Virginia Woolf y la melancolía, según Sigmund Freud

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La psicoanalista y escritora Karla Zarate, autora de la novela  Rímel (Ed: Suma, 2013) nos ha prestado un escrito en el que reúne sus conocimientos de escritora con los de su práctica clínica ([email protected]). No se lo pierdan[1].

Si la tristeza tuviera nombre,
sin duda se llamaría Virginia Woolf.

Y sólo queda el terror creciente
De no tener ya nada en qué pensar.
O como cuando, bajo la anestesia,
La mente está consciente pero consciente de nada.
T.S. Elliot

Hogarth Press era el nombre de la imprenta que Virginia Woolf fundó con Leonard, su esposo, en 1917. Acogía títulos que eran rechazados por otras editoriales, poco comerciales o arriesgados de autores como Katherine Mansfield o T.S. Eliot. Lo que es poco sabido, es que Hogarth Press fue la editorial de la Psycho-Analytical Library y fue también la primera en publicar las obras completas de Freud traducidas al inglés por James Strachey. Leonard Woolf revisó algunas obras de Freud, mientras que Virginia admitió que no le interesaban del todo, e incluso desdeñaba sus teorías.

Virginia Woolf se reunió con Sigmund Freud el 28 de enero de 1939 y a partir de esa charla, ella se acercó a los escritos de él con más profundidad. Acaso el broche de oro de aquel encuentro haya sido el regalo cargado de simbolismo que Freud le hizo a Woolf: un narciso.

¿Sobre qué hablaron? ¿Qué temas tocaron durante esa entrevista? Son preguntas que no tienen respuesta, sin embargo especulo que las lecturas de Freud, el contenido de la conversación o el conjunto de éstas tuvieron alguna repercusión en la escritora inglesa: meses después de haber estado con Freud, Woolf escribió “Apunte del pasado”, la segunda parte de Momentos de vida y quizás la de contenido más emotivo. “No fue hasta el otro día [1940] cuando leí a Freud por primera vez, cuando descubrí que este conflicto intensamente perturbador entre el amor y el odio es un sentimiento común y se llama ambivalencia” (Woolf, 150).

Momentos de vida es una obra en la que se mezclan varios géneros: autobiografía, literatura epistolar y el diario; se inscribe en lo que se llama “escrituras del yo”, género que permite adentrar a la vida íntima de la autora. Fue publicado post-mortem, en 1976, ya que los archivos fueron encontrados por Leonard, lo que indica que a diferencia de otros textos, ella no tenía la intención de hacerlos públicos.

El hilo conductor de “Apunte del pasado” es la melancolía. El desamparo original se va repitiendo en diferentes situaciones a lo largo de la vida de Woolf, mismas que ella sublima a través de la escritura. “Apunte del pasado” abarca desde la recreación de su primer recuerdo de la niñez (la imagen de unas flores rojas y moradas del vestido de Julia, su madre) hasta la adolescencia. Habla también de la muerte de la madre como la pérdida más significativa de su vida,  y escribe de forma detallada el abuso sexual que sufrió por parte de su hermanastro Gerald. En “Apunte del pasado”, Virginia Woolf hace una detallada descripción de sí misma que más allá de incluir datos y fechas, contiene los más conmovedores recuerdos (“rememora la herida”) que dan cuenta de la estructura melancólica de su aparato psíquico. “Sólo sé que muchos de estos momentos excepcionales trajeron consigo un horror peculiar y un derrumbamiento físico; los momentos parecían activamente dominantes; y yo, pasiva” (Woolf, 92).

El Manuscrito G de Freud (modelo del aparato psíquico) puede relacionarse con “Apunte del pasado”, ya que el texto de Woolf funciona como vía para advertir la falla estructural del aparato psíquico melancólico de la autora británica y de su compulsión a la repetición. Woolf, al no poder recuperar la vivencia de satisfacción, reproduce el estado melancólico originario. Dicha compulsión tiene que ver con el masoquismo primario: se quiere repetir lo que nos hace sufrir “como experiencia de siniestro, de amenaza de muerte o vacío […], tal sería la constante que amenaza al sujeto ya que la catástrofe o el derrumbe narcisista puede ocurrir o no en la existencia” (Castro, 131).

Castro Rodríguez señala que en la vivencia de la melancolía “todo el discurso y mundo del lenguaje aparece como un sistema defensivo ante la singularidad de un estado doliente que lo inunda, pero doliente en sinónimo de afectos, de despersonalización inminente, de vivir en la afirmación de negaciones, oscilación entre vacío-nada-automatismo y negativismo ante la realidad externa de la que se protege…” (120). Más adelante, explica que la condición melancólica se da por la pérdida inicial definitiva, es decir, aquello fantasmal que se pierde para siempre (en la relación del infante con su madre) y que corresponde a la herida melancólica.

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El aparato psíquico de Freud se estructura por la melancolía, por la pérdida de nada, por lo que no hay. Esto tiene que ver con la pérdida de la figura -madre- que primero nos generó satisfacción y dolor por lo que de manera recurrente ésta va a querer reemplazarse, la ausencia/presencia se reproduce en diferentes situaciones de la vida y en el caso de Woolf, en la escritura. En aquella traza pionera que viene del grito, se da el desamparo original, entonces se inaugura la vivencia de dolor. La estructura melancólica es, por lo tanto, la “identificación con la pérdida, con lo perdido, es pérdida de objeto” (Castro, 135), es pérdida de la madre con la que nos sentimos uno-mismo.

El 25 de enero de 1882 nació Virginia, quien fue amamantada por su madre por diez semanas solamente. Virginia Woolf repite de forma constante la añoranza de lo ausente, de encontrarse con esta figura perdida. No asume que este estado mítico de completud no vuelve porque no ocurrió, y lo que busca es el estado de no-deseo, que es la muerte, que es también un síntoma de la melancolía.

A continuación mencionaré algunas causas que se relacionan con el duelo no elaborado de Woolf.

Anestesia sexual

En numerosos melancólicos existió mucho antes una anestesia, afirma Freud, y menciona “un tipo de mujeres psíquicamente muy menesterosas en quienes el anisa tiende a volcarse en melancolía y que son anestésicas (Freud, Cartas a…, 98). Virginia se casó con Leonard Woolf a los treinta años y fracasaron en cuanto a lo sexual. Además, debido a su salud física y mental, la maternidad siempre representó una situación de riesgo. Virginia “no estaba muy entusiasmada con sus descubrimientos sexuales […], no parece que experimentara placer en la penetración, lo que complicaría en adelante los encuentros sexuales con su marido” (Chikiar Bauer, 293).

Leonard tampoco era un hombre apasionado, sin embargo, la empatía intelectual los mantuvo juntos. Lo mismo ocurrió con su amiga y amante Vita Sackville-West, incluso Woolf llegó a confesar que las relaciones sexuales le aburrían. “La anestesia es causa de la melancolía porque [el] grupo sexual psíquico es reforzado por el cumplimiento de sensación voluptuosa y es debilitado por su falta” (Freud, Cartas a…, 101).

La emergencia de la angustia la pone en algo exterior: Virginia rechazaba su cuerpo y no podía verse frecuentemente al espejo, ya que su hermanastro Gerald abusó de ella frente a uno. “Una vez, cuando yo era muy pequeña, Gerald Duckworth me puso encima de esta repisa [que se reflejaba en un espejo], y mientras yo estaba sentada en ella comenzó a explorar mi cuerpo. Recuerdo la sensación de su mano bajo mis ropas descendiendo más y más, constante y firmemente. Recuerdo mi esperanza de que dejara de hacerlo. Su mano exploró también mis partes íntimas.

Recuerdo que esto me ofendió, me desagradó –¿Qué palabra hay para expresar un sentimiento tan confuso y complejo? (88). Woolf narra que cuando tenía seis años, tal vez siete, había un espejo en su casa, y que sólo podía mirarse en éste cuando estaba sola. Comenta que le provocaba vergüenza y un fuerte sentimiento de culpa. Aún de adulta, ver su reflejo le producía inhibición, timidez, incomodidad: “mi natural amor a la belleza quedó reprimida por un temor ancestral” (Woolf, 87).

Neurosis alimentaria

El duelo es por la pérdida de la libido, apunta Freud. La neurosis alimentaria en personas como Woolf, corresponde a una sexualidad sin desarrollar. Marca una correspondencia directa entre la pérdida del apetito sexual y la pérdida de la libido. En varias de sus crisis, Woolf dejaba de comer: “los síntomas más frecuentes eran dolor de cabeza, insomnio e irritación, y reincidía en el antiguo rechazo a la comida” (Chikiar Bauer, 225).

Desamparo originario

La pérdida original se reedita en sucesos posteriores como la muerte de la misma madre y de sus familiares: Julia, su madre, murió cuando Virginia tenía 13 años y esta situación la llevó a un primer quiebre: “Lo más trágico de la muerte de mi madre no fue que de vez en cuando nos hiciera intensamente desdichados. Fue que transformó a mi padre en un ser irreal; y a nosotros en seres solemnes e inhibidos. Teníamos que interpretar papeles que no sentíamos, que buscar a tientas palabras que no conocíamos. Esto creaba confusión, nos oscurecía, nos apagaba” (Woolf, 129). Más adelante Woolf expresa que la pérdida de su madre había sido una muerte latente, y que la muerte de Stella le afectó la mente “extraordinariamente desprotegida, sin formar aún, desvalida, aprensiva, receptiva, anticipante. Se trata de algo propio de las mentes y los cuerpos a los quince años, pero bajo la superficie de aquella mente y aquel cuerpo había penetrado otra muerte” (175). Se repite aquí la herida primaria que es la pérdida. En 1904 muere su padre, “ese extraño individuo, debería poder volver a ocupar el caparazón gastado de mi mente y mi cuerpo infantil” (150). Stella, su hermanastra, murió con un hijo en su vientre y Thoby, su hermano, falleció también.

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Herencia

La historia familiar de Woolf estuvo marcada por pérdidas, enfermedades y carencias afectivas como factores hereditarios. Julia, la madre de Virginia, tuvo dos hijos, George y Stella. Gerald, el menor, nació seis semanas después de que Julia enviudara. Tras la muerte de su primer marido le vino un periodo de depresión. Recuerda esa época, teniendo tan solo 24 años, como un tiempo que fue “todo lo infeliz y todo lo feliz que puede llegar a ser un ser humano” (Chikiar Bauer, 43). El abuelo de Virginia tuvo un par de episodios depresivos; su primo por lado de los Stephen un trastorno maniaco. Julia se casó con Leslie Stephen, también viudo, y cuya madre había sufrido de una psicosis post-parto. El padre de Woolf tenía una hija de nombre Laura, con tics nerviosos y un comportamiento violento; el mismo Leslie decía que era mentalmente deficiente. Del hermano de Leslie, Jim, Woolf dice lo siguiente: “Jim estaba loco. Se encontraba en la etapa de exaltación de la locura” (Woolf, 133).

Confusión alucinatoria

En el Manuscrito H, también incluido en la correspondencia con Fliess, Freud habla de la paranoia, la neurosis obsesiva, la histeria y la confusión alucinatoria como modos patológicos de defensa. La confusión alucinatoria es cuando la realidad exterior queda deshecha parcialmente y así se crea una alucinación como defensa del afecto. En una ocasión, Virginia Woolf dijo que escuchaba voces, veía al rey Eduardo VII pronunciar obscenidades y a los pájaros cantar en griego. Esto es el delirio melancólico y/o paranoide que corresponde a la melancolía y que Woolf representa en el psicótico personaje de Mrs. Dalloway, Septimus Smith, quien también tenía alucinaciones. “O me dejo caer en una vaga idea de una tercera voz. Hablo con Leonard: Leonard me habla mí; ambos oímos una tercera voz. […] noto el aliento de estas voces hinchando mis velas y tomo este rumbo o ese otro en mi vida cotidiana cuando me rindo ante ellas, percibo la existencia de su influencia” (Woolf, 190). También se ha comentado que a partir de la muerte de la madre, Virginia continuó escuchando su voz y su risa hasta los 44 años. A los 59 le escribe una carta a Leonard antes del suicidio, que comienza con estas líneas: Estoy segura de que me vuelvo loca de nuevo. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas. Esta vez no voy a recuperarme. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme.

Se sabe que para Freud, lo melancólico es “estado doliente intenso, pérdida de capacidades, desinterés o sinsentido en la existencia, borramiento del sentimiento de sí, pensamiento cuasi delirante o delirante en cuanto al contenido de los autoreproches, autodenigraciones o el autocastigo hasta infringir la muerte, o esperarla siempre” (Castro, 130). Woolf intentó suicidarse en varias ocasiones, como un llamado que remite al llanto no escuchado por el sujeto auxiliador (madre). El 28 de marzo de 1941, el dolor psíquico inundó a Woolf. Virginia, a su vez,  se “inundó” en el río Ouse con una pesada piedra en el bolsillo de su abrigo.

La melancolía y el aparato psíquico se vinculan con la historia y psicopatología de Virginia Woolf, una muerta en espera de la muerte, rodeada de pérdidas, una mujer que repitió constantemente el desamparo original a través de situaciones, relaciones, vivencias y también a través de la escritura. Si bien la pérdida es algo constitutivo del aparato psíquico de todo ser humano, Virginia Woolf trae además una carga transgeneracional melancólica sumada a los hechos psíquicos característicos de la melancolía que mencioné antes: anestesia sexual, angustia grave, herencia, anorexia: una energía libidinal baja que la llevó a la muerte psíquica y física.

Bibliografía

Castro Rodríguez, Roberto, Sobre la melancolía. Psicoanálisis, filosofía, escritura literaria e imagen, s.p., Espectros de psicoanálisis, 2008.

Chikiar Bauer, Irene. Virginia Woolf: la vida por escrito. Buenos Aires: Taurus, 2012.

Freud, Sigmund, Obras completas: Publicaciones prepsicoanalíticas y manuscritos inéditos en vida de Freud, (1886-1889), Vol. I, Trad. por José L. Etcheverry, 2da. ed., Buenos Aires: Amorrortu, 2012.

Cartas a Wilhem Fliess (1887-1904), Trad. por José L. Etcheverry, 2da. ed., Buenos Aires: Amorrortu, 2008.

Woolf, Virginia, Momentos de vida. Trad. por Andrés Bosch, Biblioteca Virginia Woolf, México: Lumen, 2008.

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