Atole de guayaba para el alma y el corazón

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Atole de guayaba para el alma y el corazón

Con un nudo en el cogote

— Ándele mijo, ¿Qué no le dije que subiera la pala?

— Pos ya la subí apá –contesté.

— A pero como será bruto, le dije la pala para hacer pozo no la de la arena.

— Es que yo pensé…

— No, no piense, haga lo que le digo… ándele que ya es tarde.

En un abrir y cerrar de ojos estaba ya con la pala en la camioneta de mi papá, luego corrí a subirme al asiento del lado del copiloto y cerré la puerta.

—¿y usté a onde va? –me preguntó mi papá.

— Pos con usted a ayudarlo –contesté alegre.

— No, ora voy solo.

— Apá… dije.

— Eu.

— Estoy de vacaciones, si quiere le ayudo… además en la casa me aburro mucho.

—¿se aburre mijo?

— Si apá.

— A no, pos entonces… acomode toda la leña del corral, la separa en ramas y troncos, luego los troncos los mete al cobertizo y las ramas las lleva pal tejaban del horno de leña. Luego de que coma se va con las chivas y les barre los comederos… ora bájese que ya me voy.

— Si apá.

No había más que decir, simplemente me bajé de la camioneta y vi cómo se alejaba mi padre por el camino polvoso. Nomás no chillé porque ya tenía 10 años, pero sentí un nudo en la garganta re feo.

Pasé por la cocina camino al corral a recoger la leña cuando la Abuela Licha me dijo:

—¿A dónde va mijo?

— A hacer un encargo de mi papá Abuela.

— Ta bueno –me dijo- pero primero siéntese y tómese un atolito, ándele.

Me senté a la mesa, indiferente a mí alrededor, y vaya que me encantaban los atoles de la abuela.

—¿Qué, ya no le gusta mi atole de guayaba? –dijo mientras me servía en un jarrito de barro.

— Si abuela, mucho –contesté tomando el jarrito y soplándole para no quemarme.

— Oiga mijo ¿Por qué mueve así el jarrito de atole mientras le sopla?

— Pos… porque está caliente –contesté extrañado- y si no, pos me quemo.

—¿Y quién le dijo que así se le hacía?

— Pos no se abuela… ¿tú me enseñaste?

— No  mijo, fue su papá –me dijo dulcemente- y fue más o menos cuando usted tenía como cuatro o cinco años.

—¿Mi papá? –pregunté extrañado pensando en aquel hombre seco que conocía.

— Si mijo, su padre lo enseñó… me acuerdo muy clarito que fue para un diciembre, hacía mucho frío y usted quiso ir afuera donde estaba su papá con su compadre Víctor que venía de visita de Saltillo –dijo mientras hacía una pausa para darle un sorbo a su atole- su padre lo sacó orgulloso para presumir a su hijo, luego pidió que le llevaran un jarrito de atole para el niño, entonces lo sentó en sus piernas, lo tapó con su sarape y lo comenzó a enseñar a tomar.

—¿Y entonces, no me quemé abuela?

— Uy si mijo, esa y muchas veces más, pero, pues así es la única manera de aprender en la vida, dándose quemones y aprendiendo a soplar el jarrito. Que no le quepa la menor duda mijo, su padre lo quiere, y mucho, a lo mejor hace falta que usted ponga un poquito de más atención para que lo vea.

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carrizosUn Hombre llamado carrizo

—¿Cómo te fue mijo? –le preguntó la abuela a mi padre.

— Bien madre, con la novedad que ya se andan cayendo unas vigas del viejo granero.

— Uy mijo, es que ese granero está desde que vivía tu abuelo, ya no da para más.

— Pos tampoco podemos hacer otro amá –contestó mi padre- los del pueblo ya no quieren meterle dinero a ese, prefieren esperar al que nos prometió el gobierno.

— ¿y que van a hacer?

— Pos a darle nomás una arregladita y que aguante una o dos temporadas más.

Al día siguiente mi padre y yo fuimos a buscar al albañil del pueblo, bueno a decir verdad era el mejor albañil de todos los pueblos cercanos, le decían “El Carrizo” porque parecía uno de esos carrizos que crecen al lado de los ríos con los que se hacen las flautas campiranas.

Nos habían dicho que estaba trabajando hasta la nueva bodega del despepite, así que nos fuimos y ahí encontramos al carrizo, trepado en lo más alto de una gran pared.

—¡Buenas!-grito a todo pulmón mi padre para que lo oyera.

—¡Quiúbole!-se escuchó a lo lejos el grito del albañil- orita bajo a comer, ya no tardo.

Afortunadamente solamente esperamos como media hora a que bajara, y es que el bajar desde esa altura era una odisea.

—¡Que pasó carrizo!-exclamó mi padre.

—¡Quiúbole mi Don!-contestó el carrizo- ¿pa que soy bueno?

— Fíjese que se anda cayendo una viga del viejo granero del rancho, y pos hay que repararlo.

— Híjole mi Don, nomás que ora si me agarra atareado de a montón, va a tener que esperarme.

— Lo que pasa es que urge –dijo mi padre- oiga, ¿y si me recomienda alguien que le sepa a eso?

— Uy pos ora verá, mire, así como pa recomendar a alguien ta canijo –habló mientras se secaba el sudor con el paliacate rojo- porque aquí en los alrededores hay muchos pega ladrillos, pero albañil, lo que se dice maistro albañil, pos yo nomás se de dos buenos.

— A caray –exclamó mi papá- ¿pos quiénes son?

— Mire uno es mi compadre Nepomuceno… y pos ahí pregúntele a mi compadre y que él le diga quién es el otro –contestó pavoneándose- ¡ánden, sírvanse un taco! –nos invitó.

En los ranchos negarse es ofender, así que tomamos una tortilla de maíz hecha a mano y nos servimos del recalentado que tenían los albañiles calentando encima de una lámina vieja.

Mi padre llegó al acuerdo con el carrizo que en quince días se iría a comenzar la reparación del granero acompañado de su gente.

— A ver si no se cae el granero –dijo mi padre para sí mismo mientras regresábamos a casa después de esa deliciosa taquiza.

Lo que el aire se llevó

Esa tarde hacía un viento de los mil demonios, primero llegó una gran tolvanera que por un momento no nos había dejado ver ni el canal de riego que teníamos casi enfrente.

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— A Jijo, ¿ pos que se oyó? –preguntó la abuela Licha-

— No se abuela, pero se escuchó re feo –contesté.

— Mamá, mamá… ¿escuchó ese ruido? –exclamó la tía Tere.

— Pos es lo que le digo a mijo –contestó la abuela- se escuchó como para el viejo granero.

— Otita vengo Abuela, voy a ver qué pasó –le dije mientras salía corriendo.

— Con cuidado –me dijo la Abuela- apenas sepas algo que vengan a avisarme.

A media calle me topé con el chanate que también andaba “investigando” el ruido que se acababa de escuchar.

— Quiubo, ¿lo oíste?  –me preguntó asustado- ¿Qué se habrá caído?

— No sé, -contesté- dice la Abuela que lo escuchó como para el viejo granero.

—¿Vamos?

—¡Vamos! –le dije.

A medio camino escuchamos un ruido de una camioneta que se acercaba.

—¿Para onde van? –preguntó Teófilo que iba manejando.

— Es que escuchamos un ruido y la abuela dice que fue para allá-le dije.

— Si, -contestó Anselmo el copiloto- nosotros también escuchamos allá para el granero.

—¿Qué esperan, ¡súbanse! –dijo Teófilo apuntando para la caja de la camioneta.

En dos zancadas El Chanate y yo ya estábamos arriba de la camioneta camino al viejo granero, pasando los pozos y bordos como si fueran autopista, nosotros íbamos agarrados a las redilas de madera como las  garrapatas a un perro.

— Parece que vamos en un caballo –le grité al Chanate.

—¡Siii, Pero bronco de a montón!-contestó el chanate con la voz entrecortada de tanto brinco.

Ya nos estábamos acercando al sitio en cuestión y la camioneta comenzó a desacelerar, nosotros nos subimos un par de redilas para ver a lo lejos lo sucedido.

—¡Órale ¡¿ya viste? –gritó el Chanate.

— Si… -contesté- ¿se habrá muerto alguien?

Una vez que se detuvo a la camioneta, bajamos de un brinco y corrimos hasta donde estaba la gente, el viejo granero de adobe del pueblo se había caído.

— Mira tú, ¿no es la camioneta de tu apá? –dijo el chanate apuntando hacia el granero destruido.

Entre los escombros del granero, vi la camioneta de mi papá pero no a él,  entonces sentí un hueco en el estómago y vi todo como si estuviera viendo desde un tubo negro; salí corriendo lo más rápido que pude mientras gritaba con todas mis fuerzas:

—¡Papá, papá ¡.

Entonces, alguien me jaló del brazo frenándome en seco.

— Órale, ¿pos pa onde va?  -escuché una voz familiar.

— Es que mi papá, mi papá –era lo único que salía de mi boca.

Cuando volteé a ver quién me sujetaba del brazo… ¡Era mi padre ¡

— Apá… yo pensé que… es que vi la camioneta, los escombros encima, y pensé que.

Mi padre simplemente se hincó y me abrazó fuertemente, y así, seco como él era, sin una sola palabra, me dijo que no me preocupara, que todo estaba bien y lo mucho que me quería.

 

 

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