“Americanos, bajo cuyo nombre comprendo no sólo los nacidos en América, sino a los europeos, africanos y asiáticos que en ella residen: tened la bondad de oírme”, con esas palabras se dirigió Agustín de Iturbide a todo poblador de lo que en aquel entonces comprendía el territorio de Nueva España en América. Este 24 de febrero se cumplieron doscientos años de la promulgación del Plan de Iguala, documento que sentó la consolidación de la independencia de México. 

Su vigencia duró hasta el ocaso del Primer Imperio Mexicano, cuando fue sustituido por la Constitución de 1824. No obstante, su relevancia posterior en cuestiones relacionadas con la fuerza política que mantuvieron los militares y la iglesia en el país muestran que desde su creación se revelaban los futuros conflictos en México.


La creación del Ejército Trigarante conformado por la unión entre antiguos enemigos, insurgentes y realistas marcó lo fundamental que sería el aspecto militar en la política durante el XIX. Por otro lado, en el artículo 14 se establecía que el clero tanto secular como regular mantenían sus fueros y propiedades. Fue un tema que causó varias contiendas entre el Estado y la Iglesia durante gran parte de dicho siglo. 

Es un escrito que ciertamente presenta distintas maneras de análisis a pesar de su pequeño contenido y corta duración. Su relevancia para la historia oficial radica más en su lugar como parte del proceso de independencia de México, que en su contenido. De hecho, el texto en sí contiene elementos que se alejan de la idea de una separación total de la nación y Europa, según entiéndase el establecimiento de la República que vino años después como signo de independización; en ese sentido la Constitución de Apatzingán (1814) que nunca entró en efecto fue más cercana a tales ideales. En el artículo 4 se establecía que el emperador (en el Plan de Iguala se habla de Imperio Mexicano) sería Fernando Séptimo o cualquier miembro de su dinastía u otra reinante. Sin embargo, la monarquía planteada era la constitucional, en lugar de la absoluta.

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Otro elemento importante es el disgusto de Iturbide ante el movimiento independentista de Miguel Hidalgo, expresado de la siguiente manera en el documento: “Esta misma voz que resonó en el pueblo de los Dolores, el año de 1810, y que tantas desgracias originó al bello país de las delicias, por el desorden, el abandono y otra multitud de vicios…”. Una cita que deja ver cómo las ideas de los personajes de tales luchas no siempre estaban de acuerdo la una con la otra.


El filósofo Luis Villoro establecía en su obra El proceso ideológico de la Revolución de Independencia (1953) que entre el movimiento de Hidalgo y el de Iturbide no había nada en común. A pesar de eso ambas figuras representan el inicio y fin de la independencia del país, incluso cuando la del cura sea la más conocida.

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A medida que transcurra este año de conmemoraciones, paralelamente surgirán nuevas preguntas sobre los procesos en la historia de México. El 27 de septiembre se estarán cumpliendo doscientos años de la consumación de la independencia, y en relación con ello, le acompañarán reflexiones sobre todos aquellos años de vida independiente de la nación mexicana.

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Emerio Anaya
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