Ángeles entre nosotros

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El jardinero futbolero

—¿Y estas chambritas abuela? –pregunté curioso.

—Son para la esposa de Justino –contestó mientras su hábiles manos seguían tejiendo.

—¿Justino y su esposa van a tener un bebé? –pregunté asombrado.

—Ora tú –me dijo riendo- ¿y de que te sorprendes?

—No pos yo pensé que nunca tendrían hijos.

—A caray, ¿y eso? –me cuestionó la abuela.

—Pos…no se… ¿No se te hacen muy viejos para eso abuela?

—Ande mijo, viejo el naranjo del corral, y cada año da las naranjas más jugosas y dulces.

Y es que no es por intrigar, pero en ese entonces, a mi edad,  la pareja de Justino y Juana, ya se me hacía muy madurita para tener un bebé, aparte de que no fueron pocas veces que en el rancho llegué a escuchar comentarios y explicaciones de por qué  “Dios no los había bendecido con hijos”.

Justino era jardinero y afanador de la presidencia municipal, y uno de los jardines que cuidaba, era precisamente el del parque donde jugábamos cuando salíamos de la escuela, pero aparte de ser jardinero, en ocasiones, Justino se volvía uno más de nosotros, simplemente dejaba sus herramientas y la hacía de árbitro cuando jugábamos contra los de la otra escuela.

Saber que Justino nuestro amigo por fin iba a tener un hijo, me daba un gusto enorme.

Casi 36 Semanas

Una tarde, la abuela y yo estábamos amasando harina para unas empanadas de trigo con camote, cuando llegaron la tía Tere y la tía Inés de traer un encargo de la abuela.

—Oiga amá, que ya anda con los dolores de parto Juana, la esposa de Justino -dijo la tía Tere.

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—¿Cómo que ya anda con dolores de parto? –preguntó extrañada la abuela.

—Pues eso dijo cástula la de la mercería –contestó la tía Inés.

—Hasta dijo que se la habían llevado en la misma troca de los jardines donde trabaja Justino–continuó la tía Tere.

—¿Y por qué se te hace raro abuela? –pregunté de metiche.

—Porque estoy casi segura que aún no era fecha para que Juana se aliviara –dijo la abuela mientras volvía a amasar.

Nadie dijo nada, se hizo tal silencio, que solo se escuchaba el goteo de la vieja llave de la cocina.

Tomado de la manita

El niño de Juana y Justino nació a media noche, y tal como lo había sospechado la abuela Licha, el bebé fue prematuro, y aunque le hicieron mucho la lucha en el rancho, finalmente tuvo que ser trasladado de emergencia a un hospital en Torreón.

Ahí, lo tuvieron en incubadora, pero triste y finalmente el pequeñito no resistió, al día siguiente, Justino y su esposa tuvieron que regresar al rancho con el cuerpo del pequeño.

— Véngase mijo –me dijo la abuela esa tarde- vamos a la casa de Juana y Justino.

—¿Ya lo trajeron abuela? –pregunté.

—Si, ya está aquí –me contestó triste la abuela.

Al llegar a la casa, encima de una mesa, estaba la cajita con el pequeñito, yo no pude ir a verlo, en la esquina, con las manos en el rostro, estaba mi buen amigo Justino.

Caminé directamente hacia él, y me senté en una silla que estaba a su lado, no pude decir nada, simplemente me quedé acompañándolo, en cierto momento mi amigo sintió mi presencia y volteó a verme, entonces, ahí pude ver su rostro, desencajado, lúgubre, los ojos rojos e hinchados de tanto llorar.

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—Quiubo –le dije.

—Quiubo –me contestó con una leve y fingida sonrisa de lado.

—Aquí estoy –dije.

—Gracias, gracias amigo –contestó.

Luego volvió a meter su rostro entre sus manos, yo tenía el corazón roto y un nudo en el cogote de ver quebrado a mi amigo.

Ya al retirarnos, en el camino le pregunté a la abuela.

—Abuela, ¿por qué les dolió tanto la muerte de su hijo, si apenas lo iban a conocer?

—¿Cómo que apenas lo iban a conocer?

—Pos si, nunca lo habían visto, no sabían ni como era –cuestioné.

—Ay mi niño, cuando usted sea padre lo podrá comprender, los padres desde que saben que esperan un hijo, lo comienzan a conocer, lo ven crecer desde adentro, hablan con él, y en ocasiones el bebé hasta responde, no mi niño, los padres sentimos, conocemos y amamos a nuestros hijos mucho antes de que nazcan.

—¿Pero es más triste cuando ya está grande o cuando está como el hijo de Justino?

—Un hijo se siente, y duele hasta el alma cuando se va, así haya tenido unas horas o una vida, al lado de uno, siempre dolerá  su ausencia, porque al irse, es como si se llevaran con ellos un pedazo de uno mismo.

 

 Entrada dedicada a todos los padres, a quienes la muerte no les respetó las generaciones…
Don Rambaro

 

 

¡Hasta la próxima semana!

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