Cuando la conocí estaba muy surtida, tenían de todo, bueno hasta de botica, era la famosa tiendita de Doña Ninfa, y aunque en realidad el negocio se llamaba “Las 3 B”, todos la conocíamos como “La tienda de Doña Ninfa”.

Al frente tenía un enorme mostrador de madera, y encima una especie de caja, tan larga como el mostrador; la caja tenía divisiones de cristal a los lados y al frente cristal para poder ver la mercancía, las llamaban las dulceras y por encima tenían una puertita de lo mismo para sacar por ahí los dulces.

—¡Abuela!, ¿me das para comprar unos chuchulucos? –era una de mis mas frecuentes peticiones a la abuela Licha, en ocasiones a mis tíos, pero donde mejor me iba era con la Abuela.

—Diantre muchacho de porra, pero si el otro día me pediste

—Pero pos fue el sábado pasado abuela, y hoy ya es viernes

—¿Y que es manda o qué?

—Pos no, pero está haciendo frillito y se antoja

—¿Y qué vas a comprar?

—Pos unas muelas

—Bueno, ten un peso, y me traes una palanqueta de cacahuate…y si no hay, que sea de ajonjolí –me decía sonriente-

A veces la abuela se hacía la dura, pero su corazón era como el de una niña, le encantaban los chuchulucos y andar viendo juguetes en las ferias.

—“nunca tuve una de esas…siempre quise una muñeca con trenzas” –decía mientras las veía

También le gustaba ver trastecitos de barro, las planchitas, pero esa será otra historia.

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—¡Buenas Doña Ninfa! –le dije al entrar

Cuando conocía a Doña Ninfa ya estaba muy grande, ella casi nunca saludaba, nomás levantaba las cejas por encima de los lentes y seguía tejiendo, era muy enojona, pero en la casa me enseñaron a saludar y respetar a mis mayores, así que yo siempre la saludaba.

—¿Qué vas a querer? –dijo levantándose mientras dejaba el tejido en la mecedora

—Yo lo atiendo mamá –dijo la señora Tere, su hija-

Acá entre nos, la Señora Tere era más amable que su mamá, y si tenía suerte, hasta pilón te daba cuando comprabas.

Con el tiempo quien verdaderamente cuidó y se quedó con la tienda fue la Señora Tere, que pasó a ser Doña Tere, pero la tiendita seguía conservando el mismo nombre para la gente “La tiendita de Doña Ninfa”, incluso, Doña Tere optó por cambiar el nombre de la fachada y le puso “Miscelánea Doña Ninfa”

Vayan ustedes a saber de onde sacó Doña Tere a su hija, pero nunca se le vio novio ni esposo, pero un día ahí la tenía a su lado mientras despachaba a los clientes.

Poco a poco la tiendita se fue transformando, aquellos dulces artesanales que vendían en un cucurucho de papel, fueron desplazados por dulces individuales en plástico, las papitas ya venían en bolsa y aquellos olores de palomitas recién hechas que salían todas la tardes en la tiendita, se desvanecieron.

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El piloncillo, la leche bronca se desvanecieron junto a la gigantesca rueda de queso que había encima del mostrador y de la que se vendían desde 100 gramos, y con ellos los enormes costales de frijol, arroz, azúcar y salvado que se vendían al granel.

La leche que se vendía por litro en botellas de vidrio fueron cambiadas por envases de cartón, y jamás se volvió a ver que se vendiera leche “de a cuartito”, puros litros nomás.

Los años pasaron y Doña Tere con la edad se cansó y el negocio cada vez más mermado lo continuó Teresita, su hija, y aunque intentó meterle todas las ganas del mundo, no pudo con la competencia de dos tiendas frías de esas que venden café, cerveza vinos, cigarros y ponen saldo… ah, y creo que artículos de despensa también.

Ayer fue un día triste, pues cerraron la tiendita que fuera de Doña Ninfa, luego de su hija Doña Tere y finalmente de su nieta Teresita, y es inevitable recordar los hermosos momentos que nos dio esa esquina, esa esquina llena de recuerdos.

Ayer recordé mi niñez, mi adolescencia y hasta parece que vuelvo a entrar a la tiendita y suspiro mientras sus olores y colores vienen a mi mente y vi la tiendita de Doña Ninfa en todo su esplendor, como si estuviera ahí de nuevo.

¡Hasta la próxima semana!

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