos dos hombres que juraron matarse en cualquier lugar que se encontraran y no, no se estaban insultando peleando y mucho menos matando, se estaban tomando un par de cervezas para mitigar el calor antes de la lucha.

Vi a mi padre quien solo me dijo:

—No hay que creerse todo lo que ve ni todo lo que uno escucha, porque a veces el engaño se lo hace uno mismo queriendo creer lo que queremos creer.

—Entonces… ¿las luchas no son de a de veras apá?

—Nomás poquito mijo, nomás poquito.

Esa noche aprendí que la vida es como la lucha libre, que a veces es campal, otras mano a mano, algunas cabellera contra cabellera, pero que al final de cuentas es una especie de teatro y por eso no hay que tomarlo muy enserio, pero eso sí, un teatro muy duro canijo que puede costar hasta la vida misma, y todo esto en un suspiro, pues dura nomás de 2 a 3 caídas y sin límite de tiempo.

 

¡Hasta el próximo  Sábado!

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Me gusta la comida de la Abuela Licha, pero no sus bastonazos. #MiAbuelaEsMiTroll Eterno admirador de las mujeres y de mi vecinita que acá entre nos, se parece a Salmita Hayek. Hablo latí­n, latón y lámina acanalada. Me invitaron a la última pelí­cula de Quentin Tarantino pero no traí­a para la entrada, además no me gusta la sangre, por eso mejor me fui a comprar unos tacos de tripitas. Si esperas encontrar alguien que escriba bien y bonito, ya te fregaste...yo no'más cuento historias.