Sí, el título de esta crítica cita a una curiosa película ochentera que por un momento nos quiso hacer creer que Madonna tenía futuro como actriz. En este caso tengo ante mí, por segunda ocasión, un filme que brevemente gozó de aprobación unánime por parte de los críticos, y que ahora compite por el galardón de Mejor Película y Mejor Dirección y un par de categorías actorales.

Y todavía no me acabo de explicar por qué.

Verán, no voy a decir que ‘Lady Bird’ (d. Greta Gerwig, a la que hago alusión en el título) es una mala película. Es una película entretenida hasta cierto punto, donde uno puede llegar a exaltarla como un clásico independiente si conecta con la personalidad narcisista y voluntariosa del personaje titular, Christine ‘Lady Bird’ McPherson (Saoirse Ronan). En lo personal no conecté del con dicha interpretación en la primera vista, y para la segunda se me hacía francamente irritante, pero a lo mejor estaba padeciendo de un episodio temporal de “intolerancia Millennial” (es una enfermedad real, no me juzguen). El caso es que creo que esta película se está beneficiando de una agenda social como pocos títulos desde que la reiterativa ’12 años como esclavo’ venció a filmes como ‘Gravedad’, ‘Escándalo Americano’ y ‘El Lobo de Wall Street’ para que después se revelase que casi nadie de los votantes la había visto.

Bueno, llámenme cínico y vean de qué se trata: la historia parte con la mencionada Lady Bird y su madre Marion (Laurie Metcalf, en una actuación sin tacha) discutiendo en el auto pues la adolescente está ensimismada por irse a estudiar la universidad a Nueva York con tal de abandonar la monotonía de Sacramento, California. Mamá le explica por enésima vez que la familia pasa por un delicado momento económico debido a que Papá Larry (Terry Letts) perdió su trabajo, y le recuerda a su hija que sus calificaciones tampoco son tan estelares como para andar aspirando a becas. Acto seguido Lady Bird se arroja del auto en movimiento, y se fractura un brazo.

Ahora bien, si simpatizas con la chica y no con la mamá, lo más probable es que el resto de sus peculiares actitudes y desatinos te parezcan “monos”, sintomáticos de una edad difícil o antesala de un proceso de aprendizaje y maduración. Oh, lector o lectora que no sabe lo que le espera: me apena decir que al menos el último punto te va a quedar a deber, mucho. Esta joven no parece ser la clase de personaje que aprende y madura, sino que está atrapada en una de esas ruedas de ejercicio que le ponen a los hámsters y nos tenemos que soplar su rutina durante 94 minutos.

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Al principio vemos que el entorno de amistades que rodean a la protagonista se reduce a la noble Julie (Beanie Feldstein), siempre dispuesta a prestar un hombro sobre el cual llorar y un consejo de sensatez a la caprichosa Lady Bird, quien insiste que le llamen por este peculiar nombre en su afán de reinventarse. La cosa es que nunca le hace caso a su amiga, termina remplazándola de una manera por demás cruel e insensible y, ¿de la reinvención? Me queda muy poca duda al afirmar que la persona que vemos al cierre de la historia es prácticamente la misma del principio.

Ojo, hay instancias donde seguramente hay quien se puede identificar con ella y sus problemas, y eso nos hace tamizarlos al punto de la aceptación tácita respecto a su proceder. ¿Pero por qué? Cuando encuentro problemas para decidir si me agrada la forma de conducirse de un personaje fílmico a menudo pienso si me caería igual de bien si no fuera una estrella de Hollywood y si fuera mi hermano, viviendo en mi hogar. Si no le tolerarías ciertas actitudes y conductas a un familiar, me suena raro que se las toleres al héroe o heroína (en este caso) de la historia. ¿Somos tan baratos para repartir simpatías?

Volvamos a la trama: la cuestionable toma de decisiones de Lady Bird va tomando forma en situaciones que podrían generar cierta empatía, pero la verdad me parecen monótonas. Muere por tener sexo con un chico, y opta por el trágicamente confundido Danny (Lucas Hedges), con quien aparece en la obra teatral del colegio. También busca ser aceptada como “chica mala” y sustituir a la “normalita” Julie por la despampanante Jenna (Odeya Rush), y en el entretiempo se las arregla para seguir peleando con su mamá, en hacer sentir mal a su padre por no ser capaz de mantenerle en una escuela neoyorquina (a la que es muy improbable que llegue de todas formas) y en coquetearle a otro chico “cool” (Timothée Chalamet) que toca la guitarra en una mediocre banda de rock. No es precisamente material de Jane Austen, lo sé, pero siento que todo pudo ser un poco más… trascendente.

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No voy a abordar un final que termina siendo bastante predecible ni las resoluciones de algunos conflictos que suenan cada vez más huecos tras analizarlos de forma reiterada. Prefiero preguntarme qué clase de mosca le picó a los críticos para aprobar en masa una película que es drásticamente inferior a otras joyas “indie” estelarizadas por personajes femeninos sólidos. Vienen a la mente Ellen Page en ‘Juno’, Charlize Theron en ‘Monster’, Reese Witherspoon en ‘Elección’… y hasta Reese Witherspoon en la primer entrega de ‘Legalmente Rubia’, aunque no haya sido cine independiente. Les juro que ese personaje tiene más dimensiones que ‘Lady Bird’

Me duele que el voto de culpa, la corrección política o que la necesidad de inclusión compensatoria se maneje de formas cada vez más burdas y predecibles. Lo siento mucho, pero si el mandato era nominar al menos una mujer directora para los próximos Oscar merecían más consideración realizadoras como Katheryne Bigelow en la devastadora ‘Detroit’, Dee Rees en la consistente ‘Mudbound’ y hasta Patty Jenkins, siquiera por romper con el mito de que no se podía realizar un filme del género de superhéroes con protagonista femenina, éxito en taquilla y que además cumpliese con la prueba de Bechdel. Que me disculpen los apologistas de Greta Gerwig, pero no me conquistó con innovadores manejos de cámaras y espacios, no me hizo encontrar nada revolucionario en su historia (también es la guionista, por cierto) ni me provocó a esperar ansioso su próximo proyecto. Es más, culpo a Natalie Portman y a su participación en los Golden Globes por el inmerecido distingo que se está llevando Greta.

Bueno, algo sí logró la mencionada: confirmar que no puedo sentir simpatía por una chava malagradecida que le insinúa a su medio hermano, de origen latino, que él solamente fue aceptado por una escuela del Ivy League por “cubrir con una cuota”. Analicen esa línea de diálogo, y después estudien objetivamente las nominaciones de Lady Bird. Hay ironía pura y sin destilar, ahí…

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