Uno a uno, así fueron muriendo los miembros de esta familia en Iztapalapa, Ciudad de México, a causa del COVID-19.

«Ahora ya la casa está sola, se siente fría, ya no hay nadie en esa casa, todo se acabó. En un mes se acabó todo», dice con evidente tristeza María del Carmen Álvarez, sobrina del matrimonio que habitaba el hogar de la familia.

Las cabezas de la familia eran Emilio, 68 años, y Aurora, 65 años. El primero en enfermar fue Julio César, el menor, con 35 años, quien padecía hipertensión. Sin embargo, el primero que perdió la vida fue su hermanos mayor, Ricardo, 45 años; enfermó un poco después que él.   

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«Lo llevaron al hospital, pero más tardaron en recibirlo que en decirles que tenía ya media hora de haber muerto», contó la sobrina a un medio.

Unas horas después de haber sido incinerado Ricardo, murió el menor, Julio César.

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La suerte ‘estaba echada’, los padres de Ricardo y Julio estaban contagiados y tan solo ocho días después, la muerte visitaba a la familia Sánchez González por tercera ocasión: Don Emilio perdió la batalla. A los cinco días, era Doña Aurora perdía la vida.

«Fue una cosa desesperante, impotencia de ver cómo llega la muerte y sin poder hacer nada», concluyó la familiar.

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