A continuación les dejo un artículo imperdible que nos escribió la psicoterapeuta Beatriz Carrión de Negri ([email protected]) Leamos:

“La locura es el estado en el que la felicidad deja de ser inalcanzable”,

Lewis Carroll. (Alice in Wonderland)

La búsqueda del ser humano para relacionarse es la base de nuestra sociedad, pero al
tener cada uno una visión e historia distintas, ¿Cuántas veces hemos sentido que nuestras circunstancias no son las que esperábamos? ¿Con qué frecuencia en lo cotidiano, sentimos que nuestra capacidad de disfrute ha disminuido, y al contrario nos encontramos con una sensación de vacío? ¿Cuántas veces hemos sentido que nuestros recursos personales no nos alcanzan para entender y manejar determinada situación?

Hoy en día existen muchos mitos en lo que respecta a la salud mental. Uno de ellos es pensarla como sinónimo de un equilibrio constante, y no es así. Con la salud física, por el contrario, todo resulta más claro.

Cuando nos duele constantemente el estómago, por ejemplo, inmediatamente vamos con el gastroenterólogo para que nos revise y nos dé un tratamiento adecuado para solucionar el problema. En ocasiones el tratamiento puede ser largo y complejo, pero con tal de liberarnos de nuestro dolor, lo seguimos durante el tiempo que se nos indique.

Sin embargo, hablar de salud mental nos angustia, por lo que muchas veces intentamos no hacer caso de esa piedrita en el zapato que tanto nos está molestando y seguir nuestro camino. Porque otro gran mito es pensar que tanto perder nuestra estabilidad como recurrir al psicólogo, son escenarios que solo les suceden a aquellos que están locos, es por eso que aunque queramos mejorar, nos resistimos a buscar a un profesionista de la salud mental.

Pero lo cierto es que aquella piedrita en el zapato sigue ahí. Por lo que tal vez debamos preguntarnos: ¿Por qué aprender a caminar con ella en lugar de intentar quitarla? A mi modo de ver, mientras más recorremos nuestro camino en la vida, más posibilidades hay de tropezarnos y encontrarnos con obstáculos o encrucijadas. Perder el equilibrio parece ser la constante y no la excepción.

Es decir, la desolación, la frustración, la pasión y la furia son inherentes a nuestra existencia y muchas veces nuestros recursos internos sí nos bastan para cargar con todo y no caernos, pero muchas otras el peso es demasiado y nos nublan la vista.

En mi práctica como psicoterapeuta, el simple hecho de que una persona llegue a una primera sesión, sin conocer aún el motivo de consulta en concreto, me deja ver un fragmento muy sano de alguien con deseos de esclarecer una parte de sí mismo. Me permite observar a una persona con la suficiente capacidad de introspección y fortaleza emocional como para aceptar, en primera instancia, que hay algo que le está impidiendo vivir su vida como él/ella quiere vivirla.

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A diferencia de la salud física, la salud mental no se entiende como la ausencia de conflicto. La vida nos va mostrando la gran diversidad de matices, altos y bajos; nos caemos, nos levantamos y precisamente por eso, aprendemos de la experiencia y maduramos. Desde pequeños vamos entendiendo la enorme lucha a la que nos enfrentamos cada vez que queremos consumar una meta.

La satisfacción de deseos, desde el nacimiento, implica mucha dificultad ya que nos encontramos en completa dependencia de otro para sobrevivir. Desde bebés luchamos por satisfacer necesidades como el hambre, el frío, el dolor físico, etc. Y más adelante, como adultos, esa lucha continúa y seguimos queriendo satisfacer nuestros deseos.

Sin embargo, en ocasiones nos sentimos defraudados por la distancia existente entre nuestras expectativas y la realidad. Nos sentimos desgastados y desilusionados, cuando, por ejemplo, vemos que esa relación de pareja realmente no funciona o aquel trabajo no era lo que esperábamos.

Encontrar explicaciones para lo antes mencionado, es complejo, por lo que muchos deciden culpar al entorno de su desdicha y señalar en el afuera distintos culpables de su angustia. Pero hay quienes cuestionan ese dolor y el hecho de que persista, y activamente buscan resolver o transformar ese dolor psíquico.

Éstos son los que recurren a una psicoterapia, buscando entenderse y reinventarse. Pero encontrar respuestas, muchas veces implica comenzar por hacernos más preguntas, cuestionar modelos de funcionamiento impuestos que hemos seguido como aquella polilla que sigue la luz, sin pensarlo, sin preguntarnos si existe otro camino distinto y menos doloroso.

Es decir, hay que comenzar por cuestionar patrones de pensamiento o de conducta que hemos continuado y mantenido desde niños, sin preguntarnos si van acorde con quien realmente somos. En mi experiencia, como psicoterapeuta y como paciente, esto implica abrazar aquellos aspectos propios a los que siempre les hemos dado la espalda, entenderlos y darnos la posibilidad de tener un espacio de creación, de transformación y de reconstrucción de nosotros mismos.

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En un proceso psicoterapéutico podemos aclarar aspectos que tienen que ver con nuestro pasado, con nuestro devenir y nos permite modificar el presente para construir un mejor futuro. Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, nos explica, como piedra angular de su teoría, que existe una parte llamada Inconsciente que afecta en nuestras emociones y esto interviene en nuestra toma de decisiones.

Es decir, hay motivos que nos llevan a actuar de maneras que conscientemente no conocemos, pero inconscientemente sí.

A continuación menciono algunas causas por las que muchas veces las personas buscan una ayuda profesional:

  • Sentir angustia o sentirnos atrapados por algún suceso reciente o por razones que nos
    resultan desconocidas.
  • Sentimientos de extrañeza hacia nuestra propia vida.
  • Trastornos alimentarios, adicciones.
  • Encontrarnos sumergidos en temores que nos paralizan.
  • Cometer los mismos errores, repetir situaciones que antes ya nos hicieron sufrir.
  • Dificultad para experimentar placer y disfrute en diversas áreas de nuestra vida.
  • Sentir temor por lo que creemos que la sociedad espera de nosotros poniendo en juego
    nuestra felicidad.
  • Deseo de querer conocernos.

Debo subrayar que en cuanto la elección del tipo de tratamiento, se cuide siempre el nivel de profesionalismo y experiencia del tratante. Hoy en día hay que marcar una diferenciación clara entre un tratamiento profesional y terapias alternativas y sin fundamento o tratamientos “milagro” que pueden seducir por su brevedad pero ponen en riesgo la salud del individuo.

Hoy en día existen “psicólogos” que prometen curas mágicas con técnicas y discursos aberrantes sin ninguna base que las sustente o páginas de internet que predican verdades absolutas de la mente humana e información errónea que no proviene de especialistas. La salud mental no es cosa de juego, hay que cerciorarse que el profesionista tenga los estudios, credenciales y actualización necesarios, ya que, si nos ponemos en manos de un experto, el tratamiento puede ser responsable de limpiar los lentes con los que vemos el mundo y encontrar claridad.

El objetivo de un proceso psicoterapéutico, por lo tanto, no es encontrar un estado de homeostasis, es decir una condición de estabilidad y de equilibrio permanente. Se trata de volver a empezar, de pensarnos, de crear un movimiento interno, un camino nuevo, único y propio, cambiar de paradigma, quitarnos esa piedrita que tanto nos ha lastimado y estar más cómodos para buscar y encontrar caminos nuevos hacia la felicidad.

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