Por: Gargouille Errante

La posibilidad, por derecho, de elegir nuestra forma de actuar sin sometimiento alguno a la voluntad de una tercera persona o supuestos del deber ser, persiste, desde los días en que este concepto comenzó a gestarse, como una oscilación entre promesa y certeza. 

De acuerdo con la lógica de los Estados, es precisamente el deber ser lo que establece estrictos parámetros para que la libertad pueda ser ejercida. La contradicción no termina ahí, socialmente y personalmente existen otra serie de parámetros que nos indican las posibilidades acotadas con las que contamos para elegir. En el caso de quien aquí se expresa, contemplar aquello capaz de producirme placer suele llevar, siempre, una enorme ventaja. 

Esa satisfacción que me produce lo estéticamente armonioso me conduce, me ha conducido, por territorios inciertos y peligrosos, inciertos y dañinos, inciertos y equivocados. Pero menores. Siempre menores al gozo de la belleza. 

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Mi instinto prioriza, falto de domesticación y aferrado a la vida silvestre, con su naturaleza primitiva; se guía ante las curvas, las formas, los colores y los movimientos que le incitan al placer. 

Una determinada determinación, como aquella de la que habla Santa Teresa de Jesús, aplicada en el ejercicio más puro de la libertad puede encontrar tantas salidas, y tan drásticas, como el amor y la crueldad de cada individuo lo permitan.

Así, surgen historias conmovedoras como la expuesta con el Mar Negro de testigo en Mustang: Belleza salvaje (2015), donde la inocencia infantil y el arrebato adolescente desafían los juicios y prejuicios de una Turquía envuelta entre velos hacia niñas y mujeres.

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El filme inicia con el fin de curso, en una zona rural de aquel punto en el que oriente y occidente sofocan a sus habitantes con distintivo generacional. Las hermanas Sonay, Selma, Ece, Lale y Nur enfrentan sus días con esperanzadoras aventuras y desoladoras contemplaciones para lograr sus respectivas decisiones, tan libres como salvajes. 

No se confundan, es solo un pretexto. No hace falta ser mujer joven y vivir en Turquía para valorar las palabras de Guillermo Carnero, esas con las que se cuestiona ¿de qué ha huido?, esas con las que afirma que «toda libertad sin vos siempre fue cárcel».

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