El clima de violencia e intolerancia se extiende por todo el mundo. Comienzan a resultar parte de lo cotidiano las consecuencias de la crueldad y la visión intransigente de muchos. La mayoría de los “inconformes” que perpetra un acto en contra de quien no comparte sus ideas, ostenta una posición de poder que le otorgan herramientas como el dinero, un cargo importante o un arma, actuando sin importar las consecuencias ni lo que hay alrededor.

Los crímenes de odio se convierten en el pan de cada día para los grupos vulnerables, a quienes no dejamos de llamar vulnerables, porque siguen expuestos a la discriminación y a la falta de legislaciones que los protejan.

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Estos delitos, se cometen cuando una persona escoge a su víctima debido a su raza, religión, etnicidad, género, características físicas u orientación sexual, es decir, son originados y ejecutados por prejuicios.

Es claro el odio que se tiene en el mundo, que la intolerancia es parte del día a día, en nuestra ciudad, con los vecinos y a veces con nuestra propia familia. Desde los que se pasan un alto, hasta los que ocupan los asientos para discapacitados en el transporte público y que claramente no lo necesitan. Todos ellos son parte de la intolerancia.

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Dicen que se debe predicar con el ejemplo. Es lamentable, muy lamentable que así como hay grandes testimonios de líderes y autoridades que influyen en cambios y transformaciones positivas, también haya y en mayor medida quienes generalizan, naturalizan y hasta se institucionalizan la injusticia al no actuar ante ella.

Bien decía Mahatma Gandhi “Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego”. Y es que la intolerancia tiene un destino: el fracaso total. Es mi opinión…

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