Dra. Alexis Schreck
Historias del Diván

Por supuesto que NO estoy de acuerdo con el título de este artículo que yo misma escribí, pero en los últimos tiempos me he visto sorprendida por la sensación de algunos padres con respecto a sus hijos. Claro, no lo admiten, no lo verbalizan, pero lo sienten, o de menos lo actúan inconscientemente.

Así vemos adolescentes fundidos en la mariguana que son dejados a su propia suerte, o estudiantes fracasados por los que ya no vale la pena meter las manos, y bueno “si mi hija ha decidido ser anoréxica o un tonel, ya será su problemas”. Si el chico en cuestión no desea convivir con la familia y prefiere quedarse clavado en su computadora “¿qué quieren que haga o que le diga? ¡Nomás se enoja!” Muchas veces escucho: “ya lo intenté todo, nada le sirve, además ya está grandecito, ya sabrá lo que hace”.

La labor más grande que tenemos en esta vida, si es que somos padres, es precisamente serlo y bien, hasta que estén más que encaminados nuestros hijos. “Darles chance”, dejarlos que sean ellos mismos, regalarles su independencia cuando aún no están preparados para lidiar con ella, sólo genera en ellos angustia y desazón. La sensación es de abandono y de soledad. Los adolescentes piden a gritos que les pongan límites, que los contengan.

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A veces esos “gritos” toman la forma del abuso de drogas o del alcohol, del manejo de la comida y el peso, de actos como cortarse o ponerse en riesgo… En fin, uno debe ser capaz de traducir estos actos para dar la ayuda necesaria. ¡Es nuestra responsabilidad! El hijo o la hija no está como está hoy porque le cayó un rayo, o por la influencia de los amigos. Está así porque nosotros como padres y como familia ALGO HICIMOS MAL. Tenemos que pagar la deuda de ese quebranto y actuar en consecuencia.

Los padres sentimos a veces rechazo inconsciente hacia algunos hijos. Esto se puede deber a múltiples razones, desde que no se parece a nosotros, o que rivalizamos con ellos, o que no cumple con nuestro “ideal” (ser sociable, o pambolero, o inteligente, etc).

Es bien sabido que los niños que nacen y crecen con algún problema físico o mental tienden a sufrir más “accidentes” debido al descuido parental.

Algunos padres dejan a su hijo en una tina bañándose y se van a servir la cena para encontrar al hijo ahogado, otros dejan abierta la ventana del departamento para que el hijo se tire (Ver “El anticristo” de Lars Von Trier), otros no protegen sus escaleras y el niño cae y se desnuca. Un hijo con problemas físicos o mentales en algunas ocasiones genera una gran herida narcisista en los padres que deben ser “perfectos”.

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Estos son casos extremos, pero los oímos con más frecuencia de la que debiéramos, sin embargo también debemos cuestionarnos si este adolescente que estamos abandonando a su suerte no nos mueve asuntos internos, inconscientes, de rechazo.

O pensar en ¿qué ha servido el “síntoma” de nuestro hijo para mantener la homeostasis familiar? ¿Se ha vuelto alcohólico para tapar el alcoholismo de la madre? ¿Se volvió bulímica para mantener a la familia unida en la preocupación y que el padre no se fuera con su amante? Estos son los que llamamos “chivos expiatorios” o “chivos emisarios” de un problema familiar que no se está detectando a tiempo.

Hagamos un viaje hacia adentro, pensemos, sostengamos a nuestros hijos y, si es necesario (y muchas veces lo es) busquemos ayuda de un profesionista en el área de la salud mental.

Todos nuestros hijos deben ser rescatados, nunca abandonados.

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