El escolta del Papá que no creía en Dios… Ni en el Papa (cuento no apto para ateos)

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Ni con Dios ni con el Diablo.

Estaba yo en la primaria no recuerdo si en quinto o sexto, pero fue en el año de 1979 cuando vino el papa Juan Pablo II por primera vez a México, era la noticia del año, quizá la del siglo.

De repente comenzaron a sonar las campanas de la iglesia, y la gente no sabía por qué, pero es que el sacerdote cuando le avisaron que el papa ya estaba en México las mandó replicar de pura alegría, dicen que después cuando sus superiores se enteraron lo regañaron, quien sabe si fue cierto.

Pero lo que si es cierto fue la llamada de una prima de la abuela Licha.

—Mamá, le habla la tía Engracia –dijo la tía Tere a la abuela.

—Mira nomás que milagro si esta mujer casi ni me habla –contestó la abuela.

—Ándale amá, que está como llorando, está muy rara.

La abuela corrió y tomó el negro teléfono de disco que no tenía mucho de haberse instalado en la casa, no puse mucha atención a lo que decía la abuela, pero la exclamación era así como de sorpresa, palabras como “¿a poco?” “¿en serio?” y “¿Cómo fue eso?” si las alcancé escuchar, pero mejor esperé a que terminara para saber toda la historia.

Apenas colgó la abuela, y la tía Tere y la tía Inés corrieron a preguntarle a la Abuela que era lo que había sucedido con la prima de la abuela.

—¿Qué pasó mamá, qué pasó? –preguntaron casi al mismo tiempo las tías.

—¿Se acuerdan del esposo de la prima Engracia?

—¿El tío Macario? –contestó la tía Tere.

—El mismo, pues con la novedad de que o nombraron escolta del Papa ahora que está en México.

Las tías gritaron tanto que creo que hasta la fecha el oído del que estoy medio sordo fue por ese eufórico momento.

—¿O sea que va a ser guarura amá? –cuestionó la tía Inés.

—Nombre, si Macario es de esos policías que traen moto en la capital y lo seleccionaron para que acompañe al papa Juan Pablo en su recorrido –explicó la abuela- ya se han de imaginar cómo anda vuelta loca Engracia.

—¿Y el tío Macario que dice?, ¿está contento?

—Pos dice Engracia que a él le da igual.

—¿Cómo que le da igual?, ¡pero va a estar junto del Papa mucho tiempo! – dijo la tía Tere.

—Nombre, si Macario es más ateo que Marx.

—¿Y quién es Marx amá? –preguntó la tía Inés.

—Pos un tipo igual de ateo que el primo Macario.

Y entre ateos, comunistas y similares, la plática se extendió hasta caer la tarde ya pegándole a la noche.

 

El Santo contra Blue Demon

Días después, cuando el Papa se fue de México, la abuela recibió de nuevo la llamada de su prima desde la capital y lo que le contó nos dejó con la boca abierta.

Contaba Engracia que su esposo había sido comisionado con otros para escoltar en moto a la caravana en la que iría el papa Juan Pablo Segundo, pero luego, hubo un cambio y ya no solo lo acompañó a parte del recorrido, sino que a su pesar fue seleccionado para acompañarlo a absolutamente todos los que se realizarían dentro de la capital.

También le contó a la abuela que los motociclistas escoltaban a un gran autobús blanco con adornos amarillos al que parecía un camión DINA al que solo habían quitado el techo y las ventanas laterales; al frente iba el Papa y en los asientos traseros la comitiva.

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Los motociclistas iban formados desde el frente haciendo una especie de punta de flecha, como un triángulo, luego había más compañeros a los lados, para finalmente terminar rodeando al autobús.

—Dice la prima Engracia que a Macario le tocó ir a un ladito de la puerta del camión por donde bajaba el papa –comentó la abuela-

—¡Que padre mamá! Y le dio su autógrafo.

—¡Ay hermana si no estás más burra porque no sabes rebuznar!, los papas no dan autógrafos –contestó la tía Inés.

—¿Entonces que dan? –preguntó la tía Tere.

—Pos, pos no sé, pero autógrafos no, ni que fueran del cine.

—Bueno, ¿van a dejar que les siga platicando o no? –preguntó la abuela.

Los guardias y escoltas que habían sido comisionados, tenían terminantemente prohibido saludar al papa, hablarle o acercarse al él, pero la orden que más agradeció Macario fue la que les dijo su superior unas mañanas antes: “Y recuerden, por ningún motivo se vayan a hincar delante del papa cuando pase frente a ustedes”.

Macario y sus compañeros tenían que estar muy temprano, ya para las 5 de la mañana tenían que estar formados esperando a que el papa saliera de la casa en la que se quedaba a dormir.

— “Tanto relajo y tanto movimiento por un pelao, ni que fuera el mismito güero Chuy” –le dijo Macario a uno de sus compañeros quien nomás movió la cabeza de un lado para otro.

El compañero de Macario sabía que si discutía con él, llevaba las de perder, pues nadie le ganaba cuando se trataba de hablar contra la iglesia o religión alguna.

Esa mañana Macario no andaba de buenas, “Andaba muy distraído mujer, y no me di cuenta cuando comenzó el movimiento” –le dijo su esposa quien su vez le contó a la abuela-.

Cuando acordó, sus compañeros ya se estaban moviendo y el apenas reaccionó, cuando el papa subió al papa móvil, Macario aún no arrancaba su moto, intentó arrancarla de nuevo pero con los nervios nomás no pudo, entonces, desde arriba (del autobús) escuchó una voz cálida, por no decir que amorosa que le dijo en un español muy básico: “¿Tienes problemas Macario?”.

Macario levantó la cabeza lentamente al autobús de donde había escuchado la voz y entonces vio la cara del Papa quien le sonreía amable, como un amigo. La moto arrancó y todo pudo seguir su marcha mientras en la cabeza de Macario, como en un carrusel de caballitos, no dejaban de dar vueltas algunas preguntas: ¿Dijo mi nombre?, ¿me habré equivocado?, ¿era a mí?, ¿y si dijo mi nombre…cómo lo supo?, ¿Quién le dijo mi nombre?, ¿me estaré volviendo loco?

Un Ángel llamado Macario.

El buen Macario tenía toda la intención de acercarse al Papa para despejar sus dudas, estaba pensativo, pero no se animó, sin embargo, la vida le tenía preparada una sorpresa.

Después de un acto el papa estaba a punto de subir al papamóvil, los motociclistas no montaban hasta que el Papa estaba a bordo, Macario estaba como siempre a un lado de la puerta por donde Juan Pablo subía, el papa intentó subir el primer escalón, pero algo pasó que se atoró con algo, quizá con su propia vestimenta, el caso es de que Macario como de rayo dio un par de zancadas, tomó al papa del antebrazo mientras le decía: “¡Cuidado Papa!”.

Afortunadamente el papa no se cayó, algunos de los guardias personales de Juan Pablo corrieron a auxiliarlo, uno de ellos aventó hacia un lado a Macario y tomó al papa para ayudar a subirlo, entonces, su santidad hizo un gesto con las manos de que lo dejaran en paz giró, dio tres pasos hacia Macario y con una sonrisa en el rostro le dijo: “Macario, hoy fuiste un ángel, gracias”.

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Macario se quedó mudo, no pudo hablar.

Después varios días de recorrer Puebla, Oaxaca, Jalisco y Nuevo león, el Papa regresó al entonces D.F. para emprender su regreso al vaticano, la comitiva y los escoltas (entre ellos Macario) llegaron al aeropuerto hasta el hangar donde partiría el avión, ahí tenían que esperar unos minutos para poder retirarse por lo que hicieron guardia en sus motocicletas.

—¿Quién de ustedes es Macario? –preguntó un hombre de negro que era guardia del Papa quien iba montado en un carrito que conducía un trabajador del aeropuerto-

Los motociclistas voltearon a ver a Macario quien pasando saliva apenas pudo decir: “Pos yo mero, ¿pa que soy bueno?”, el guardia del papa simplemente le ordenó: “¡súbete!”

Apenas Macario había subido un pie al cochecito cuando el hombre de negro le ordenó al chofer “¡vámonos!”, afortunadamente el motociclista tenía callo con eso de subir a los camiones en marcha.

Al llegar al hangar, otro hombre de negro (con una señal del primero) le dijo que lo siguiera y lo llevó al avión.

—Nunca había sentido las piernas como de chicle, excepto el día que se me echó un camión encima y por poco me mata –le platicó Macario a su mujer-

Cuando entró al avión, sintió las miradas de los pasajeros, entonces el hombre que iba adelante se detuvo y extendió su brazo mostrándole uno de los asientos, Macario vio un asiento vacío, se sentó y cuál sería su sorpresa que enfrente estaba el Papa Juan Pablo II.

—¿Cómo estás Macario? –le dijo el Papa con una voz suave.

—¿Yo?…pues, bien Señor –contestó mientras pensaba de nuevo como era que sabía su nombre.

—Primero quiero darte las gracias por haberme acompañado y agradecerte de nuevo por haberme salvado de una buena caída aquel día.

—No, no fue nada.

—También quiero regalarte esto.

El Papa hizo una seña y alguien le dio una cajita de madera.

—Toma, acepta este humilde regalo –le dijo el Papa.

—¿P…ara mí? –contestó tartamudeando.

—Ábrelo por favor.

Macario abrió la cajita y encontró un rosario.

—Yo…pues…Gracias, pero…yo no soy católico Señor.

—No hace falta –le dijo el Papa.

—Pero… tampoco creo en Dios.

—¿De qué tienes miedo Macario?, mira que el verdadero amor respeta la libertad, el verdadero amor no impone nada y respeta las personas como son, ¡No tengas miedo Macario y abre las puertas de tu corazón de par en par!

Macario no podía dejar de ver cómo le hablaban los ojos de aquel hombre mientras sus palabras le taladraban fuerte el alma y el corazón, entonces, sin saber ni como, se llevó las manos al rostro y rompió en llanto.

El papa puso su mano en la cabeza de Macario y comenzó a orar en latín.

Engracia, la esposa de Macario le dijo a la Abuela Licha que desde ese día, su esposo siempre traía el rosario con él, incluso, que un día platicando le dijo:

—El día que me muera, no se te olvide mujer que me vas a enterrar con el rosario.

—¿Y eso? –le preguntó ella.

—Pos nomás –contestó Macario mientras le daba un trago a su tequila.

 

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¡Hasta el próximo Sábado!

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