La marcha de Zacatecas

—¡Órale escuincles, que ya está cayendo el sol y se les va a hacer tarde! – gritó Diógenes el cuidador de las parcelas de don Eulogio.

Ni tardos ni perezosos salimos todos del canal de riego donde nos dábamos el chapuzón; el Pingüica y el Ratón salieron corriendo descalzos con la ropa en la mano para su casa de aquel lado de la nogalera, yo nomás crucé el campo de beisbol y ya estaba en casa.

Entré corriendo por el zaguán mientras el chamuco me ladraba persiguiéndome.

¿Pos onde andabas muchacho de porra?, ya mero nos vamos y tu ni te has bañado – reclamó la Abuela Licha.

—Ya me bañé en el canal abuela –le dije animosamente.

—Ande, diantre atascado, ¡venga para acá!  Mire nomás -dijo mientras me jalaba las patillas-  si no te bañaste, parece que te batiste en agua cochina.

—Pos ya nomás me enjuago Abuela –le supliqué.

—Se enjuaga madres ¡Ándele córrale a bañarse como buen Cristiano!

Ese domingo era la coronación de la Reina de las Fiestas del pueblo, así que me bañé “como Dios manda”, me puse la ropa dominguera y salimos al teatro del pueblo donde se realizaría el evento.

Cuando íbamos llegando, a lo lejos escuchamos las primeras notas de la banda de música que daban la bienvenida a los asistentes al Teatro.

Unos minutos después, el maestro de ceremonias pidió un aplauso para el Presidente Municipal que en ese momento iba entrando al teatro, mientras la banda tocaba la marcha de Zacatecas.

El presidente en turno se llamaba Faustino, todo el rancho lo conocía como “la Cucaracha” desde que era un niño y ya nadie ni se acordaba por qué; y digo que lo conocían, porque apenas había llegado al poder, y lo primero que hizo fue prohibir a todo el mundo que le llamaran así.

Faustino quedó como presidente municipal solo porque el anterior presidente era su compadre y lo había señalado para que fuera el próximo. Dicen que Faustino nomás tenía hasta sexto de primaria.

La Cucaracha

Después de las palabras de bienvenida y los bailables, llegó el momento de la ceremonia de coronación de la Reina.

Faustino el presidente municipal, tomó la corona, acto seguido giró para colocársela a la flamante Reina, luego de colocársela, tomó el micrófono y dijo:

“Yo Faustino Sánchez, presidente Menucipal, te corono como Reina… condenadota” –acto seguido, le dio una soberana nalgada a la muchacha delante de todos, tan fuerte que la pobre dio un brinco hacia adelante, peló los ojos y se puso más roja que un tomate; mientras  el cura del pueblo se hacía socarronamente el disimulado arriba en el entarimado.

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Acá abajo, la Abuela Licha estaba que no la calentaba ni el sol, se levantó como resorte de su asiento, pero el tío Momo la apaciguó: “perese amá, tranquila, tese sosiega, ¿pos que trae?” –le dijo nervioso.

— Mendigo Faustino, viejo rabo verde, me las va a pagar el desgraciado –dijo la Abuela apretando los dientes.

El jolgorio siguió, luego tocó el turno para cantar a “Los Tornachiles de La Laguna” y luego vimos los tan socorridos fuegos artificiales.

Ya para cerrar el festejo, el maestro de ceremonias dijo al público:

“…y por último, queremos agradecerle al Señor Presidente Municipal que haya tenido a bien compartir con nosotros esta noche, en la que nos demuestra que es parte de nosotros, el pueblo, gracias Don Faustino o como de niños le llamábamos cariñosamente  “la Cucaracha”, porque estar aquí, nos demuestra que es una persona…”

—¿Qué “dijistes” jijo del maíz? –Gritó Faustino levantándose de su lugar mientras sacaba la pistola envalentonado.

La gente gritó asustada a una voz.

—Señor presidente, yo…

—¿A quién chingaos le dices “la cucaracha” cabrón? ¿Eh?, ándale, ¡contesta!

El maestro de ceremonias se puso más blanco que una vela, desde abajo veíamos como le temblaban las piernas, las manos le temblaban tanto, que las hojas del discurso parecían que fueran un abanico.

Faustino fue hacia él y le arrebató el micrófono que hizo un pitido ensordecedor.

Nomás sépase una cosa, que esas faltas de respeto a mi persona no serán toleradas en mi gobierno –vociferaba mientras sostenía el micrófono en una mano y la pistola en la otra- porque yo soy el Presidente Menucipal, ¡yo soy la ley! y el próximo que me diga asina como me dijo usté merolico de tercera, me lo quiebro ¿Tamos claros?

El maestro de ceremonia sudaba a chorros, el teatro estaba mudo, los niños abrazaban a sus madres…. y yo escuchaba latir fuertemente a mi corazón, cuando de pronto se escuchó una voz.

—¡Pinche Cucaracha, hijo de la chingada!

¿Quién chingaos jué? –El presidente casi echaba espuma por la boca- ¿Qué me digan quién chingaos jué?

—¡Aquí abajo maldita cucaracha infeliz! ¡Órale, mátame a ver si eres tan hombrecito!

La Abuela Licha gritaba parada encima del asiento y zangoloteando el bastón al aire; el tío Momo estaba tan blanco como las sabanas que ponía a secar al sol la Abuela… y yo sentado a un lado, con el corazón en la garganta, bueno, al menos eso creí que era.

Faustino localizó a la Abuela Licha, peló los ojos y reconociéndola carraspeó.

—Pérese Doña Licha, que el pleito no es con usté, es con este jijo de su mal dormir que…

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—¡No te hagas infeliz! -dijo enfrentándolo de nueva cuenta- dijiste que te ibas a tronar al próximo que te dijiera ansina, así que órale, cabroncito apriétele a la de ya.  ¡Cucaracha!

—Ya en serio Doña –dijo la Cucaracha- siéntese que no quiero problemas con las viejas, esto es entre machos.

—Mis naguas tan más puestas que tus pantalones –gritó la abuela- ¡dispara poco hombre!

—Señora, usté me está ofendiendo y usté no tiene ningún derecho a…

—¡Y tú no tienes ningún derecho a agarrarle las nalgas a esta pobre muchacha! –exclamó la Abuela- Eso es lo que eres ¡Cucaracha!

—¡Óigame Señora! -gritó el presidente.

—¡Pinche Cucaracha! –se escuchó la voz de una joven- que venía desde el mismo entarimado.

La Flamante Reina estaba de pie gritándole a Faustino, luego, se acercó al Presidente, se quitó la corona y se la arrojó a los pies.

—¿Usté Florecita? –Dijo azorado Faustino viendo a la Reina- ¿pos que fregaos se trae?, si yo compré la mayoría de los votos pa que usté ganara y….

—Pero eso no le da derecho Faustino, que digo Faustino, ¡Cucaracha! –dijo la dama.

Faustino se acercó violentamente a Florecita cuando en el Teatro se escuchó una voz anónima:

—¡¡Déjala Cucaracha!! –Se escuchó desde el fondo.

—¿Quién fregaos me…? –apenas alcanzó a decir Faustino.

—¡Cucaracha! – se escuchó otra voz.

—¡Cucaracha! -surgió una más.

—¡Cucaracha, cucaracha, cucaracha, cucaracha, cucaracha! – una a una, las voces de las mujeres del pueblo se fueron sumando, mientras se ponían de pie y le gritaban al presidente.

Era como si todas las voces fueran una sola voz, de una sola mujer, gigante y valiente.

El Revoltoso

Faustino enmudeció y empequeñeció, no le quedó más remedio que guardar la pistola y con la cara ardiéndole de vergüenza bajó del entarimado y corrió como rata cuando se hunde el barco.

Entonces sucedió algo mágico, cuando atravesó la puerta principal de teatro el público entero, el pueblo comenzó a aplaudir que parecía el sonido de la lluvia cuando parece que el cielo se va a caer.

Ya afuera del teatro, el tío Momo le dijo a la Abuela:

— “Ora amá, que por poco y hace que me dé el infarto”.

—¿A ti te hubiera gustado que Faustino te agarrara el trasero mijo? –preguntó la abuela.

—¡No amá! ¿Cómo cree? –contestó indignado el tío- si soy hombre.

—Pues a Florecita tampoco mijo, y es mujer –dijo la Abuela- además no sea  zacatón… ¿o qué?, ¿con tan poquito pinole se ahoga?

 

¡ Hasta el próximo Domingo ¡

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