Los Rolling Stones

El Mike era el rebelde del barrio, le decían la hormiga, había llegado de Chicago después de vivir allá una temporada, traía pantalones y chalecos de mezclilla tan viejos que parecía que iba a pedir limosna, su pelo largo de la parte de atrás y al frente ya escaseaba.

—¡Mire nomás que música, es de locos! –decía Doña Ninfa, la católica más católica después del Papa-

—Pero sus padres, ¿Cómo le permiten que escuche esas cosas?, esa música es de ateos, paganos, adoradores de Satanás –exclamó casi con espuma en la boca Doña Martha-

—No, si ha de ser socialista, de mí se acuerdan, este es socialista –comentó casi temblando Doña Ninfa-

La música que escuchaba Mike era de “Los Rolling Stone” y fue mi primer contacto con una música diferente, no la entendía, creo que ni me gustaba, pero fue un momento de descubrimiento.

Los domingos cuando salía a pasear se ponía su chamarra de mezclilla con la característica lengua de su grupo favorito en la espalda, el mismo la había pintado.

Su papá y mamá eran Don Miguel y Doña Sarita eran dos personas muy mayores, él, Miguel su hijo menor, el mayor dicen había muerto en Vietnam unos años antes, la hija, la de en medio también perdió la vida en un accidente en los Estados Unidos, así los ancianos se quedaron solos, fue cuando Miguel, “El Mike” decidió regresar a casa.

Los viejos del Mike lo esperaban ansiosos emocionados, pero al verlo, recibieron a un hijo diferente al que se había ido, otro pelo, otras ropas, otras costumbres, pero así lo acogieron y no dijeron nada, era su hijo, y no estaban dispuestos a perderlo por una diferencia como esa.

— “Mira viejo, haz de cuenta que es como esa gente que viene de otros países, ¿te acuerdas de los que venían de Egipto a buscar petróleo y nomás no encontraron nada?, ándale pues así mero, anda viejo, quiérelo así, y así lo quiero yo, que ya no quiero perder otro hijo, ya no más –dijo aquella tarde Doña Sarita-

Don Miguel simplemente asintió con la cabeza y estuvo de acuerdo, su hijo era su hijo, no había más.

A veces cuando nos encontrábamos a Mike, su forma de saludar era con los dedos al estilo de “amor y paz” y en ocasiones lo acompañaba con la frase: “this is the rolling stones”, a mí Mike, “la hormiga” me caía muy bien.

Churros… rellenos

A veces el Pingüica, El Chanate, la taza (el que nomás tenía una oreja) y yo, nos juntábamos con “La Hormiga”, las mamás de mis amigos los regañaban, a mí, la abuela Licha nunca me regañó, nomás me preguntaba que como nos habíamos portado, era imposible mentirle.

Y no culpo a las mamás, y es que en aquellas épocas fumar mota y adorar a Satanás, para mucha gente era lo mismito, y Miguel acá entre nos, era el marihuano del pueblo.

Marihuano y lo que quieran, El Mike nos enseñó a meter los gusanos a los anzuelos para irnos a pescar con su papá a la presa, ahí  después de un rato, Mike se nos perdía y se iba a “conectar con la naturaleza”, en ese entonces yo no sabía lo que él hacía, pero ahora sí.

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Los Domingos le gustaba preparar “lonches” para sus padres, si, ese delicioso manjar lagunero de aguacate con carne de puerco o queso, parecido a las tortas, pero no, no son lo mismo, estos lonches llevan un pan parecido al telera o bolillo, pero nada que ver, es otra cosa, textura y sabor, solo un lagunero conoce lo que es un “pan francés”.

En ocasiones nos invitaba y con aquel pan recién salidito del horno, era una delicia.

—Al mío quítale las orillas –decía Doña Sarita.

—También al mío –pedía Don Miguel.

El Mike guardaba las orillas que estaban crocantes y les untaba mayonesa y mostaza, luego se las comía mientras preparaba los demás lonches.

—¡Esto es lo mero bueno!, allá en Chicago no hay nada parecido a este pan – decía.

Mike tenía muy buenas ocurrencias, a todos nos hacía reír, una vez se puso la playera en la cabeza y comenzó a imitar a Doña Ninfa, así como cuando lo condenaba a irse al infierno, el Mike era la mota, digo, la onda.

Quemándole las patas al chamuco

No voy a olvidar aquella tarde en la que se quemó la mantequera, se veía el humo hasta la casa y mucha gente salió corriendo a ver en que ayudaba, los bomberos de acá hacían lo que podían, el Mike tomó su bicicleta para ir de curioso, y nosotros al verlo salimos igual.

Cuando llegamos a la mantequera, vimos como el fuego estaba doblando las láminas de las paredes superiores y del techo, los bomberos arrojaban agua a las láminas pero estas la regresaban hirviendo, por lo que tuvieron que replegarse y tirar el agua más lejos, eso era un desastre.

—Hay gente adentro, de aquel lado de la fábrica –gritó una persona que estaba encima del cerrito.

Lamentablemente la fábrica estaba construida en una esquina del cerrito, por lo que solo se podía entrar por el portón principal, la gente se había ido al patio lo más cercana al cerrito, pero estaba tan empinado que era casi imposible salir de ahí.

—¡No hay manera de entrar por la puerta, está muy caliente y tiene cadenas! –dijo el jefe de bomberos- tendríamos que pasar por el fuego y la gente se nos va a quemar.

—Oiga jefe, ¿y si entramos por otro lado? –preguntó Mike.

—¿Qué no oíste muchacho?… que no hay entradas, es la única –contestó.

—¿Y si hacemos una? –preguntó.

—¿Quién dejó pasar al marihuano acá? ¡llévenselo! –explotó el jefe de Bomberos.

Varios bomberos tomaron al Mike de los brazos y se lo llevaron a unos metros, luego un par de segundos después, se escuchó el rugir de un motor, una sirena, y un grito a todo pulmón:

¡Háganse pa un lado!… ¡Ahí va el golpe!

Era el Mike, montado en la pipa de los bomberos echando humo y con el acelerador a fondo, la gente se quitó del camino ante tal bestia (la pipa), luego se abrió casi pegado al cerrito y giró hasta casi voltearse, entrando esquinado por una de las bardas de la mantequera, el golpe fue brutal, tan seco que se sintió en el suelo y en la panza, como la barda era por fuera adobe y por dentro ladrillo, ya se han de imaginar el terregal que se levantó.

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Un par de minutos después, la gente comenzó a salir entre la nube de polvo, mis amigos y yo estábamos preocupados por nuestro amigo, que no se veía salir, en eso vimos que alguien parecía venir, pero no, eran unas señoras, de esas que no pueden correr.

—¿Vamos por el Mike? –les dije al Pingüica y al Chanate- no lo podemos dejar ahí.

—A lo mejor se pegó del trancazo y no se puede mover –dijo el Chanate.

—¡Vámonos pues! –gritó el Pingüica.

Apenas habíamos comenzado a darle a las bicis, cuando escuchamos gritos de la gente.

—¡Ahí viene, ya viene –decían algunos.

—¡Ya salió el marihuano! –se escuchó una voz.

Marihuano o no, era nuestro amigo, aventamos las bicis y fuimos a su encuentro, venía sangrando de la cabeza y el rostro, su chamarra de mezclilla tan querida estaba casi toda roja.

Se apoyó en el Chanate y en mí para poder caminar con dificultad.

Unos metros más adelante llegaron los de la cruz roja y casi lo llevaron en vilo.

A la mañana siguiente fue la policía por el Mike al hospital de la Cruz Roja, pero no lo dejaron salir porque estaba convaleciente, al ayuntamiento lo acusaba de haber dañado la pipa de los bomberos, y el dueño de la mantequera de haberle hecho una entrada a su fábrica…sin permiso.

Y sucedió lo impensable, aquellos padres amorosos que habían perdido a sus hijos, prefirieron perder otro, con la ayuda de uno de los veladores sacaron a la noche siguiente al buenazo del Mike, lo subieron a una camioneta y lo llevaron a Torreón, ahí estuvieron un par de días con un amigo de Don Miguel y después se fueron a dejarlo a Ciudad Juárez.

Ahí, en Juárez se despidieron de su hijo, Doña Sarita le dio la bendición y Don Miguel un paliacate con dinero… y esa fue la última vez que vieron a su hijo.

A mí me llegó a mandar cartas desde Chicago, una de ellas traía una foto de un concierto en Chicago con la leyenda: “Let It Rock, my friend, Let It Rock”.

Ahora más que nunca recuerdo aquella frase que decía seguido: “pero un día van a vender la mota en abonos”, ¿y sabes que amigo?… a lo mejor y tienes voz de profeta.

 

¡Hasta el próximo  Sábado!

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Eterno admirador de las mujeres y de mi vecinita que acá entre nos, se parece a Salmita Hayek.

Hablo latí­n, latón y lámina acanalada.

Me invitaron a la última pelí­cula de Quentin Tarantino pero no traí­a para la entrada, además no me gusta la sangre, por eso mejor me fui a comprar unos tacos de tripitas.

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