Asado de puerco y siete sopas.

Apenas comenzaba el mes de diciembre, y me comenzaba a brincar el corazón de alegría, llámenme como quieran, pero es que el 12 de diciembre me marcó desde mi infancia para toda la vida.

Mi padre era muy trabajador, muy estricto, derecho, sin poses, para muchos duro, pero como la abuela Licha siempre me dijo: “Aprenda de su padre, es un hombre para el que primero está su familia y es muy acarreador”.

Y era verdad, mi padre cuando era temporada de sandía y melón, llegaba casi a diario con algunos en la camioneta, si salía de viaje, siempre regresaba con algo, podría escatimar para muchas cosas, pero para la comida no.

Una de las cosas que más le gustaba era ir el 12 de diciembre por “reliquia”, yo como su principal cómplice ya me la sabía, lo esperaba con tres o cuatro viandas para traer ese delicioso manjar.

En el norte, específicamente en lo que es La Comarca Lagunera (La Laguna), se acostumbra que, en medio del festejo a la virgen de Guadalupe, se haga una danza, luego sigue un rosario, y al terminar viene lo bueno… ¡Se entrega la reliquia!

Cualquiera puede hacer fila, no importa quien seas o de donde vengas, hay tres opciones, la primera es comer ahí, la segunda es hacer fila con la vianda para llevar, y la tercera (mi preferida) es la de sentarse para comer ahí y dar la vianda para llevar.

Ya escucho a muchos de ustedes preguntar ¿Qué es la reliquia?, pues bien, la reliquia es un delicioso asado de puerco (chile rojo), que se acompaña con arroz rojo y como siete variedades de sopas secas (pastas), incluyendo a la plumilla con queso y tomate.

—Abuela, abuela ya se oye la camioneta de mi papá –grité emocionado- voy a esperarlo afuera.

—¿Ya llevas las viandas para la reliquia? –preguntó la abuela.

—Si abuela, aquí llevo todo –dije saliendo aprisa de la casa.

Sin falta cuando mi padre me veía comenzaba a pitar, daba tres pitos cortos y uno largo en forma de saludo.

—Ándele que luego no alcanzamos –dijo mi padre- ¿Ya traes en que llevar?

—¡Claro papá! – contesté feliz.

—¡No seré católico, pero a la virgencita no le fallo ningún 12 de diciembre –dio mi padre.

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Pocos eran los momentos que pasaba al lado de mi padre, que hacíamos algo juntos y este era uno de ellos.

—¡Viene la primera! –decía mi padre- ora mijo, bájese.

Lo primero que hacíamos era ver si ya se había terminado de rezar el rosario, si era afirmativo, yo tomaba la primer vianda, generalmente primero era la casa de Doña Domitila, quien era la que comenzaba más temprano y ya tenía lista la reliquia.

Parejitos como en la danza.

—Ya regresamos abuela –grité a la abuela apenas entraba a la casa.

—¿Y su padre? –preguntó.

—Me está esperando en la camioneta con las otras viandas –le dije.

—¿No le vaya a caer una mosca verdad?

—Pos eso dijo.

—Sí, ya sé que eso dijo si ya lo conozco.

—Ahí vengo abuela, voy por las demás –dije.

De una en una comencé a meter las viandas, cuando entré con la última, mi padre venía unos pasos detrás.

—¿No te cansaste? –le dijo la abuela a mi Papá.

—¿Yo?, ¿De qué? –preguntó extrañado mi padre.

—Pos eso es lo que yo te pregunto, ¿De qué te cansas?, si el pobre de mijo tuvo que traer solo las viandas.

—A su edad cuidaba las chivas en el monte yo solo –dijo mi padre.

—Porque no te gustó el estudio, dejaste de ir a la escuela.

—Porque me aburría madre, a los ocho años ya sabía leer, escribir, sumar, restar, multiplicar y hasta dividir, es más, les ganaba a los de sexto, me decían “el rey de la aritmética”.

—Ay mijo, nunca te voy a ganar una ¿verdad? –dijo suspirando la abuela.

—Mejor vamos a comer que me muero de hambre, con eso de andar de casa en casa buscando reliquia…

—Y como andaban a pie ¿verdad?

—Ya amá, ya no haga coraje, si ya sé que este canijo es su consentido, ande, mejor caliénteme unas tortillas que ya me gruñen las tripas.

—¿Ya te lavaste las manos?

—Uy, desde la mañana –dijo mi padre.

La abuela solo movió la cabeza y se retiró riendo a la cocina.

Las tortillas recalentadas así ligeramente quemaditas, eran perfectas para acompañar al asado con las diferentes sopas, mi padre tomaba un chile serrano, le ponía la punta en la sal y luego lo mordía, acto seguido, le entraba al asado, y así hasta que terminaba.

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Hace falta el viejo de la danza

Ahora recuerdo, que en la tercera casa donde pedimos la reliquia aun no comenzaban a rezar, apenas estaba la danza con los matachines afuera de la casa.

Sus vestuarios rojos hacían contraste con los huaraches blancos, que al zapatear el suelo hacían que se levantara algo de tierra, lo bueno es que habían regado con agua el suelo, que si no, estaríamos en medio de una nube de polvo.

—Papá ¿para qué es el viejo de la danza? –le pregunté a mi padre.

—La danza es como la vida, y esos  viejos de la danza son como uno, como los viejos de la casa mijo, son los que llevan el orden, la disciplina, los que auxilian a los danzantes, son los que asustan a los niños para que se porten bien en la danza, aunque luego se enojen las madres, también traen su látigo para poner a la gente en raya, pero ojo, cargan con un morral a cuestas, siempre lo  traen, nunca lo sueltan, porque gracias a esa carga pueden arreglar los huaraches de sus danzantes cuando estos se les descomponen.

—¿Todo eso es el viejo de la danza? –pregunté.

—Así es mijo, todo eso es el viejo de la danza, no se le olvide que: “Una danza sin «Viejo de la danza», pos no es Danza”.

En ese momento, vi la mirada más tierna de mi padre, como jamás me había visto, tocó mi cabeza, me despeinó y me dijo: “Un día, cuando esté grande, cuando tenga sus hijos, entenderá lo que es ser el viejo de la danza”.

Mientras mirábamos la danza mi papá comenzó a cantar aquella canción de:

«Viejo de la danza, pícate la panza, sácate el menudo, cómetelo crudo»

Hoy es 12 de Diciembre, hoy me toca ir por reliquia, hoy recuerdo mucho a mi padre, y si, ahora entiendo que “Una danza sin «Viejo de la danza», pos no es Danza”

 

 

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